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| Monumento en Alcalá del Río (Sevilla) |
miércoles, 12 de octubre de 2016
Hispanidad monumental
domingo, 9 de octubre de 2016
El monstruo que viene
Entre todos lo estamos convocando y él sólo se está acomodando entre nosotros. No es un monstruo de película, sino una pesadilla cada vez más extendida en la realidad de este país tan insensato como ingenuo. Es el monstruo de la pobreza y las desigualdades, de la precariedad y el desempleo, de la formación para las élites y mano de obra barata y cualificada para el abuso y la explotación, el
monstruo, en suma, de la injusticia que consentimos a cambio de migajas y
caridad. Ese monstruo que viene ya está entre nosotros y nos devora cada día,
comiéndose nuestros ideales, proyectos, ilusiones y convicciones. Pero apenas
luchamos contra él, no nos defendemos, no nos unimos para vencerlo y derrotarlo,
para expulsarlo de entre nosotros. Lo dejamos actuar como si fuera un mal
inevitable, una catástrofe natural y no un producto de nosotros mismos, de
nuestro egoísmo y avaricia, de nuestra ceguera colectiva, de decisiones tomadas
para favorecer a unos pocos y perjudicar a la mayoría, de hacer distingos
sociales según niveles de renta, de separarnos en función de creencias, sexo y
color de piel, de olvidar que todos somos seres humanos y pertenecemos a una
única naturaleza común. Así alimentamos el monstruo que viene para acabar con
nosotros. Un monstruo nacido de lo peor de nosotros mismos. Seguimos
empeñados en llamarlo, en desearlo, en instalarlo entre nosotros, en nuestro
país, nuestras ciudades y nuestros hogares. Así es el monstruo que viene. Que
ya está aquí. ¿No lo ves?
sábado, 8 de octubre de 2016
El saber no ocupa lugar….
Pero necesita espacio para poder retenerlo, para tenerlo siempre disponible y
poder consultarlo cuantas veces sea necesario; para disfrutar de él y recrearse
con el conocimiento que nos proporciona;
para ojearlo, inmóvil y silente, a través de los títulos de las obras que lo
condensan, alineadas en las estanterías; para recordar viejas lecturas y volver
a sorprendernos con lo que nos hizo sentir y nos aportó; para disfrutar
acariciando cada tomo, admirar viejas tipografías y encuadernaciones, sentir el
tacto y el leve crepitar de las páginas y descubrir párrafos subrayados en esos
libros donde se oculta y que nos contagiaron un poco de su
sabiduría y nos prepararon, ensanchando nuestro pensamiento, para enfrentamos
al mundo y cuestionarlo. En definitiva, para seguir persiguiendo cual enamorado,
nostálgico incomprendido del soporte papel, un saber que requiere espacio donde
reposar hasta que volvemos a requerirlo. Son mis libros que mudan a una nueva biblioteca
para que me entregue feliz a ellos. Me brindan un placer que disfruto como niño
con juguete nuevo cada vez que me encierro en ese espacio en el que habita el
saber del que me rodeo. Un placer gratificante y duradero: me hace feliz y lo
disfruto desde que aprendí a leer. A la lectura y los libros les debo lo que soy.
viernes, 7 de octubre de 2016
El declive del PSOE
El partido socialista de España (PSOE) ha sufrido la semana
pasada su particular estación de penitencia, una semana de pasión que lo ha
llevado al límite de la fractura o, cuando menos, al enfrentamiento abierto
entre las dos almas que conviven en tensión dentro de la organización política:
la radical y la moderada o, si se quiere, la más izquierdista y la centrista
que aglutinan a rupturistas y reformistas dentro de sus siglas. Esas dos
sensibilidades siempre han estado ahí, en el seno del pensamiento socialista,
desde la segregación de la socialdemocracia del ideario comunista-marxista de
mediados del siglo pasado. Y con ese don de la inoportunidad tan nefasto, esta
historia cainita del PSOE siempre se ha materializado en momentos en los que, a
ojos de cualquier testigo, hubiera sido conveniente, para el buen fin del
proyecto político que representa el partido, hacer demostración de unidad y
liderazgo, no de desunión y divergencias de criterio. Quedan como hitos de esa
historia bipolar socialista las diferencias entre Indalecio Prieto y Largo
Caballero en tiempos de la República, en 1935, o la de Rodolfo Llopis y Felipe González, en el Congreso de Suresnes de 1974, por citar los más sonados. No son nuevas, por tanto, las diatribas en la familia socialista para determinar el rumbo de la organización y hasta el matiz ideológico en cada circunstancia histórica o crucial.
