miércoles, 31 de octubre de 2018

Bolsonaro, el último


Jair Bolsonaro acaba de ganar las elecciones en Brasil y el uno de enero próximo asumirá la presidencia del país más grande y poderoso de América Latina. A pesar de que los resultados eran los esperados, no deja de sorprender el hecho de que con él se viene a confirmar el auge que experimenta el protagonismo del populismo xenófobo y radical de extrema derecha que triunfa en el mundo actualmente. En ese sentido político, Bolsonaro es, hasta hoy, el último de la camada de canallas que consigue llegar al poder mediante procedimientos democráticos, pero dispuesto a desvirtuarla y mancillarla con una acción gubernamental que no duda en obviar derechos y libertades que se suponían consagrados en un Estado de Derecho. De hecho, durante la campaña no ocultó su voluntad de despreciar tales derechos en nombre de la seguridad y la mano dura contra el crimen, asegurando que ningún policía será enjuiciado por tirotear a un delincuente, siguiendo la línea dura de Donald Trump, quien propone combatir las muertes violentas que se producen en su país, como los once muertos en el atentado contra la sinagoga de Pittsburgh, armando todavía más, por si parecía insuficiente, a los ciudadanos para que se defiendan. Su idea es que, contra los forajidos, pistoleros de buen tino y gatillo fácil, como en el Viejo Oeste.

Fiel a un guión oculto, Bolsonaro, además, ocupará con militares varios ministerios, la vicepresidencia del Gobierno y otros altos cargos de la Administración –no en balde él mismo es un excapitán retirado, aunque expulsado del Ejército-, permitiendo que los uniformados vuelvan a dirigir departamentos clave del Gobierno, cosa que no se producía desde los tiempos de la dictadura militar de Humberto de Alencar (1964-1985). Asombra sobremanera esa “tutela” militar de un Ejecutivo que se aparta, así, de los estándares democráticos al uso, en que civiles elegidos por la voluntad soberana del pueblo pilotan el país y dirigen la acción política. El “tufo” castrense del futuro Gobierno apesta antes incluso de destapar la olla, aunque es coherente con las propuestas antidemocráticas y autoritarias del entonces candidato y ya electo presidente de Brasil, el extremista Bolsonaro, un nuevo canalla de extrema derecha, cuyos discursos a favor de las armas, la tortura o el encarcelamiento y exilio de opositores auguraban tal deriva autoritaria y cuasidictatorial.

Con más de la mitad de los votos emitidos, los brasileños eligieron al candidato que les prometió combatir la crisis económica, la violencia y la corrupción que se han cebado sobre el país en los últimos años. La hartura de la población con estos desmanes de los que ha culpabilizado, y no sin gran parte de razón, a los dirigentes izquierdistas del Partido de los Trabajadores, cuyo líder Lula da Silva cumple prisión por corrupción, ha aupado a Jair Bolsonaro al poder, gracias también al apoyo férreo de las poderosas iglesias evangélicas, cuyo voto ha sido crucial. Todo ello explica, en contexto, las amenazas del presidente, pronunciadas sólo ocho días antes de su elección, de que “a los enemigos rojos solo les queda la cárcel o el exilio”, y que, en su primera aparición televisada como presidente, Bolsonaro tomara las manos de los miembros de su equipo y se pusiera a rezar. Son mensajes directos para destinatarios claros. Igual que las soflamas que ha pronunciado para resaltar los valores militares que él mismo representa y, en palabras de su vicepresidente exgeneral, subrayar que los “héroes matan”, en justificación de los crímenes de la dictadura.

