lunes, 11 de marzo de 2019

El fracaso de un bocazas


A veces, los refranes aciertan de pleno. “Por la boca muere el pez” es uno de ellos que alude a la actitud del que habla de lo que ignora y presume de lo que carece, dejándose llevar por una incontinencia verbal que le hace opinar sin que se lo demanden. En los casos más graves, el bocazas se embarca en actuaciones, como consecuencia de sus bravuconadas verbales, que demuestran la irracionalidad de sus comentarios y la irresponsabilidad de sus arrebatos. Es el sino de todo bocazas: errar, pero continuar con su verborrea. Como Donald Trump.

Que el ínclito presidente ultrapopulista de EE UU es un bocazas mentiroso, no resulta ninguna novedad a estas alturas de su mandato. Destacados y prestigiosos periódicos de su país se encargan de contabilizar cada día las trolas que salen de la boca de un mandatario que es incapaz de callar o dejar de twittear sus baladronadas. Se inventa problemas, exagera peligros, presume de recetas para resolver cualquier conflicto y amenaza sin pudor a quien ose contradecirle. Nadie en la Casa Blanca ha sabido encarar ningún asunto como es debido hasta que él ha ocupado el Despacho Oval. Ningún acuerdo o tratado le parece satisfactorio, ninguna negociación ha respondido a los intereses nacionales de manera ventajosa, ninguna relación con otros estados es justa para EE UU, las reglas del comercio global le parecen perjudiciales y hasta la OTAN le supone un gasto en defensa que sólo beneficia a Europa. Habla y habla de saber arreglar cualquier asunto como lo hace un hombre acostumbrado a negociar, como él: de manera directa y mediante presiones. “Esto es lo que hay, lo tomas o lo dejas”, parece que es su mantra empresarial ante las delicadas cuestiones que ha de abordar como gobernante. Y así le va.

Lo del muro con México habrá que dejarlo para un improbable segundo mandato, porque en este no dispondrá de tiempo para inventarse nuevos delitos de los que inculpar a los inmigrantes ni de reunir el dinero para afrontar su construcción a lo largo de toda la frontera, ni siquiera esgrimiendo una supuesta emergencia de seguridad nacional. Ni el Congreso ni la Justicia están por seguirle el rollo. Tampoco parece que el aislacionismo y los aranceles ayuden milagrosamente a la economía y el comercio interior como aseguraba sin parar. Se ha embarcado en guerras comerciales que, aunque perjudican a países exportadores, también dañan el comercio y el empleo de EE UU, de una forma u otra, encareciendo productos (el importe del arancel se repercute en el precio) o fabricando más caro (lo importado era más barato). Ya ha quedado demostrado que, en contra de lo esperado, el déficit comercial en 2018 ha subido en vez de bajar. Ni en negocios, su fuerte, parece un experto el bocazas presidencial.  

Pero donde se ha cubierto de gloria, tras dos tandas de reuniones al más alto nivel, es en su mediática y resolutiva negociación con Kim Jung-un, el “hombre-cohete” de Corea del Norte, país con el que formalmente EE UU continúa en guerra (no han suscrito la paz, sino un armisticio) y que mantiene su intención de dotarse de misiles balísticos que podrían lanzar una bomba atómica sobre territorio norteamericano. Nadie hasta la fecha, desde la Guerra de Corea de los años 50 del siglo pasado, había podido dar carpetazo al asunto. Y Trump se propuso solucionarlo de un plumazo, tras los alardes con cohetes del coreano y las amenazas de represalias superlativas del norteamericano. Llegaron a celebrar dos cumbres con mutuos regateos y alabanzas, cada uno a su estilo, la última de las cuales en Vietnam. Pero el fracaso fue clamoroso por más que el silencio en que se ha envuelto también lo sea. La supuesta argucia negociadora del magnate neoyorquino no ha podido con la astucia del desconfiado sátrapa de la dictadura coreana. No hubo acuerdo, ni restablecimiento de relaciones, ni declaración del fin de la guerra, ni comunicado final. Nada de nada.

