sábado, 12 de mayo de 2018

TVE: de mal en peor


Aunque sea insistir en lo mismo y repetir lo consabido, hay que volver a señalar la nefasta dirección que, desde que gobierna el Partido Popular, se ha adueñado de Radiotelevisión Española (RTVE), el organismo de titularidad estatal que engloba a Televisión Española (TVE) y Radio Nacional de España (RNE), medios públicos de comunicación. Desde que Mariano Rajoy accedió al Gobierno en 2012, la mayoría absoluta que consiguió en el Parlamento le permitió designar sin consenso al director del Ente entre los correligionarios afines a su ideología y partidarios convencidos de las políticas conservadoras y sectarias que ha implementado su Ejecutivo.

Y decimos que el prestigio de la RTVE va a peor porque este Gobierno se ha empeñado en teledirigir, desde el primer día, los medios de comunicación bajo su control, marcando la directriz y el sesgo de la información que elaboran y difunden, sin respeto a la labor de los profesionales que trabajan en ellos ni la credibilidad e independencia a que deberían deberse o, al menos, perseguir. El deterioro laboral, la desconfianza entre los trabajadores y la fuga de los profesionales más destacados ha sido el triste balance de una gestión encaminada más a servir de apoyo propagandístico o gabinete de prensa del Gobierno que de servicio público a los ciudadanos, que es lo que justifica supuestamente su existencia.

Rajoy se encontró en 2012 con el mayor y más avanzado esfuerzo, por parte del anterior Gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero, de dotar a TVE de la autonomía financiera  y la independencia orgánica y profesional que jamás se haya acometido nunca. Ya en su momento hicimos una valoración de aquel proyecto reformista, que perseguía, en 2006, que la calidad y el prestigio fueran las señas de identidad de la Televisión pública española, siguiendo el modelo de la BBC inglesa. Fue entonces cuando se eliminaron los anuncios de una televisión que se entendía no debía competir por la tarta publicitaria con los medios generalistas privados, sino centrarse en su vocación de servicio público a cambio de una prestación a cargo de los Presupuestos del Estado que complementara la autonomía financiera del organismo. También se legisló para que el presidente del Ente Público fuese elegido por una mayoría de dos tercios del Parlamento para evitar lo que sucedió después, que el Gobierno de turno con mayoría absoluta impusiese de manera discrecional a su candidato, sin consenso. Y se elaboró un Estatuto de RTVE que posibilitaba la elección, sin consultar al Gobierno, de periodistas de intachable trayectoria para dirigir los espacios informativos de la Radio y la Televisión estatales con criterios profesionales, basados en la independencia y el rigor.

Todo aquello fue barrido de un plumazo por el Gobierno del Partido Popular, siguiendo la tradición de la derecha española de destruir y eliminar todo lo que la izquierda haya construido o impulsado. Así, del mismo modo que se ha dejado sin efecto la Ley de Dependencia al no dotarla presupuestariamente, se ha intentado denodadamente dar marcha atrás con la Ley del Aborto, se sigue obstaculizando con denuedo la Ley de Memoria Histórica o se efectuaron recortes draconianos, con la excusa de una crisis económica que no debiera afectarles, en la Sanidad, la Educación, las becas o en los subsidios y otras ayudas a desempleados y desfavorecidos, también se ha laminado la autonomía e independencia de los medios de comunicación de titularidad estatal, sometiéndolos a tutela gubernamental y a la conveniencia del partido en el Gobierno.

Una situación que ha devenido intolerable a causa de las denuncias periódicas de los propios profesionales de la RTVE y de los sindicatos con representación en el Ente, por los escándalos producidos constantemente por la emisión de informaciones tendenciosas y la omisión de noticias que perjudicaban al Gobierno o alguno de sus miembros, incluso por los desplantes y actuaciones de su presidente, no sólo cuando obvia el criterio profesional mayoritario de sus trabajadores, sino también a la hora de rendir cuentas y someterse al control parlamentario de su gestión. Pero tal situación intolerable se ha transformado en inaguantable cuando el partido que había modificado hacia peor aquel modelo perdió su mayoría absoluta y se vio forzado a suscribir, tras siete años de manipulación a su antojo, un acuerdo con la oposición para retomar la independencia y el criterio profesional en la dirección de RTVE.