Por si faltase alguien a la pléyade de ultraconservadores filofascistas que emergen en el mundo, donde destacan Trump, Salvini, Farade u Orbán, entre otros, llega ahora Bolsonaro, el último canalla, para completar el cuadro. Las dentelladas que su giro autoritario propiciará a los derechos y libertades que hasta hora disfrutaban los brasileños y la agitación que causarán las prometidas políticas neoliberales, supremacistas y ultranacionalistas que ha asegurado implementar, provocarán brechas y profundas divisiones no sólo en el país, sino también en la región y en un mundo interdependiente, de consecuencias imposibles de valorar. De entrada, ya hay tendencia a no respetar a las minorías, en especial por su condición sexual, y al resurgimiento de la xenofobia, la islamofobia y la aporofobia en el discurso de esa élite evangélica, pudiente y racista que representa el nuevo presidente ultraderechista brasileño. Y la propuesta de proteccionismo comercial, neoliberalismo económico, cuestionamiento del cambio climático, seguidismo en política exterior de la “doctrina Trump” y otras medidas, como un probable traslado de la Embajada de Brasil a Jerusalén, pronostican unos venideros tiempos “bolsonaros” de agitación y quebranto social, político y económico.

Y es que, haciendo bueno el refrán, por si faltaba alguien, con Jair Bolsonaro parió la abuela. Sólo resta que España se apunte también al new age del ultraconservadurismo “sin complejos”, sectario y autoritario. Y pasos se están dando en tal sentido.           

domingo, 28 de octubre de 2018

Horario de invierno


Inauguramos hoy, con el atraso de una hora esta madrugada en los relojes, el horario de inverno (GM+1), más concordante con el huso horario que nos corresponde por la posición geográfica de España (GM+0). La Comisión Europea ha propuesto terminar con los horarios estacionales a partir de 2019, por lo que este cambio horario podría ser el último que tengamos que efectuar, aunque no hay unanimidad entre los países miembros para adoptar un acuerdo al respecto, ni se ha creado el comité de expertos con el que cada país determinará el horario oficial más conveniente. Lo único seguro es que hoy volveremos a estar algo aturdidos con las horas de nuestras rutinas hasta que nos acostumbremos en unos días que amanece más temprano y anochece también pronto.

Y he aquí donde aparece la discusión (ya abordada en otra ocasión), porque muchos prefieren que la insolación diurna se mantenga hasta cerca de las diez de la noche, como en verano, y otros, que anochezca temprano para comenzar el día con la luz del amanecer. Ello es, precisamente, lo que ha de determinar el comité creado al efecto: si mantener el horario actual (GM+1) permanentemente o mantener inalterable el de verano (GM+2). También cabe la posibilidad de seguir con cambios estacionales como hasta ahora (GM+1 y +2) o acometer esos cambios previo retraso al huso horario (GM+0 y +1). Difícil papeleta para unos expertos expuestos a presiones sociales, económicas, industriales y políticas, pero pocas de orden científico sobre la materia, que son las que deberían tener en cuenta. Por ello, es de temer que la industria del turismo imponga su parecer y prevalezca el horario que más convenga a sus intereses, puesto que ya no existen condicionantes energéticos que nos obliguen a continuar con estos cambios horarios estacionales. ¡Que pasen un buen día porque, en cualquier caso, el tiempo vuela!
 
 

sábado, 27 de octubre de 2018

Tiempo de canallas


Son, los actuales, tiempos convulsos en los que proliferan profesionales de la demagogia y la falta de escrúpulos. Energúmenos que emergen cual setas cada vez que las dificultades nos empujan a la precariedad y la pobreza por el mero hecho de disponer de un trabajo y un salario que creíamos seguros y duraderos, y que las condiciones económicas sacrifican antes que mermen los beneficios. Cuando se tambalean nuestras comodidades y certidumbres, y los mecanismos institucionales convencionales no son capaces de ofrecer garantías de respuesta, nos ponemos en manos de estos prestos profetas que diagnostican simplistamente los problemas y prometen tratamientos milagrosos que subsanarán los males y calmarán nuestra angustia y temor. Son los canallas que abundan alrededor del mundo para salvarnos de los peligros que nos acechan, ya sean a causa de los migrantes que nos invaden, los intercambios comerciales que nos arruinan, los tratados internacionales que nos vuelven vulnerables o los acuerdos que limitan nuestro desarrollo y crecimiento como país.

