domingo, 31 de marzo de 2019

Enésimo trastorno horario


El día de hoy se me hace raro porque me induce a la tardanza en lo que haga. Me he levantado más tarde de lo habitual y casi he desayunado cuando, en otras ocasiones, habría empezado a quedar con amigos para el aperitivo previo del almuerzo. Siento una soñolencia pegajosa después de un almuerzo por obligación horaria que me impide levantarme del sofá para ir al cine. La tarde se hace eterna puesto que la oscuridad no acompaña mi tendencia hacia el pijama y el refugio hogareño, como era costumbre. Y todo por culpa del enésimo cambio horario que nos hizo adelantar anoche una hora en el reloj. Cambios automáticos para los cronómetros, pero cada vez más dificultosos para cualquier organismo vivo que está condicionado por su propio reloj interno, ajustado genéticamente a los períodos naturales de luz y oscuridad. Sin ninguna excusa para tantos trastornos, los gobiernos siguen por inercia obligando a unos cambios horarios que ni a los relojeros convencen. Y no saben cómo remediarlo sin alterar las rutinas de los ciudadanos y las molestias del cuerpo. ¡Ojalá sea mañana!     

sábado, 30 de marzo de 2019

El utópico impertinente


Soñaba con un mundo mejor y le molestaba el pragmatismo. Decían que vivía en las nubes y le aconsejaban que pusiera los pies en la tierra.  Le llamaban visionario porque no aceptaba las injusticias y los abusos en nombre del orden establecido, la tiranía de los mercados, la resignación religiosa y el cinismo de los poderosos. Le acusaban de ser poco práctico, de estar de espaldas a la realidad, de empeñarse en luchas inútiles. Pero él nunca perdía la esperanza porque soñaba despierto. Contestaba a los escépticos desencantados que sin esperanza no se conquista la libertad. Que los fracasos y las frustraciones constituyen motivos para redoblar la lucha, para levantarse y recuperar el aliento en pos de esa meta futura, utópica, de transformación, justicia y solidaridad. Era impertinente porque no aceptaba lo dado, la realidad, como inconmovible, sino como punto de partida para una lucha que reconocía desigual, pero estimulante. Que cada triunfo parcial, por pequeño que sea, era un paso hacia adelante. Su pesimismo era, pues, esperanzado porque no se cruzaba de brazos ante lo que paralizaba a los realistas. Su actitud contrastaba con el optimismo servil de los conformistas, a los que no dejaba de importunar con sus utopías, con el optimismo de su voluntad inconformista. Por eso lo tachaban de impertinente. Porque creía que el mundo no está predeterminado ni el ser humano programado, como pretenden hacernos creer quienes nos someten y alienan. Era un redomado utópico impertinente que vivía sin renunciar a sus sueños.
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Relato inspirado en el libro ¿Ha muerto la utopía? ¿Triunfan las distopías?, de Juan José Tamayo.

jueves, 28 de marzo de 2019

España pide perdón

Ya no es el anglófilo Estados Unidos de América del Norte el que denuncia que los colonizadores que llegaron por la ruta que Cristóbal Colón abrió desde el Viejo Continente hasta lo que creía Oriente, fueron unos auténticos invasores sanguinarios, sino también algunos dirigentes de pueblos que, gracias a la cultura y lengua que los conquistadores sembraron por aquellas tierras americanas, los que reclaman el “perdón” de España por los “abusos” que cometieron los españoles durante el descubrimiento de América, hace 500 años. Es lo que acaba de solicitar por carta el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, al rey de España, instándole a pedir disculpas por las barbaridades cometidas por los conquistadores cuando México no existía como tal.

Se trata de un nuevo capítulo de la Leyenda Negra que, originaria de Europa en boca de los enemigos protestantes del antiguo Imperio Español (Holandeses e Ingleses, sobre todo), se renueva hoy por quienes tratan de desprestigiar la hazaña protagonizada por España al descubrir y colonizar un continente, desconocido para los conocimientos de la época, navegando hacia el oeste por el Océano Atlántico desde Europa, y minusvalorar el legado histórico de una gesta que conformó lo que hoy es ese conjunto de naciones con seña de identidad hispánica: América Latina o Hispanoamérica.