“Bla, bla, bla” demuestra ser la tesis troncal de su Art of the deal para una negociación que ha acabado en un rotundo fracaso y en una vuelta a la situación previa de amenazas y provocaciones. EE UU mantiene las sanciones y Corea del Norte continúa con sus ensayos balísticos y pruebas nucleares, reconstruyendo sus instalaciones parcialmente desmanteladas. China y Rusia se frotan las manos porque ahora vuelven a ser tres los que plantan cara al imprevisible Trump, que es incapaz de entender la complejidad de un mundo regido por relaciones multilaterales. Y, para colmo de males, el fracaso se ha consumado en Hanói, capital de Vietnam del Norte, donde la cumbre Corea del Norte-USA acabó abruptamente, recordando la derrota que obligó a EE UU abandonar aquel país tras años de guerra, napalm y muertos.

Donald Trump ha conseguido demostrar, en estos primeros dos años, ser un fracaso como charlatán comercial, fracaso como diplomático de relaciones internacionales y fracaso como negociador en la resolución de conflictos. Ha alcanzado el destino de todo bocazas: el fracaso y la falta de credibilidad. Y todavía resta la mitad de su mandato para conquistar nuevos éxitos, como los que les reserva el fiscal especial Mueller, que investiga su relación con la trama rusa de injerencia electoral. 
No cabe duda de que el 45º presidente de EE UU pasará a la historia de su país con un mérito indiscutible: por bocazas.

viernes, 8 de marzo de 2019

Día de la mujer

Porque, si compartimos genes, compartimos también los mismos derechos. Por eso, el Día de la Mujer nos incumbe a todos en la aspiración por la Igualdad.


Porque sin igualdad no existe libertad.


miércoles, 6 de marzo de 2019

Pederastia eclesial: aspirinas contra un cáncer


La Iglesia tiene un cáncer en sus entrañas y no sabe o no se atreve combatirlo con decisión quirúrgica: se limita a recomendar aspirinas para ver si se alivia. Es la conclusión que se extrae de la insólita cumbre celebrada, del 21 al 24 de febrero pasado, en el Vaticano por los jerarcas de la Iglesia Católica para reflexionar y buscar soluciones a la pederastia y abusos a menores que se cometen tras los muros de parroquias y centros religiosos en todo el orbe cristiano. 190 obispos, cardenales y arzobispos, cuyas diócesis estuvieron representadas por 114 presidentes de conferencias episcopales, fueron convocados a Roma por el Papa Francisco, desbordado por los escándalos que proliferan en el seno de la iglesia causados por sacerdotes que abusan sexualmente de fieles y acólitos, socavando la imagen y la credibilidad de una institución que basa su existencia en la fe y la moral cristiana. Una cumbre que levantó mucha expectación entre las miles de víctimas abusadas por parte del clero, pero que, ante la constatación de la gravedad y envergadura de un problema, como es la pederastia que corroe la moralidad de la Iglesia Católica, los prelados optaron por culpar al diablo y recomendar un “cambio de mentalidad” para atajar el mal. Simples aspirinas.

La aparición de casos de escándalos sexuales perpetrados por sacerdotes, de los que han sido víctimas, según algunas investigaciones, alrededor de 100.000 menores de edad en centros católicos repartidos por el mundo, ha motivado la convocatoria de esta cumbre pontificia que ha decepcionado a las víctimas y a quienes esperaban un cambio radical de actitud de la Iglesia. La jerarquía eclesiástica, santos varones enfaldados, muchos de los cuales son cómplices de los abusadores por encubrir y ocultar conductas no sólo pecaminosas sino delictivas de algunos sacerdotes de sus diócesis, sólo fue capaz de pronunciar frases compungidas y difusas “mea culpa” con las que solventar el problema. Y de editar un ambiguo vademécum de orientación a los obispos, que obligará comunicar a la justicia ordinaria (civil, por supuesto) futuros casos de abusos sexuales por parte del clero, como si la Iglesia acabara de conocer que los abusos a menores son crímenes perseguidos y castigados en cualquier país democrático que respete los Derechos Humanos de los más indefensos, los niños.