Que nuevamente vuelvan a tirarse los trastos a la cabeza
entre críticos y leales al aparato, esta vez por pactar con quien sea para
echar a la derecha del poder o permitirle gobernar por ser la minoría
mayoritaria del Congreso, aunque no consiga reunir los apoyos suficientes para
ello, no es ninguna novedad. En esta ocasión, no se trata sólo de ansias de
poder o del interés personal de quien aspira a ser presidente del Gobierno a
cualquier precio. Es la definición de la estrategia política, en función de la
“sensibilidad” dominante en este momento, lo que ha empujado a los críticos a
la rebelión y, de momento, al control de la situación a través de una gestora,
obligando a dimitir al actual secretario general, Pedro Sánchez, y desactivar
todas sus iniciativas, tendentes a constituir una alternativa transversal de
izquierdas, pausible mediante un pacto con Podemos y otras formaciones
nacionalistas, que sustituya a Rajoy de la presidencia del Gobierno. Para ese
sector crítico del partido, las cuentas no cuadraban y las facturas por el
apoyo de las formaciones independentistas a una posible pero improbable
investidura, resultaban inasumibles, por demasiado caras: permitir un
referéndum segregacionista en Cataluña. Y se rebelaron, como es norma en el
PSOE, con desgarros y dando el espectáculo.
En cualquier caso, el problema que en la actualidad
presentan las opciones políticas socialdemócratas es mucho más grave y profundo
de lo que aparenta esta lucha en el socialismo español. Porque no se trata sólo
de una discusión por cuestiones coyunturales, sino de un enfrentamiento que
proviene de divergencias estructurales sobre lo que representa hoy día el pensamiento
socialista en nuestra sociedad y en un mundo dominado por la globalización y la
economía de mercado. Se trata de un re-posicionamiento de la oferta socialista
y de articular un mensaje que ya no convence a las masas que antaño votaban al
PSOE y que, desde hace un lustro, se decantan por otras opciones nuevas, en
principio, más atractivas y frescas. Se trata de frenar esa caída en el apoyo
social de una opción política que se muestra incapaz de ofrecer una alternativa
sólida, no sólo frente a los populismos radicales de derechas e izquierdas,
sino ante el neoliberalismo reinante que ha sabido imponer su lógica y sus
condiciones en todos los órdenes de la vida, hasta el punto de obligar a que el
mayor y más incuestionable fruto de la socialdemocracia, el Estado del
bienestar, sea revisado y valorado según su “sostenibilidad” y rentabilidad, en
vez de por su necesidad ante las injusticias y las desigualdades sociales.
Aquellos logros de la postguerra están consolidados y ya no
sirven para atraer y seducir a los ciudadanos como reclamo electoral. Incluso
la derecha económica y social los ha aceptado como imprescindibles (aunque sin
reconocer que sean frutos históricos de la socialdemocracia, como la educación
pública, la sanidad universal, las pensiones y hasta el novísimo derecho a la
dependencia), pero intenta adecuarlos a los parámetros del neoliberalismo, que
persigue sean “sostenibles” por sí mismos (mediante copagos y repagos por parte
de los ciudadanos, aparte de con impuestos) o trasladando su provisión a la
iniciativa privada, cuyo objetivo, como es sabido, es la rentabilidad, ganar
dinero, no prestar un servicio público. Tan potente y eficaz ha sido este
lavado de cerebro neoliberal que casi todo el mundo asume la necesidad de
aplicar una “austeridad” que “pode” el Estado de Bienestar para hacerlo
“sostenible”, aunque ello suponga más desigualdad entre los ciudadanos que no
pueden costearse prestaciones y servicios. Poco a poco, pero de manera
irreversible, nos han ido transmutado de usuarios a meros clientes, convencidos
de que el Estado no puede satisfacer, porque no le corresponde, las necesidades
básicas de la población de manera equitativa como solía. Una bandera de la
socialdemocracia que ya no arrastra a nadie.