La exigencia de un nuevo relato que subraye las brutalidades y sufrimientos causados a los pueblos indígenas por parte de los conquistadores españoles durante la expansión militar de colonización, evangelización e hispanización de América, que se extendió desde la Alta California hasta el Cabo de Hornos, constituye un ejercicio interesado de relectura selectiva del pasado con valores y perspectivas del presente, no por afán de clarificar los hechos y acceder a la aséptica verdad de la Historia, sino por utilizar ciertos aspectos del pasado con fines políticos, populistas o torticeros. Porque no son historiadores ni investigadores, por lo general, los que periódicamente exigen reinterpretar lo sucedido, sino políticos que persiguen la demagogia de las emociones y los sentimientos de sus parroquianos para que avalen su gestión actual.

No obstante, la crítica de la conquista de América es tan antigua como el descubrimiento mismo del Nuevo Mundo, pues ya tuvo a fray Bartolomé de las Casas como su más temprano representante. No es, pues, la crítica lo que sorprende, sino la insistencia de centrarla exclusivamente en la gesta española, como si los demás imperios coloniales que en el mundo han sido hayan obrado de forma pacífica y estuvieran exentos de guerras, brutalidades y sufrimientos. Si cada uno de ellos tuviera que pedir perdón por lo sucedido en el pasado, España estaría hoy exigiendo disculpas a los italianos por los atropellos del Imperio Romano, a los árabes por la invasión musulmana y a cada civilización que ha dominado a otra. Nadie cuestiona el sufrimiento de los indios de América del Norte, reducidos casi hasta el exterminio en reservas, por parte de “invasores” anglosajones, ni tampoco las brutalidades habituales de los imperios azteca o inca, que incluían sacrificios y matanzas, sobre otros pueblos indígenas de la época precolombina. Excepto el caso español, se entiende que las expansiones imperiales comparten el uso de la fuerza “militar”, entre otros métodos, para someter bajo su poder territorios y poblaciones. Pero, al parecer, sólo el imperio español cometió excesos “sanguinarios” en la conquista, ocupación y colonización de América.

Puestos, pues, a pedir perdón por el legado “salvaje” de los conquistadores españoles, como se exige desde la demagogia política y una falsa justicia retrospectiva, no estaría mal que España se disculpase por llevar a México la primera imprenta instalada en América por parte del impresor sevillano Juan Cromberger, sólo un siglo más tarde de que Gutemberg inventara el ingenio de tipos móviles. El primer libro impreso en México fue Breve y compendiosa Doctrina Christiana en lengua mexicana y castellana, en 1539, una especie de catecismo bilingüe.

O por fundar la Universidad Real de México, hoy conocida como Universidad Nacional Autónoma, una de las más antiguas de América, junto a la Autónoma de Santo Domingo y la Nacional Mayor de San Marcos de Perú, disputándose entre ellas la primacía fundacional. En total, España fundó 25 universidades por todo el continente, siendo la última, en 1792, la Universidad de Guadalajara, en México. En ellas surgieron las cátedras de lenguas indígenas, cosa que en el Norte anglosajón no sucedió hasta el siglo XX. También debería pedir perdón por levantar en lo que entonces era Nueva España, hoy México, el Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco, uno de los primeros centros educativos en los que los conquistadores hicieron “sufrir” a los nativos de América y al resto de alumnos de todo color, casta y mestizaje con sus enseñanzas.

Disculpas que ha de brindar, asimismo, por poblar y urbanizar aquellos vastos territorios, levantando ciudades e instituciones sin ocupar asentamientos indios, en los que se erigieron ciudades como Santo Domingo, La Habana y Cartagena de Indias, entre otras muchas, pero también las mexicanas Veracruz, Puebla de los Ángeles, Valladolid, Oaxaca de Juárez y muchas más. Del mismo modo, ha de pedir perdón por la construcción de vías de comunicación estables y eficaces para que la vida de las urbes pudiera desarrollarse, como el Camino Real México-Veracruz y México-Acapulco, además del Camino Real de Tierra Adentro (México-Santa Fe de Nuevo México), declarado Patrimonio de la Humanidad, el Real de Chiapas (México-Guatemala) o el Real de Lima a Venezuela.  

