lunes, 2 de marzo de 2015

Año electoral, primer asalto: andaluzas (1)

La lid electoral que afrontarán las formaciones políticas españolas durará todo este año de 2015, pero estará dividida en cuatro asaltos. El primero de ellos se disputará en Andalucía, donde el 22 de marzo se celebrarán comicios para elegir a los 109 diputados que conforman el Parlamento de la Comunidad Autónoma. Estas elecciones servirán no sólo para inaugurar de manera adelantada la X Legislatura y formar el decimotercer Gobierno en más de 30 años de democracia en Andalucía -siempre en manos del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) desde 1982-, sino también para “constatar” las profundas transformaciones que se están incubando en el paisaje político nacional, donde aparecen nuevos partidos con voluntad de liquidar el monopolio del bipartidismo en el que se han instalado los dos grandes partidos que se alternan en el Gobierno de España y en la mayoría de las Autonomías y Ayuntamientos del país.

Andalucía, ante ese panorama convulso, anticipa la convocatoria a las urnas para evitar verse afectada por el vendaval de cambios y transformaciones, no dando oportunidad a que los nuevos partidos organicen sus estructuras en la región ni concreten sus programas y candidatos. Se propicia, de esta manera, la campanada del primer asalto de un año electoral que obligará a los españoles acudir hasta en cuatro ocasiones a las urnas.

Decía un entrañable amigo, gran filósofo y mejor poeta, ya desgraciadamente desaparecido, que le gustaba la democracia cuando representada la diversidad. No era partidario de las mayorías absolutas porque tienden, en su opinión, a “patrimonializar” las instituciones y dejarse tentar por los “bajos instintos” de manejar lo público con propósitos partidistas o lucrativos. Las perspectivas que depara este año electoral a buen seguro le habrían alegrado la existencia, si la vida no hubiera sido tan rácana con él. La “atomización” de los parlamentos, según vislumbran todos los sondeos, marca la señal de unos tiempos venideros en los que ya nada será negro o blanco -o si se prefiere: azul o rojo- dominados por el Partido Popular (PP) o el PSOE. La política, al fin, reflejará la pluralidad existente en la sociedad y estará obligada a dialogar, negociar y pactar para responder a la voluntad popular cuando quiera constituir gobiernos. Gobiernos de coalición o gobiernos en minoría que deberán aprender a consensuar políticas y compartir iniciativas si aspiran a conseguir el respaldo necesario para poder llevarlas a cabo.

Ese es el resultado que se prevé en las elecciones andaluzas, que se convierten, por lo pronto, en el laboratorio donde se ensayan las posibilidades reales de cada tendencia. Hasta cinco partidos compondrán el arco parlamentario andaluz, hasta la fecha ocupado mayoritariamente por PSOE y PP, junto a la presencia testimonial de los comunistas de Izquierda Unida (IU). Aunque sin tiempo para consolidarse, Podemos y Ciudadanos, las nuevas formaciones que atraen actualmente la confianza de los ciudadanos, accederán a un fragmentado Parlamento andaluz con tal fuerza como para disponer de la llave de la gobernabilidad. Se abre con ello un abanico de posibilidades que inquieta a todos, sobre todo a los acostumbrados a imponer su santa voluntad mediante el “rodillo” parlamentario de la mayoría absoluta.

En cualquier caso, los socialistas parten con la ventaja de batirse en un feudo que controlan y donde tienen establecida una red clientelar que les garantiza un “suelo” de votos nada despreciable. La desafección que sufre el PSOE en la región todavía no parece ser tan grave como para condenarlo a la irrelevancia, como sucede con los socialismos de otras latitudes. De ahí que persigan recuperar la hegemonía que perdieron, por última vez, en 2012 y que les obligó a formar coalición con IU para impedir que gobernara la minoría mayoritaria obtenida por PP. Las múltiples encuestas que pulsan la opinión de la autonomía más poblada de España señalan que, una vez más, los socialistas ganarán estas elecciones, pero sin alcanzar la soñada mayoría absoluta. De confirmarse tales pronósticos, se trataría de un triunfo (insuficiente, pero triunfo) que permitiría al PSOE mantener el timón de la Junta de Andalucía, afrontar desde el Ejecutivo la culminación de la instrucción del sumario de los ERE que investiga con ahínco la juez Alaya y que tiene “señalados”, entre otros altos cargos, a los expresidentes anteriores del Gobierno andaluz (Manuel Cháves y José Antonio Griñán), ya imputados por el Tribunal Supremo (por su condición de aforados) para que presten declaración sin acusarlos aún de ningún delito, y lo que aún es más importante, ofrecer una relativa sensación de recuperación y fortalecimiento a un PSOE que busca desesperadamente volver a congraciarse con su electorado.