No profundizaron los clérigos católicos en las causas de un mal que se engendra en una organización arcaica de moral retrógrada, basada en un régimen teocrático de estructura machista, homófoba y patriarcal que, para colmo, obliga a sus integrantes a un hipócrita celibato y un voto de castidad que provoca no pocos trastornos psiquiátricos o traumas. No son extrañas, por tanto, esas pulsiones sexuales reprimidas en el clero de una Iglesia para la que el sexo es una obsesión condenable, sólo si la comete la feligresía, fruto del pecado y por culpa sobre todo de la mujer, un ser pecaminoso, que ya tentó a Adán, al que hay que someter como monja o esposa.  Así surgen casos, como el clan de los Romanones de Granada, que veían en los acólitos sus objetos sexuales de placer, esos miles de escándalos de abusos a menores que se están conociendo ahora y hasta libros bochornosos, como el del arzobispo granadino, que recomienda a las mujeres “Cásate y sé sumisa”.

Incluso el número tres del Vaticano, el cardenal George Pell, miembro del círculo de confianza del Papa y encargado de las finanzas de la Iglesia, ha sido presa de esa doble moral que caracteriza a una parte del clero que abusa de menores mientras sermonea contra divorciados y homosexuales. El altísimo príncipe purpurado ha sido condenado por un tribunal de Australia, de donde es natural y ejerció el sacerdocio, a ingresar en prisión por sus delitos. Y es que el cáncer está tan extendido que tiene metástasis por todo el cuerpo de la Iglesia.

Cardenal Pell
Los jerarcas católicos, reunidos en esa cumbre sobre la pederastia y abusos sexuales a menores en la Iglesia, han desperdiciado la oportunidad de corregir con contundencia y medidas concretas el problema que allí los congregaba. Volvieron a olvidarse de las víctimas, a las que no escucharon de viva voz ni dejaron participar para que aportasen sus propuestas, en su ofuscación por minimizar el daño a la imagen y la credibilidad de la organización religiosa que lideran. Ni siquiera abordaron que esta crisis de abusos se inscribe en la tendencia homosexual, negada pero no completamente reprimida, existente en buena parte del clero católico. Y de esa concepción de la sexualidad humana como acto condenable por constituir un pecado de la carne que únicamente debe estar orientado a la procreación, no para el disfrute, y que lleva a la Iglesia a mantener estereotipos machistas y patriarcales de la familia, la vida en pareja y las relaciones entre adultos. También a prohibir el uso del preservativo incluso para prevenir enfermedades de transmisión sexual.

Intentaron banalizar el grave problema que afecta a la reputación de la Iglesia aduciendo que el grueso de los casos de abusos a menores en la sociedad se producen fuera de los muros religiosos y son cometidos en el ámbito familiar, pero olvidaron reconocer que, aun siendo un porcentaje menor, los abusos del clero gozaron de la laxitud y el silencio de las autoridades eclesiásticas, la impunidad de los culpables, la falta de empatía hacia las víctimas cuando no su culpabilidad y del encubrimiento y ocultación sistémicos para evitar el escándalo público por parte de quienes tenían la obligación, al menos desde esa moral que predican, de zanjarlo con determinación y sin hipocresías.

Por eso, en una actitud defensiva, no se acordó en la cumbre de la pederastia medidas de tolerancia cero, de expulsión del sacerdocio de todo cura abusador, de mecanismos de rendición de cuentas, de abolir el secreto pontificio, de evitar juicios opacos eclesiásticos que se sustancian sólo con el traslado del delincuente a otra parroquia, y de derivar siempre a la justicia civil, desde el primer momento, los indicios de todo delito de abusos sexuales que se cometan en el seno de la Iglesia.