Y, desde luego, aparte de por dejar una lengua con la que conviven más de 400 millones de personas en el mundo, una cultura que de alguna manera “modernizó” un continente en estado tribal en comparación con la sociedad europea y una religión que, a pesar de sus dogmas morales, no impidió las barbaridades, la esclavitud y los abusos pero homogeneizó una forma de ser y estar en el mundo, España debe disculparse por el legado imperdonable del mestizaje, esa costumbre sexual entre conquistadores y mujeres indígenas, fundamentalmente, que permitió que características raciales no se hayan perdido ni exterminados pueblos nativos por causa de una colonización “excluyente” y racista. Disculpas que se hacen extensivas, aunque tardías, a Maliche, por el daño infligido al convertirse en la amante maya de Hernán Cortés, con quien tuvo un hijo.

España, en definitiva, debe pedir disculpas por protagonizar una época histórica que ha causado daños irreparables a pueblos y personas que padecen aun hoy, al cabo de 500 años, las consecuencias, como el presidente de México, a pesar de que para los historiadores “la exploración de las Américas por los españoles fue la más grande, la más larga, la más maravillosa serie de valientes proezas que registra la historia”.*

Andrés Manuel López Obrador sufre sin consuelo por hablar español, poseer nombre español y tener un abuelo oriundo de Cantabria, España. Una afrenta imposible de soportar para la dignidad de un demagogo. Perdón.

*Charles F. Lummis, Los Ángeles, 1916, citado por María Elvira Roca Barea, Imperiofobia y Leyenda Negra, Ediciones Sisruela, S.A. Madrid, 2016

lunes, 25 de marzo de 2019

La Internacional Ultra


Cada día, nuevos grupos o partidos de extrema derecha emergen en el panorama político, tanto en Europa como en Estados Unidos y América Latina, los cuales, gracias a un discurso populista y ultranacionalista, logran ganarse la confianza del electorado para acceder a las instituciones y, desde ellas, condicionar o formar gobiernos. El último en aparecer, hasta la fecha, ha sido VOX en España, que desde la insignificancia ha conseguido tener representación parlamentaria y convertirse en la llave que ha posibilitado la formación de un gobierno conservador en Andalucía, desalojando a los socialistas después de 37 años ininterrumpidos apoltronados en el poder.

De forma sorprendente e inesperada, a pesar de su ideología radical, misógina, racista y antiautonómica, Vox supo aprovechar las pasadas elecciones autonómicas en la región para, con un ideario extremista contrario a la “ideología feminista”, la Memoria Histórica a la que tacha de “revanchista”, los flujos migratorios que percibe como invasiones y la “ruptura” de España por parte de los independentistas catalanes, ganarse el voto que tradicionalmente buscaba cobijo en el Partido Popular. Tal presencia social de la ultraderecha, como fenómeno con capacidad de competir electoralmente, ha alterado y complicado el escenario político en España, último país europeo que se adhiere a la estela de un movimiento que desde hace años avanza y se afianza en Occidente. Gracias al partido de extrema derecha español, ya formamos parte de esa especie de “Internacional Ultra” que gana posiciones en el tablero político, extiende su ideología filofascista por medio mundo y aspira ser una fuerza mayoritaria en las instituciones europeas, tras las próximas elecciones, para destruir la Unión Europea desde dentro.