Nunca antes habían coincidido tantos canallas al mismo tiempo en condiciones de liderar las políticas de buena parte de las naciones del planeta, deshaciendo intencionadamente la red de derechos y consensos que, desde la última contienda mundial, han proporcionado décadas de paz, prosperidad y libertad, basados en la cooperación, la democracia, el intercambio entre iguales y el diálogo multilateral. Ahora se pretende regresar al aislacionismo, al egoísmo estatal y a la negación de todo lo que obstaculice nuestra potencialidad económica, se llame cambio climático, derechos humanos, libertad de información y opinión o la mismísima Organización Mundial del Comercio. Todas esas viejas certidumbres han sido cuestionadas y consideradas enemigas del progreso que perseguimos a cualquier precio. Hasta los seres humanos, que cruzan fronteras en busca de una oportunidad que no hallan en sus países de origen, se convierten, para estos canallas populistas, en delincuentes que vienen a robarnos o peligrosos terroristas que amenazan nuestras libertades y hacen tambalear los valores que sustentan nuestro modelo de sociedad.

Cada vez y con más frecuencia surge esta canallesca dispuesta a salvarnos como sea, incluso en contra de nuestra voluntad, apoyándose en mecanismos democráticos para socavar la propia democracia e instaurar métodos autoritarios y gobiernos que supuestamente garantizarán nuestra seguridad y convivencia en detrimento de derechos y libertades. Nos protegen (es un decir) a cambio de encerrarnos y aislarnos del mundo, pero más que por nuestro bien (no nos engañemos), por intereses espurios que se cuidan de revelar. Proliferan cuando las dificultades aprietan y la anomia social nos aleja de participar en la búsqueda de soluciones viables, justas y duraderas. Entonces aparecen los Orbán, Kaczynski, Salvini, Le Pen o Casado en diversos países de Europa, con sus medidas extremas, euroescépticas, ultranacionalistas, proteccionistas e insolidarias, dispuestos a dar cerrojazo a derechos y libertades en nombre de la seguridad nacional y el bienestar del pueblo. Pregonan recuperar las “esencias” que deberían caracterizarnos, volver a leyes que hacían del aborto un delito y declarar ilegal ideas políticas, mientras se declaran más monárquicos que el Rey, más patriotas que los Reyes Católicos y más liberales que Reagan.

Se unen a los Trump, Endogán, Maduro, Putin, Kim Jong-un, Al Asad y tantos otros esparcidos por el globo, que desvirtúan la democracia para lograr sus propósitos autoritarios y sectarios. Canallas que abandonan tratados para que los acuerdos sobre el clima, por ejemplo, no limiten sus industrias contaminantes; incumplen compromisos sobre reducción de armas atómicas, exponiendo al mundo a un nuevo período de guerra fría, para renovar arsenales con armamento infinitamente más destructivo; condenan a su pueblo al hambre y la pobreza por mantenerse en el poder mediante chanchullos electorales; incluso encarcelan periodistas independientes y opositores insobornables con tal de controlar toda opinión y que nadie contradiga la versión oficial; y hasta asesinan, descuartizan o hacen desaparecer a críticos con el poder, que no se avienen a las advertencias, en virtud de la impunidad que les otorga el petróleo y el dinero en abundancia, con capacidad de comprar conciencias. O no dudan en negar ayuda a refugiados a la deriva en barcos cercanos a sus costas y en movilizar al ejército para defender una frontera contra inmigrantes, familias enteras de civiles, que avanzan desesperados y sin futuro hacia los muros de la desfachatez inmoral y la incomprensión del canalla.