Desde que Susana Díaz accediera a la presidencia de Andalucía, al sustituir a José Antonio Griñán después que éste abandonara el cargo para ocupar un puesto de senador en las Cortes Españolas, no ha hecho otra cosa que distanciarse y diferenciarse de los hábitos y escándalos que han sacudido al Gobierno andaluz y al partido que lo sustenta. El caso de los ERE y el de los cursos de formación, más allá de la corrupción que evidencian en determinadas personas, entidades y empresas, cuestionan sobremanera la forma de administrar unos recursos públicos sin el debido rigor y con una inaceptable arbitrariedad. No es de extrañar, por tanto, que la inquilina de San Telmo afirme en cualquier circunstancia que la corrupción le avergüenza y que será implacable en la lucha contra ella. Su gestión a lo largo de esta media legislatura larga que lleva al frente de la Junta de Andalucía se ha caracterizado por ese afán de no verse salpicada por una corrupción que parece sistémica y por intentar adoptar iniciativas económicas y sociales que puedan contraponerse a las implementadas por el Gobierno de la nación desde Madrid. Esa actitud la ha posicionado como referente del PSOE a escala nacional, posibilitando el rumor, ampliamente extendido desde la oposición de manera interesada, de que su objetivo real es ser candidata a la presidencia del Gobierno de España, intención que ella niega por activa y pasiva. Tanto una cosa (nueva forma de gobernar) como la otra (sus ambiciones) van a dilucidarse en las próximas elecciones andaluzas.

Pero una cosa es clara, Susana es esclava de sus palabras: ha prometido que jamás gobernará ni con el Partido Popular ni con Podemos. Le quedan, entonces, pocas opciones si consigue validar los resultados de las encuestas. O gobierna en minoría, apoyándose en pactos puntuales con las demás fuerzas políticas, en función de la materia, poniéndose a merced de las contraprestaciones que exijan unos y otros, o alcanza un acuerdo de coalición con IU y Ciudadanos, si los resultados permiten forjar una mayoría entre ellos. Ya ha experimentado un gobierno de coalición con IU en esta legislatura sin mayores problemas, salvo puntuales roces rápidamente sofocados, aunque para diferenciarse de cara al electorado ambos coaligados han acusado mutuamente al contrario de ser culpable del adelanto electoral. Si Ciudadanos es todavía una incógnita por descubrir en Andalucía, digan lo que digan los sondeos, IU se desangra ante la acometida de Podemos y las intrigas estratégicas que buscan preservar al menos los logotipos de la formación. El desgarro que le provoca el CUT, el partido rural de Juan Manuel Sánchez Gordillo, alcalde de Marinaleda, al unirse a Podemos, ni siquiera inquieta a esta izquierda arrinconada por la historia, los bandazos y los empellones del PSOE y, ahora también, de Podemos, que le arrebata programa y simpatizantes a diestra y siniestra

Claro que la derecha no está mejor. Pero eso será materia para otro artículo.

sábado, 28 de febrero de 2015

Adiós, míster Spock!

Lo reconozco: soy un friki, muy fan de la serie Star Trek que se veía por UHF cuando Televisión Española era la mejor televisión de España, allá por los años en blanco y negro de mi lejana adolescencia. Mi casa era de las pocas en que se podía sintonizar ese canal y los amigos acudían a compartir conmigo las emocionantes aventuras de los tripulantes de la nave, en su misión durante los próximos mil años: buscar y explorar nuevos mundos. Y uno de los personajes más emblemáticos de la serie, por su frialdad cerebral, era Mr. Spock, interpretado por el actor Leornard Nimoy.