Pero otros han tomado esa bandera y la enarbolan con mucha
más energía, yendo en contra de toda austeridad y toda política económica que
perjudique a los más necesitados, apelando incluso a la demagogia (como la
subida drástica del salario mínimo interprofesional o la implantación inmediata
de una renta básica universal), sin importarles cambiar el modelo económico y
el sistema capitalista, cosa que la socialdemocracia nunca pretendió. Estas
nuevas ofertas políticas han conseguido atraerse a buena parte del voto de
izquierdas del socialismo español y persiguen sustituirlo por completo, por
caduco. Y otras de derechas, sin manchas ni servidumbres que ocultar, operan de
igual modo ofertando la regeneración y la limpieza de las viejas opciones
corroídas por la corrupción política y económica, sin que hasta la fecha hayan
podido arrebatarle al partido conservador que gobierna España un número
significativo de votos, aunque sí suficiente para alejarlo de la mayoría
absoluta. Y, de paso, han mordido una parte del electorado centrista que votaba
socialista y estaba harto de escándalos de corrupción y de reformas que no
llegaban más allá de lo posible y tolerable por el sistema económico y
político.
Por todo ello, el PSOE tantea tácticas y discursos con los
que recuperar aquellas mayorías que lo aupaban al poder y le permitían
gobernar. Son tácticas baldías, ya que el socialismo español no halla la
fórmula para evitar la sangría de descontentos e indignados que le hizo perder
millones de votos en las elecciones de 2011, que lo ha seguido desangrando en
las de 2015 y en estas últimas de 2016, de las que se culpa a Pedro Sánchez, y
que ahondan una escisión que viene de antiguo y precipita al PSOE a la
irrelevancia, de continuar esa tendencia electoral y la indefinición
ideológica.
Lo que le está sucediendo al PSOE es la misma descomposición
que ya afectara al laborismo británico tras el cuestionable mandato de Tony
Blair, al socialismo francés con Hollande, al SPD alemán, al homónimo de
Portugal y, de manera mucho más dramática, al PASOK griego, todos ellos
miembros de una corriente ideológica que ha gobernado en la mayoría de los
países de Europa y ha llegado ser el segundo grupo, por número de diputados,
del Parlamento Europeo. Una descomposición que se ha acelerado, expulsándolos
de los gobiernos y alejándolos de los ciudadanos, con la emergencia de la
crisis financiera que todavía hoy impide el normal desarrollo y crecimiento
económico del Viejo Continente. Basta recordar, para ejemplificarlo, las
medidas impulsadas por el último presidente socialista de España, Rodríguez
Zapatero, de recortes presupuestarios y congelaciones salariales, que
posteriormente fueron endurecidas por el Gobierno de Mariano Rajoy, cuando lo
sustituyó en los albores de la crisis, sin que los ciudadanos perdonen a aquel
ni castiguen a éste. Si a ello añadimos la aparición de nuevos frentes y
preocupaciones, como los que representan el flujo emigratorio masivo que
despierta en muchos países, también en el nuestro, el racismo y la xenofobia;
una juventud con o sin estudios pero sin expectativas de empleo y condenada a
vivir peor que sus padres; la parálisis y la precariedad que caracterizan a la
actividad comercial y el mundo laboral; y un fenómeno de corrupción galopante,
casi sistémico, que afecta tanto a partidos como a instituciones, no puede
resultar extraño que las políticas que, en general, pretendían transformar la realidad se
hayan quedado anquilosadas por no saber resolver estos problemas y la
socialdemocracia, en particular, haya emprendido una senda de declive en todo
el continente que el PSOE está acusando en sus propias carnes.. Muchos
problemas, viejos y nuevos, que no hallan respuesta por parte de una izquierda
que, no solamente es incapaz de entusiasmar a la gente, sino que deja que la
derecha neoliberal vaya desmantelando progresivamente el Estado del Bienestar
con la excusa de su “sostenibilidad” y consienta el imparable crecimiento de las desigualdades y las injusticias
impuestas por el mercado y su sacrosanto objetivo de enriquecimiento de unos
pocos.
El declive del PSOE viene de antiguo y es común a una
ideología que se ha dejado ganar por los que no quieren pagar impuestos, están
en contra de una fiscalidad progresiva que redistribuya la riqueza nacional y
pretenden que los ciudadanos costeen de su bolsillo las necesidades básicas de
educación, sanidad y pensiones, aunque vengan condenados desde el nacimiento a
padecer carencia de oportunidades para poder afrontarlas. El declive del
socialismo español no es cuestión de personas, sino de ideas, de esa falta de
ideas y proyectos del que adolece un pensamiento que, desgraciadamente, ha
renunciado a transformar la realidad y se ha dejado domesticar por el mercado.
Y puesto que el mercado es dominante, la gente deja gobernar a los mercaderes
con tal de que repartan algunas migajas a los pobres, que somos el resto.
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