El impulso definitivo al resurgir de formaciones ultranacionalistas, que están en contra de la multilateralidad, la diversidad cultural y la globalización económica, se lo propinó la elección del magnate Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos, convenientemente asesorado por su rasputín personal, Steve Bannon, ideólogo de las doctrinas más reaccionarias y supremacistas que caracterizan al extremismo de derechas en cualquiera de sus variantes: desde el Tea Party norteamericano hasta la Liga del Norte italiana o el Partido Social Liberal de Brasil. Pero antes de Trump, ya venían consolidándose en diversos países de Europa fuerzas conservadoras radicales que presumen de defender las “esencias” nacionales y la “integridad” de cada país frente a una Europa que disminuye soberanía a los Estados, una inmigración que altera las costumbres y diluye la identidad de las naciones que la acogen, y una economía y un comercio mundiales que perjudican, con su balanza comercial desequilibrada y la deslocalización de empresas, a la economía, la riqueza y el progreso de cada país, preso de reglas, tratados y entes supranacionales que dan forma a la globalización y la multilateralidad de las relaciones internacionales.

Fuerza Nacional (FN) francesa de Marine Le Pen ya era euroescéptica antes que Donald Trump promoviera el aislacionismo en EE UU y se dedicara a desunir a los países miembros de la UE, apoyando sin disimulo el Brexit del Reino Unido. Incluso Amanecer Dorado ya propugnaba el abandono de Grecia de la Unión Europea antes que Vox “cabalgara” por tierras españolas repitiendo lemas y soflamas reaccionarios que revitalizan a los nostálgicos de un franquismo camuflado entre los votantes de la derecha. Partidos minoritarios, como el UKIP del Reino Unido, que, aun siendo residual, forzó la realización del referéndum para que Inglaterra abandonara la Unión Europea. O no tan minoritarios, como el Fidesz de Viktor Orban en Hungría, la Liga del Norte de Matteo Salvini en Italia o el Partido Social Liberal de Jair Bolsonaro en Brasil, capaces de alcanzar el poder y gobernar con políticas de exclusión, aislacionismo e intolerancia que, al parecer, responden a las esperanzas de quienes se sienten ignorados o vapuleados por la complejidad del mundo contemporáneo y los problemas económico o los desafíos migratorios que periódicamente lo sacuden.

Más de una decena de gobiernos en Occidente están liderados por formaciones de ultraderecha, forman coaliciones de gobierno y parlamentarias con partidos radicales o están a expensas de una oposición que los ultras controlan. En Europa están presentes en cerca de 20 parlamentos nacionales y en el propio Parlamento europeo. Y es que los partidos conservadores convencionales, de tradición democrática, después de un primer momento de dudas o temor al contagio, ya no hacen ascos a legitimar la extrema derecha cuando conviene a sus intereses partidistas, bien para frenar la sangría de sus votantes más dogmáticos, copiando sus mensajes y compartiendo sus fobias, o bien para conseguir la mayoría necesaria con la que acceder al poder, aceptando su apoyo y condiciones. Los ejemplos abundan.

La Liga del Norte italiana ha formado coaliciones de gobierno casi desde su fundación, en 1989, pero no había tenido tanto poder como hasta ahora, que controla el Ejecutivo en coalición con los antisistema del Movimiento Cinco Estrellas, permitiendo que Matteo Salvini, desde su puesto de ministro de Interior, dicte y domine la política antimigración, antieuropea,  islamófoba y económica de Italia. O el Fidesz, de Viktor Orbán, de Hungría, quien desde que accedió al poder no ha dejado de promover “mano dura” contra distintos sectores progresistas de la sociedad civil y ha aprobado leyes que criminalizan a los inmigrantes, negándose incluso a aceptar la cuota correspondiente de refugiados con que Europa combatía la última crisis migratoria. En Polonia, por su parte, el partido nacionalista Ley y Justicia tampoco vacila en utilizar medios cada vez más autoritarios para imponer su ideario, socavando la independencia de los medios de comunicación y tratando de reformar los juzgados para “colocar” jueces fieles al partido y controlar la judicatura.