No cabía esperar otra cosa. Pero todo lo que no sea cortar de raíz este mal, actuando sobre las causas profundas y dogmáticas que lo generan, será inútil y perjudicial para una Iglesia como institución religiosa que pretende la tutela moral de la sociedad, y lo que es peor, no evitará que se sigan cometiendo “actos impuros” contra niños inocentes que se acercan a estos depredadores sexuales. Será como tratar con aspirinas un cáncer, el que corroe a la Iglesia católica. Y su pronóstico es gravísimo.

lunes, 4 de marzo de 2019

Crímenes de guerra de Israel


Ya lo advertíamos en comentarios anteriores acerca del comportamiento de Israel contra los palestinos que se manifestaban en la frontera de Gaza durante la llamada Gran Marcha del Retorno para reivindicar el regreso de los refugiados que abandonaron sus tierras tras la creación del Estado judío. Lo denunciábamos cuantas veces fue necesario cada vez que se producía la muerte de un manifestante desarmado por disparos de francotiradores el Ejército israelí contra la multitud en un enfrentamiento tan desigual como espeluznante. Los muertos los ponía siempre un bando, el de los civiles desarmados; los verdugos, el otro. Ahora, un informe de una comisión de investigación de la ONU determina la existencia de “indicios racionales de violaciones de los Derechos Humanos y de la ley humanitaria internacional, en algunos casos constitutivas de crímenes de guerra y contra la Humanidad”. No había que ser un lince para percatarse de que aquello era una carnicería impropia de un país democrático y con un pasado de persecución y exterminio.

Era evidente la innecesaria crueldad en la actuación represora del Gobierno sionista contra el pueblo palestino en su intento, no sólo a la hora de enfrentar una manifestación cerca de la frontera de la Franja de Gaza, sino de confinar y disolver a los palestinos en espacios cada vez más reducidos y rodeados de asentamientos de colonias judías que acabarán conquistando demográficamente en su totalidad lo que fue Palestina hasta la creación del Estado de Israel. Una actuación tan agresiva como ilegal por cuanto viola resoluciones de la ONU e ignora acuerdos internacionales para la resolución del conflicto mediante la propuesta de dos Estados, que Israel se niega aceptar.

Pero su comportamiento matón contra los palestinos se vio exacerbado con la actuación del Ejército israelí durante las protestas realizadas todos los primeros viernes de cada mes, desde el 30 de marzo al 31 de diciembre de 2018, que produjeron un balance, según el citado informe, de 189 palestinos muertos, entre ellos 35 menores, dos periodistas y tres sanitarios, y más de 6.100 heridos. Muertes y lesiones producidas por disparos del Ejército contra manifestantes civiles, desarmados y que no mantenían actitudes hostiles y, por tanto, no representaban ninguna amenaza para el Estado el Israel. De ahí que se creara una comisión, en mayo pasado, dirigida por el jurista argentino Santiago Cantón, exsecretario de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, para investigar las eventuales responsabilidades del Ejército israelí al abrir fuego contra manifestantes. El informe elaborado acaba de ser presentado ante el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, con sede en Ginebra, y será decisión de la Alta Comisionada de la ONU de elevarlo ante la Corte Penal Internacional.

En abril del año pasado mostrábamos nuestra indignación por el grado de vileza con que actuaba el Gobierno de Israel contra el pueblo palestino sin que la ONU o la Corte Penal Internacional intervinieran. Con sus pasos lentos, la Justicia parece ahora responder ante una masacre cometida a ojos de todo el mundo y que sólo los pusilánimes denunciábamos continuamente mientras los muertos seguían cayendo del lado de los palestinos. No nos sentimos satisfechos que se reconozcan aquellos hechos porque, aunque la Corte Penal condene a Israel, quien ya ha calificado el informe de la comisión de “mentiroso y parcial”, la justicia llegará tarde para los muertos, el conflicto seguirá existiendo e Israel continuará comportándose casi como los nazis: eliminando a ciudadanos palestinos con cualquier excusa y expulsándolos poco a poco de sus tierras, sin prestarse a encarar una solución definitiva de la situación que pasa por el cumplimiento de las resoluciones de la ONU, el respeto de las fronteras en ellas establecidas y el reconocimiento de la existencia de dos Estados que han de convivir de manera pacífica y colaboradora.