Tal es el grado de deterioro que, si las cosas iban mal para estos medios públicos de comunicación, acontecimientos recientes demuestran que ahora, además, se precipitan inexorablemente hacia lo peor. Porque no es sólo que el Gobierno sea renuente, mediante bloqueos y subterfugios continuos, a materializar el acuerdo arriba indicado para recuperar una dirección transparente e imparcial, sino que todos los problemas que ha creado la obsesión manipuladora del Gobierno traspasarán nuestras fronteras y llegarán hasta el Parlamento Europeo. Europa examinará la manipulación gubernamental de los medios públicos de comunicación. El próximo día 16, se expondrán ante la Comisión de Peticiones del Europarlamento los casos más flagrantes de manipulación y censura en TVE que demuestran que se están violando el derecho a la información de los ciudadanos y la libertad de prensa en España. Una delegación del Consejo de Informativos de TVE pedirá al Parlamento Europeo que inste al Gobierno español a recuperar la independencia de RTVE y deje de utilizarla como instrumento de propaganda gubernamental.

Pero la guinda que corona este pastel nauseabundo de injerencias del Gobierno contra la pluralidad en RTVE ha sido la evidencia de censura manifiesta producida en el centro territorial de TVE en la Comunidad Valenciana, donde se prohibió emitir un vídeo en el que se escuchaba a la secretaria de Estado de Comunicación, Carmen Martínez Castro, hacer comentarios soeces y despectivos hacia un grupo de manifestantes pensionistas, concentrados en Alicante (“¡Qué ganas de hacerles un corte de mangas de cojones y decirles: pues os jodéis!”), que abucheaban a Rajoy. La periodista responsable de editar el informativo presentó su dimisión, por honestidad profesional, debido a la orden que recibió de la dirección para censurar el vídeo y prohibir su emisión.

Todo ello pone de relieve que, si graves son la dependencia del organismo público de comunicación con el Gobierno y las malas prácticas que conducen a la tergiversación de noticias, sesgar la información u ocultarla si cuestiona o perjudica al Ejecutivo, peor aún es mantener tal situación por intereses partidistas en perjuicio del derecho a la información de los ciudadanos, un derecho reconocido por la Constitución, además de un atentado contra la libertad de prensa. De seguir así, en caída libre hacia lo peor, el futuro de RTVE será la irrelevancia, el absoluto desprestigio y, como colofón, su desaparición como medio de comunicación público al servicio de la sociedad. Tal vez este sea el objetivo último del Gobierno: hacer inviable RTVE para privatizarla, total o parcialmente, como ha hecho con muchas otras empresas de titularidad estatal. Si fuera así, sería más rentable venderla siendo líder en su sector que hundiéndola en la mediocridad e inoperancia. En cualquier caso, se trata de una afrenta del Gobierno contra los intereses generales de los ciudadanos a estar informados con veracidad, rigor y pluralismo de las cosas que le afectan, sin manipulaciones ni censuras. Algo imperdonable.