Son muchos, pues, los países europeos en los que las fuerzas de extrema derecha dominan la política nacional. Partidos que han sabido atraerse la confianza de los ciudadanos para ocupar gobiernos e introducirse en las instituciones, como en Hungría, Austria, Italia, Bulgaria, Polonia, Francia, Reino Unido, Finlandia, Suecia y otros. Son aceptados y acogidos en el grupo Partido Popular Europeo (EPP) del Europarlamento, que ni los cuestiona ni los rechaza, a pesar de la deriva autoritaria de algunos de los gobiernos que conforman y las políticas xenófobas, racistas, misóginas, homófobas, islamófobas y ultraconservadoras que implementan, como la de no ratificar el Pacto Mundial de la Migración, siguiendo el modelo de Trump. El EPP no oculta, así, su intención de integrar al Grupo de Conservadores y Reformistas Europeos, el Grupo Europa de la Libertad y la Democracia Directa y el de Europa de las Naciones y las Libertades para, con sus parlamentarios de ultraderecha, llegar a convertirse en el mayor grupo del próximo parlamento, tras las elecciones europeas de mayo. He aquí el gran peligro que representan los partidos de extrema derecha en las instituciones democráticas: utilizan la democracia para imponer el retroceso democrático en sus países de origen y conseguir el desmantelamiento del proyecto común de unidad de Europa.  

A tal objetivo se ha sumado, con gran virulencia, la extrema derecha de España, que se vale de Vox para asaltar las instituciones. Con tan fuerza ha irrumpido en la política nacional que su discurso ha impregnado al del Partido Popular y Ciudadanos, formaciones conservadoras que compiten por el mismo electorado, hasta el extremo de no renunciar a lograr acuerdos entre ellos, como han hecho en Andalucía, ni excluir el apoyo de quienes no comparten la Constitución, como Vox que rechaza el Estado Autonómico, aunque paradójicamente critiquen a los socialistas por hacer lo mismo con los apoyos independentistas. Vox es un partido reaccionario, pero tiene en común con el resto de la derecha tradicional una concepción sectaria de la Patria, el cuestionamiento del progresismo igualitario y un liberalismo en lo económico que no se conjuga con lo social, aparte de preservar la tutela religiosa de un Estado presuntamente aconfesional, cual es España. Por eso, por sus semejanzas, los tres participan en la guerra de banderas y lazos, se manifiestan juntos contra el Gobierno socialista, pretenden ilegalizar a los partidos independentistas como solución al conflicto catalán y no tienen reparos en marchar juntos tras las pancartas.

Ninguno va por su cuenta. Tanto en Europa como en América actúan coordinados pues este renacimiento explosivo de la derecha radical viene condicionado por el afán de combatir, cada cual desde sus diferencias particulares, el socialismo o “marxismo cultural” que aboga por la solidaridad colectiva y el Estado corrector de desigualdades en vez del individualismo liberal y el nacionalismo egoísta y aislacionista. Eso es que lo lleva a Jair Bolsonaro, el presidente ultra de Brasil, a reunirse, en su primera visita al exterior, con Donald Trump para acordar una alianza nacionalpopulista e impulsar un Foro para el Progreso de América del Sur (PROSUR), que aglutine a las derechas de la región en una política de bloques alineada con el intervencionismo de Washington. Y lo que hace que Steve Bannon, como artífice del populismo moderno de extrema derecha, lleve meses instalado en Roma, sin cargo ni credenciales oficiales, “asesorando” y diseñando desde Italia el “asalto” ultra al corazón de la Unión Europea a través de las próximas elecciones al Parlamento, para que Orbán, Salvino y Le Pen lideren la política del Continente y el movimiento nacionalpopulista en Europa. En sus planes, por descontado, incluye a Vox, a cuyos dirigentes ha aconsejado sobre cómo “colocar” sus mensajes mediante las redes sociales con cuatro ideas básicas pero contundentes sobre soberanismo, seguridad y economía. Mensajes que cuelan y hacen creer a la gente que sus problemas se resolverán, en un mundo sin fronteras, con el aislacionismo y la vuelta a los Estados-nación, los muros fronterizos, la insolidaridad con los marginados y oprimidos, el populismo simplista y ramplón y el supremacismo racial y religioso. Con estos mimbres se está estructurando una poderosa e inimaginable Internacional Ultra de la derecha en el mundo. Cosa probable si no nos espabilamos.