Ahora resulta que Leonard Nimoy era humano y no el vulcaniano Mr. Spock, porque acaba de morir a los 83 años de edad en su casa de Los Ángeles, Estados Unidos, y no batallando más allá de las estrellas, en busca de nuevas civilizaciones. No había otro rostro que pudiera interpretar ese personaje porque las facciones angulosas de Nimoy, a las que sólo faltaba añadir orejas puntiagudas, eran las de Spock. De hecho fue lo único que interpretó en su vida, pues no podía existir otro Mr. Spock que no fuera el que daba vida Leornard Nimoy. Y no le faltó trabajo: la serie fue duradera y las versiones cinematográficas, múltiples, dando lugar a que apareciera de manera imprescindible en todas ellas.

Hoy apenas sobreviven mitos y héroes de los tiempos remotos más tiernos, cuando creíamos que con una capa, un antifaz o una nave interplanetaria podíamos enfrentarnos a los enemigos que acechan nuestro mundo. Supermán está cada vez más edulcorado y hasta la capa ya no es roja como sus calzoncillos, Batman sufre traumas y paranoias, la democracia arrinconó al Guerrero del Antifaz por fascista y políticamente incorrecto, y ahora muere Mr. Spock, ese ser imperturbable, fruto de la unión entre una humana y un vulcaniano, cuyos sentimientos humanos afloraban sólo en los momentos clave y emocionantes. Un sentimiento de orfandad envuelve a quienes nos consideramos frikis de todos estos seres, mucho más entrañables y entretenidos que cualquier francotirador de los Seals. Adiós, Mr. Spock, “larga vida y prosperidad”.

viernes, 27 de febrero de 2015

El teatro del debate


El martes y miércoles últimos se celebró el tradicional debate sobre el estado de la nación, una especie de función teatral que se representa en el Congreso de los Diputados para que las primeras figuras de los grupos políticos que allí sientan sus posaderas exhiban sus triunfos y propuestas de cara a la televisión y las consiguientes reseñas periodísticas. Tras la puesta en escena y el cierre de la retransmisión, todos los actores vuelven a sus quehaceres: unos, a hacer que gobiernan, y otros, hacer que controlan al Gobierno. La obra en sí es malísima y no entretiene a nadie, ni siquiera a sus propios protagonistas, pues ni ellos mismos la creen verosímil ni coherente. Son, en su conjunto, pésimos actores que no aciertan en la caracterización de sus personajes y se limitan a leer un guion infumable, tan previsible como repetitivo. Sin embargo, la función se estrena cada año con la contumacia de un rito imprescindible para nuestra convivencia: nos hace sentir demócratas y vivir en una democracia sin parangón, por lo que tiene cierto público asegurado.

Este año, para sorpresa de algunos, se han producido algunas anécdotas que han atraído una atención desmerecida y exagerada. Por un lado, las previsiones apuntaban que sería la última representación de una obra basada en el bipartidismo de los que se alternan en el poder. Ello ha despertado cierta expectativa. Al parecer, nuevos personajes intervendrán en una trama que se limitaba a dos grandes protagonistas que se acusan mutuamente de los males que propinan a la población. A partir de las próximas elecciones generales, según los sondeos, nadie asumirá un papel estelar en solitario, debiendo compartirlo en coalición con otras figuras que se disputarán el favor del público. Y ese aire de despedida se ha notado en la actuación de quienes, de alguna manera, despiden la temporada con la incógnita de si los contratarán en el futuro. Se han dejado llevar por la emoción y han sobreactuado.

El que hace que gobierna se ha empeñado en dibujar un país insólito en el que nadie sufre, todos están contentos y las medidas gubernamentales han sido acertadísimas para proporcionar una felicidad insuperable a la población. Y el que hace que controla al que gobierna no ha dejado de trazar un panorama de sufrimientos, de infortunios y de calamidades como consecuencia de las torpezas y las equivocaciones de un Gobierno insensible e inútil. Uno a desquiciado al otro, y el otro al uno, y ambos han recurrido al “tú más y peor”. El resto del elenco se ha atenido al papel de comediantes que subrayan, desde la caracterización que les corresponde, las visiones enfrentadas de los protagonistas. Así, hay personajes que reiteran cual loros argumentos para finalizar deseando salud y república, mientras otros insisten en lo ya dicho como causa de todos los males en su feudo. Sólo un melifluo escudero se alinea con el que manda y paga para defenderlo sin mucha convicción de este tropel de escépticos pesimistas que se dejan llevar por una ceguera colectiva.