lunes, 7 de mayo de 2018

Cateto de medianoche


Se pasaba las horas sentado en aquellos sofás blandos, despatarrado y distraído, mirando a ninguna parte como un león aburrido en medio de la sabana, mientras empuñaba en su mano izquierda una copa enorme, su inevitable `pelotazo´ de los viernes por la noche en el que se refugiaba después de salir del trabajo y hacer tiempo con cuatro o cinco cervezas que compartía con los compañeros de fatigas, quinielas y fantasías en el bar del polígono. Es lo que hacía, al finalizar la última jornada laboral de la semana, después de haberse desprendido del mono de trabajo, lavado la cara y atusado el cabello en el lavabo del baño de la empresa, cuyas puertas eran un compendio de frases insultantes o lascivas, y vestido de limpio con la camisa y el pantalón que reservaba para los fines de semana, como otro uniforme que se aseguraba de trasladar a su taquilla para colgarlo de una percha, y que transportaba cada viernes al trabajo en la bolsa del gimnasio, junto al desodorante y el peine. Salía dispuesto a comerse el mundo si la oscuridad de la noche le daba esa oportunidad parda, como a los gatos. Esas salidas de los viernes noche se habían convertido en una costumbre anclada en sus rutinas de ocio desde que había abandonado su pueblo y emigrado a la ciudad para huir de un destino que lo ataba a su padre, a su abuelo, a su bisabuelo y a todos sus tatarabuelos en una miseria de siglos como braceros del campo. Estaba empeñado en romper una cadena a la que parecía predestinado y buscar un futuro diferente que lo alejara de ser otro fracasado más en la familia. En lo que lo conseguía, su consuelo eran esas fugas nocturnas de los viernes, en las que emulaba, sin saberlo ni pretenderlo, al vaquero de Schlesinger.

En la copa de balón que agitaba con indolencia flotaban los cubitos de hielo que aguaban el licor, de marca nacional y asequible al bolsillo, de un gin-tonic aromatizado con granos de pimienta, pequeños pétalos amarillos sospechosamente parecidos a los del jaramago, cortezas de limón y algún trozo de fruta inidentificable. Los veinte euros de esa inversión tenían que durar toda la noche, por lo que la copa no dejaba de balancearse en su mano sin apenas acercarse a los labios. La mano derecha descansaba estirada sobre el respaldar del sofá, abriéndole descaradamente una camisa blanca, desabrochada casi hasta la barriga, que dejaba al descubierto medio pecho ensortijado de pelambre negra, cual Alfredo Landa en El vecino del quinto. Un pantalón oscuro, con pretensiones modernas aunque con más temporadas que su fiel Corsa gris, se mantenía a duras penas aferrado, como si tuviera velcro, a la altura del pubis cuando se tenía que poner de pie para ir al servicio, cosa que hacía tan pocas veces como ingerir aquel cóctel. Entre la oscuridad del ambiente, fragmentada con lucecitas inquietas, y la música ensordecedora que obligaba hablar al oído, parecía allí sentado un elemento más de la decoración del establecimiento, si no fuera porque movía la cabeza y de vez en cuando charlaba con algún conocido tan desorientado como él.

Así transcurrían las horas, que se diluían como el hielo de su copa, cuando un grupo de chicas se acercó para ocupar los butacones y el sofá de lo que simulaba una salita, por lo que, cortésmente, no tuvo más remedio que desplazarse hacia una esquina del mueble que, hasta ese momento, había sido enteramente suyo. Se sintió molesto, pero, al poco, entabló conversación con la joven que se había sentado a su lado, intercambiando frases anodinas sobre el local, la gente y las consumiciones. Viendo reciprocidad en el diálogo, hilvanó otros comentarios acerca de la procedencia de cada uno de ellos y las ganas de diversión que creían merecer tras soportar una dura semana de odioso trabajo. La vida había que aprovecharla, aseguró entre risas y miradas, antes de que sea tarde. La desinhibición alcohólica o el aburrimiento existencial, o las dos cosas a la vez, facilitaron un intercambio de ocurrencias e insinuaciones que animó amistosamente aquella reunión fortuita de seres noctámbulos. Fue entonces cuando sonó aquella canción de la que desconocía el título pero que podía tatarear de tanto escucharla en la radio del coche. Una música amable que lo espabilaba, le levantaba el ánimo y solía acompañarlo en ocasiones durante el trayecto al trabajo. Y ahora sonaba maravillosamente fuerte y seductora a través de los altavoces. Quizás fuera eso lo que le insufló valor. Invitó a aquella chica a bailar y juntos se perdieron en la pista entre las parejas que habían decidido hacer lo mismo, fundirse en la oscuridad al son de la melodía. Las horas se aceleraron, consumidas en bailes, risotadas y chistes hilarantes con los que él sabía hacerse el simpático. También su copa acusaba el paso del tiempo pues se había vaciado hasta la mitad y no albergaba ni rastro de hielo. Su interior contenía más agua que ginebra y unos insalubres pétalos a la deriva que la hacían parecer la muestra de una riada antes que una bebida, y así permaneció encima de la mesa. Se había hecho muy tarde.