Háganse con sinceridad esta pregunta: ¿Qué defienden –persiguen- realmente estos salvadores solícitos que se desenvuelven entre el fascismo y el populismo, de extrema derecha o extrema izquierda, cuando se dedican a la política? ¿Acaso velan por los trabajadores y las clases medias, por el Estado de Bienestar y la igualdad de oportunidades para todos los ciudadanos? ¿Tal vez por la cooperación y el desarrollo o por la explotación y el mal rollo en beneficio de sus negocios o su sectarismo elitista? Piénsenlo, porque el mundo está poblándose de canallas dispuestos a devolvernos las certezas que las crisis y las dificultades nos han arrebatado. Charlatanes que nos propondrán una tabla de salvación que posiblemente sirva para no ahogarnos, pero que nos mantendrá perdidos en el mar de manera indefinida, sin llegar a tierra firme, aislados y alejados de los continentes de concordia, cooperación y entendimiento pacífico entre las naciones. Sus recetas no son útiles para enfrentarse a un mundo complejo, interdependiente y plural, sino para complicarlo aún más con medidas egoístas, supremacistas y excluyentes, carentes de humanidad y respeto, que a la postre acarrearán más conflictos que soluciones, como esa propuesta de Brexit del Reino Unido, impulsada por contrarios acérrimos de una Europa unida, pero sin más proyecto que el mero abandono de los acuerdos comunitarios, aunque cause perjuicios insospechados a los propios ingleses, que ya claman otro referéndum.

Son tiempos revueltos en los que andan a gusto todos esos canallas que tachan a los medios de comunicación, por cumplir con su función, de propagadores de mentiras y noticias falsas; líderes que provocan guerras comerciales o que amenazan con conflictos bélicos para aumentar su cuota de mercado e influencia económica en cualquier área del mundo que se les resista; gente que insulta, miente y manipula sin pudor ni vergüenza con tal de conseguir sus propósitos autoritarios y excluyentes, de los que obtienen réditos no confesados pero en absoluto coincidentes con los expuestos. Desgraciadamente, vivimos tiempos confusos que, por esa misma confusión, hemos elegido voluntariamente, engañados con promesas falsas de paraísos perdidos. Es tiempo de canallas.  

miércoles, 24 de octubre de 2018

Día de la Biblioteca


Hoy se celebra el Día de la Biblioteca, una conmemoración que, como todas las jornadas conmemorativas, más que celebrar la conquista de un logro, en este caso la existencia de esos recintos donde se acumula el conocimiento impreso, sirve más bien para denunciar las deficiencias que aún arrastran y la escasa atención que le prestan los ciudadanos, amantes antes de los móviles que de la lectura.

Sin embargo, este día me trae a la memoria recuerdos infantiles de cuando acudía a la biblioteca ubicada frente a mi casa para entretenerme con la lectura de tebeos y, en ocasiones, realizar los trabajos que me imponían en el colegio. No debí pasarlo tan mal entre aquellos anaqueles repletos de libros si la impresión que me causa el recuerdo es placentera.

También rememoro seguir con la misma costumbre durante la adolescencia, hábito que me hacía acudir periódicamente a la biblioteca pública de la calle Rioja, en pleno centro de Sevilla. Allí comencé a hojear algunos títulos de filosofía cuando me cansaba de consultar obras de astronomía y astronáutica, por entonces, mis temas preferidos.

Actualmente, apenas piso una biblioteca aunque siga siendo un lector contumaz. He ido, desde los lejanos tiempos de la niñez, construyendo mi propia biblioteca, inducido por esa manía de poseer cuanto libro me interesa leer. No soy capaz de leer un libro prestado ni en soporte digital, ya que el diálogo que establezco con un texto es tan íntimo que he de conservarlo siempre próximo y en disposición de poder retomarlo cuando se me antoje, sin más mediación que alargar la mano.

Hoy, cuando se celebra el Día de la Biblioteca, miro la mía particular y me llenan de orgullo esas baldas atiborradas de unos objetos que atesoran un saber que me ha sido más útil que todo el conocimiento que haya podido adquirir con mi formación académica. Ni qué decir tiene que mi concepto de felicidad está ligado a ese rincón de mi casa lleno de libros. Mi Día de la Biblioteca son todos los días del año. Por eso me causa tristeza que haya que dedicarle sólo una jornada. No lo puedo remediar.