Por otra parte, todos participan de una representación que tiene su puntito tragicómico. Causa sonrojo ver unos actores intentando convencer al contrario de ser los verdaderos defensores de los servicios públicos cuando entre unos y otros los han recortados y deteriorados hasta prácticamente eliminarlos por inservibles. El que hace el papel de “bueno” y el que le lleva la contraria como “malo” no se cansan de repetir que ambos se baten por recuperar el pleno empleo como si los espectadores no supieran que, unos antes y otros después, han reducido salarios, han congelado pensiones, han favorecido el despido, han desprotegido al trabajador, han precarizado el trabajo y han suprimido prestaciones cuando las cosas vienen mal dadas por todo lo anterior. Si no fuera porque entran ganas de llorar, reirías con tamaña ficción mal interpretada y peor representada de lo que pasa en este país. Porque es trágico prometer empleo cuando has provocado 600.000 parados más, asegurar bajar impuestos cuando has aumentado la mayoría de ellos, ayudar a los trabajadores cuando sólo saneas exclusivamente a la banca, y no parar de tomar medidas para controlar la deuda y contemplar impotente cómo ésta escala hasta el 100 por ciento del producto interior bruto. Vender todas esas contradicciones como un triunfo del que hace que gobierna se convierte en una comedia bufa de tintes trágicos.

Especialmente trágico si quienes se encargan de representar las alternativas se limitan a dar golpes de efecto, aparentemente contundentes pero vanos, como de marionetas en las que se adivinan las manos y los hilos que las manejan para divertimento del respetable. Trágico porque la obra no disipa el temor que atenaza al público ni logra convencerlo de que unos y otros están interesados en debatir lo que importa a los espectadores. Simple cruce de palabras para el autobombo y los mutuos reproches, cuando el personal confiaba alguna solución a sus problemas, para el agujero de la Seguridad Social que pondrá en riesgo las pensiones en la próxima legislatura, para un empleo que no alcanza a todos, para unos desahucios que siguen echando la gente a la calle, para un empobrecimiento que se ceba en todos menos en las élites, para los carentes de esperanza y hartos de promesas y teatro. El público, al final, abandona la sala con la sensación de que lo han vuelto a engañar con la compra de la entrada de una obra tan nefasta. 

Una obra de teatro sobre el debate del estado de la nación que exhibe su insoportable levedad con la imagen de una de sus protagonistas entretenida jugando por internet sin importarle estar en plena representación sobre el escenario, o cuando un secundario sufre un desvanecimiento justo en el momento de salir a escena. Estas anécdotas serán las que recordará el espectador de una obra vacía de contenido e interpretada por actores tan mediocres que sólo transmiten vacuidad y aburrimiento. Hasta que vuelva a representarse el año que viene.

miércoles, 25 de febrero de 2015

No pudieron matar el humor


Hoy reaparece en los kioscos la revista francesa Charlie Hebdó, tristemente famosa por pagar con la vida de ocho de sus redactores el derecho a la libertad de expresión y a la crítica mordaz e irreverente a través del humor y la sátira. Las balas de unos fanáticos religiosos salpicaron la redacción de sangre pero no pudieron callar la voz que con viñetas y textos arremete contra lo sagrado y lo profano cada vez que pretenden convertirse en dogmas ajenos a la crítica, aún sea humorística y pacífica. La pretensión de los asesinos y de los intolerantes que encuentran razones para el odio ha conseguido justamente lo contrario, reafirmar el espíritu combativo y sarcástico de quienes elaboran el semanario y no se arredran ante los violentos ni ante la jauría de los que no toleran la libertad ni la pluralidad. Todos ellos arremeten con leyes, amenazas, chantajes y terror contra la libre manifestación de la inteligencia que se carcajea hasta de su sombra y que sólo guarda respeto a las personas, no a las ideas con las que se intenta dominar, someter y controlar al disconforme que se rebela y las cuestiona. Hoy vuelve a las calles una revista que se ha convertido en bandera de nuestras convicciones y en símbolo de una libertad que el fanatismo no ha podido arrancar de nuestra manera de entender la convivencia en sociedad. Hoy, celebramos el triunfo de los pacíficos frente a los violentos, de la democracia frente a la dictadura, de la libertad frente a los fanáticos y del humor frente a los obtusos, aunque vistan corbatas, turbantes o sotanas. Hoy Charlie Hebdó representa todos esos triunfos. Y por ello nos congratulamos.