La mayor parte de la fauna del local se había ido marchando conforme agotaban sus expectativas, apurando anhelos insatisfechos, monedas de la cartera y horas al sueño. Hasta las amigas de aquella chica hacía rato que se habían despedido sin que ninguno de los dos se percibiera realmente de ello entre el aturdimiento de los sentidos y el embeleso mutuo. Sólo cuando ella manifestó que debía irse, un tanto sorprendida por lo avanzado de la madrugada y lo sola que la habían dejado sus compañeras, él se ofreció a llevarla en coche hasta su casa para que no tuviera que recurrir a taxis o recorrer calles desiertas y peligrosas. Se lo agradeció, no sin ruborizarse, asintiendo con una mirada hipnótica que surgía desde la profundidad de sus ojos negros y chispeantes, impregnados de ternura.

A esas horas el coche parecía como abandonado, en medio del solar que se utilizaba como aparcamiento por los clientes del local, y sumido en las penumbras fantasmagóricas que proporcionaban las farolas de la calle. Encendió la linterna del móvil para alumbrar el camino hasta el vehículo y abrir con llave la puerta del acompañante para que ella tomara asiento sin dificultad ni tropiezo. Era lo que dictaba el manual básico de galantería que tantas veces había visto en las películas. Ella le sonrió desde el asiento cuando él cerró la puerta y pasó delante del coche para acceder al puesto del conductor. Apagó la luz del móvil y, antes de encender el motor, el silencio y la oscuridad inundaron el espacio que ellos habitaban en el interior del coche. Quiso ayudarla a abrocharse el cinturón de seguridad y, al acercar su rostro al suyo, ella le besó tan sorpresiva como dulcemente en la boca. Era algo que no esperaba pero tampoco descartaba. Tras el sobresalto, no pudieron reprimirse. Sin apenas pronunciar palabras, se entregaron a una pasión que venía creciendo desde el mismo instante en que coincidieron en aquel establecimiento de moda del extrarradio. Y descubrieron que las estrecheces del vehículo no impedían dar rienda suelta a los apetitos del amor y los deseos de la carne. Fue algo impulsivo que nadie interrumpió en la soledad de la noche ni ningún pensamiento perturbó unas mentes obnubiladas por un ardor inapelable. 

El alba perfilaba ya el horizonte por el que el Sol emergería tras los edificios, cuando las prisas y las preocupaciones se adueñaron del cuerpo y la voluntad de una joven que poco antes no reprimía los sentimientos que erizaban su piel. La noche se escurría entre ellos como las caricias entre las yemas que recorrieron aquel cuerpo tembloroso. Y con la misma turbación del principio, tuvo que interrumpir el encantamiento de unos momentos felices que se anhelaban eternos. Ella tenía que llegar necesariamente a su casa antes de que amaneciera, y lo que era entrega se volvió rechazo. Se arreglaron la ropa y levantaron los respaldos de los asientos poco antes de que la luz mortecina de las farolas se apagara y los camiones de la basura comenzaran a hacer ruido por las calles. El motor tosió un par de veces antes de arrancar y enfiló unas avenidas todavía somnolientas y vacías hacia el otro extremo de la urbe. El breve recorrido estuvo caracterizado por la idéntica parquedad en palabras con la que se habían entregado a un arrebato amoroso imposible de evitar, como náufragos arribados a una isla ruidosa y en tinieblas, compartiendo un mismo afán: sentirse vivos y dueños de sus vidas.    

Ella le rogó que la dejara varias manzanas antes de llegar a su portal por si sus padres la estaban esperando. No quería que la vieran salir del coche de un desconocido. Nada más descender del vehículo, se alejó deprisa y sin mirar atrás. Mientras él la observaba a través de la ventanilla, se acordó de que en ningún momento de la noche se habían facilitado sus nombres, tal vez porque nunca hizo falta. Y cuando quiso llamarla para preguntárselo, ella ya había desaparecido tras doblar una esquina. No fueron más que dos aves solitarias que se emparejaron antes de volver a levantar el vuelo hacia donde el viento las llevase.
 
Desde entonces, él sigue acudiendo todos los viernes por la noche a aquel local para esperarla en el sofá blando, con su camisa desabrochada y blandiendo una copa de balón en su mano izquierda. Se había convertido en un cateto de medianoche que no escuchaba a nadie y pendiente sólo de las sombras y los ecos que ocupaban su mente.

 

miércoles, 2 de mayo de 2018

Abuso, agresión o violación: la misma violencia

La sentencia judicial de la Audiencia de Pamplona sobre el caso del grupo de jóvenes, conocido como “La manada”, que mantuvo relaciones sexuales colectivas con una chica mediante intimidación cuando menos numérica, está levantando ampollas en la población y una oleada de manifestaciones multitudinarias en contra de lo que se estima como pena demasiado benigna fallada por aquel tribunal. Cada uno de los integrantes de “La manada” ha sido condenado a nueve años de cárcel al ser considerados culpables de un delito de "abuso sexual continuado con prevalimiento" en vez de violación, como esperaba la mayor parte de la ciudadanía. Se produce, en este caso,, un cuestionamiento de la “verdad” judicial por la “verdad” que perciben las personas, legas en la materia, que expresan públicamente su disconformidad con la sentencia. Y las dos verdades son compatibles aunque difieran en gran medida. Una se basa en hechos probados y tasados según la legislación vigente, después de escuchar a la víctima, a los agresores, a los testigos, visionar vídeos y analizar las circunstancias, y la otra, en apreciaciones subjetivas sobre la gravedad de lo sucedido, al calor de las emociones que despierta el asunto. Las dos son legítimas y han de ser compatibles en una sociedad democrática en la que impera el respeto a la ley, la separación de poderes, la independencia de la Justicia, la confianza en el funcionamiento de las instituciones y, naturalmente, el derecho a una opinión pública que se expresa en libertad y con la finalidad de ser tenida en cuenta. ¡Cuál ha de prevalecer?

Debe prevalecer la ley porque de su respeto y obediencia deriva y se garantiza  la convivencia pacífica en toda sociedad regida por el Estado de Derecho en democracia. Pero las leyes han de adaptarse a las nuevas y cambiantes circunstancias que en cada tiempo histórico hacen predominar determinados valores y normas sobre otros. No son los jueces los culpables de una condena considerada demasiado benevolente o injusta, sino las leyes que así califican, con graduación punitiva, los delitos y que ellos sólo se limitan a interpretar y aplicar según su fundado y ponderado criterio. Lo que no se puede ni se debe es sustituir la justicia por el dictamen de una opinión pública que se adueña de las calles y acapara la atención de unos medios de comunicación que la fortalecen. En caso de evidente desfase entre la visión judicial y la visión social sobre los valores y normas imperantes en la sociedad, tendrá que ser aquella la que se adapte a esta de manera tan precavida como exija la prudencia y permita el orden jurídico, sin provocar un vaciamiento de la legalidad.

Habrá, por tanto, que modificar y proceder a una reforma legislativa que actualice el Código Penal por el que se rige la actuación judicial y se castigan los hechos delictivos, con el fin de acercar y adecuar ambas verdades. Parece necesario empezar a considerar, a partir de ahora, como inherentes de violencia, explícita o implícita, a todas las agresiones y abusos sexuales cometidos sin su consentimiento contra las mujeres, también contra menores víctimas de pederastia, y no exclusivamente a las violaciones, en las que la única diferencia es la penetración a la fuerza, se ejerza o no una actitud violenta en los agresores o se constate una falta de resistencia, por intimidación o miedo, en la víctima. No hay que graduar penalmente la existencia probaba de una resistencia que pone en peligro la integridad física de la víctima para probar la violencia que supone todo abuso, agresión o violación de una persona. Porque el mero hecho de atentar contra la integridad física (abusos, agresiones, violación) y moral (derecho al  respeto y la dignidad) de cualquier persona (mujer u hombre, adulto o menor), independientemente del método intimidatorio empleado, debería ser suficiente para apreciar la violencia física o psicológica ejercida. Y eso es, precisamente, lo que demanda, en la actualidad, la sociedad a causa de la sentencia por el caso de “La manada”, una exigencia nacida del hartazgo que genera tantos atentados cometidos contra la libertad de las mujeres, en particular, y de las personas, en general.

Se deberá, por tanto, que reformar la ley. Pero ello no ha de hacerse “en caliente” ni bajo presión popular, sino con sosiego y reflexión, después de estudios y análisis por parte de técnicos y juristas, y tras un amplio consenso parlamentario, para que la nueva legislación penal no sea fruto de la conveniencia política, siempre dispuesta a obtener réditos electorales, sino de la nueva realidad social del país. Una realidad en la que manosear una mujer, agredirla sexualmente empleando el abuso de autoridad o su dependencia en relación al hombre o violarla son actos sexuales sin consentimiento y, por consiguiente, actos de violencia contra la integridad física de la mujer y un atentado contra sus libertades. Son ataques a su dignidad, su intimidad y su libertad sexual y personal. No debería establecerse una escala de grados en la falta de respeto y violencia en todas estas agresiones sexuales, sino simplemente si se respeta a la mujer o no, sean cuales sean las vejaciones a las que se vea sometida. Y todas las de tipo sexual son actos de violencia contra ella que, a estas alturas, ya no se comprenden ni se consienten en una sociedad libre, sin servidumbres machistas y garantista en derechos que hacen a todos iguales ante la ley.

Es pertinente una actualización de las leyes porque, hoy en día y hastiados de excusas culturales, los abusos sexuales, las agresiones y la violación son expresiones de una misma violencia que sufre la mujer, en distintas formas, por el mero hecho de ser mujer y ser considerada como simple objeto para uso y disfrute del hombre, se preste a ello o no. Máxime si el hombre se comporta, en manada, como los animales, guiado por sus instintos más bajos y despreciables. De ahí la indignación colectiva que pone en cuestión el crédito de la Justicia, sin aguardar ni respetar la garantía procesal que supone la doble instancia en el orden penal que permite la revisión de condenas en tribunales superiores, mediante el derecho a apelarlas. Yo sí creo en la Justicia.

martes, 1 de mayo de 2018

¿Por qué el 1 de Mayo?


Porque la lucha de los trabajadores es más necesaria que nunca para hacer valer sus derechos. Y porque:

* El trabajo es un derecho, no una concesión caritativa.

* Hay que erradicar la precariedad laboral y salarial de España.

* El salario ha de ser suficiente para vivir, no una limosna a discreción del patrono.

* Las condiciones laborales protegerán al trabajador, no beneficiarán exclusivamente a la empresa.

* Los poderes públicos legislarán a favor del trabajo y el trabajador, sin privilegiar al capital ni al empresariado.

* La brecha salarial es inaceptable e injusta. A igual trabajo, igual salario.

* Hay que extender la compatibilidad familiar en cada empresa a padres y madres trabajadores.

* Hay que vigilar con más celo la seguridad laboral para evitar accidentes.

* Hay que garantizar el sistema público de pensiones para que no esté condicionado a la coyuntura política.

* El Estado de Bienestar es una conquista de la clase trabajadora que deberá preservarse y no permitir que sea desmantelado por una economía neoliberal que prima la privatización de los servicios que presta a la sociedad.

En resumen, porque sufrimos una regresión en los avances y conquistas sociales que va en detrimento de los trabajadores y más desfavorecidos. De ahí la necesidad de conmemorar el 1 de Mayo como recuerdo de seguir luchando por los derechos de la clase trabajadora.