domingo, 2 de noviembre de 2014

Los paisajes difuminados de Carmen Laffón


Contemplar la obra de la pintora Carmen Laffón es refugiarse en el remanso luminoso de la placidez, dejarse deslumbrar por una luz tamizada que suaviza aristas y contrastes y que hace refulgir sobre el lienzo los recuerdos difuminados de paisajes y actividades que una vez nos conmovieron.

Desde la ribera del Guadalquivir a su paso por La Cartuja de Sevilla hasta las márgenes del río en Bonanza, en Sanlúcar de Barrameda, donde el Coto de Doñana se refleja en unas aguas mansas que preludian su amancebamiento con el mar, es lo que puede admirar el visitante de la exposición que organiza el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo, bajo el título "Paisaje: Contemplación, Memoria y Activismo", de la sevillana Carmen Laffón. La muestra hace un recorrido por unos paisajes que modelan la luz y cambian con los colores del ánimo y la sensibilidad de quien los recrea para congelar el deslumbramiento. La mirada se detiene en las labores y aparejos de la viña y la cultura de la cal que esas tierras proporcionaron a sus moradores durante milenios.

Merece la pena admirar la obra de Carmen Laffón en el recinto ensimismado del Monasterio de la Cartuja de Santa María de las Cuevas, donde el espacio de aquel monumento, que alberga un rico patrimonio artístico y arqueológico, proporciona el sosiego necesario con el que se contemplan los paisajes difuminados de la autora. No se la pierdan.
 




Centro Andaluz de Arte Contemporáneo
Carmen Laffón: "Paisaje: Contemplación, Memoria y Activismo"
Del 9 de octubre al 8 de Febrero.  

viernes, 31 de octubre de 2014

La verdadera Marca España

Sin ser en absoluto nacionalista, ni de patrias grandes ni tampoco de chicas, sí me siento orgulloso de la cultura española y profundamente enamorado de un idioma que España ha sabido legar al mundo y con el que tantos países y tantas culturas han podido conformar uno de los pilares fundamentales de la civilización occidental. La historia de la Humanidad no sería la misma, en lo bueno y lo malo, sin la aportación de la cultura española, algunas de cuyas facetas han alcanzado hitos de elevado prestigio y trascendencia hasta formar parte del Patrimonio Universal.

Mucho más que el deporte, el turismo o las grandes empresas o negocios, la Marca España relevante es la que emana de la historia de este país a través de su rico patrimonio monumental, esparcido por todo el mundo hispano (no en balde España es el segundo país del mundo con mayor número de bienes declarados Patrimonio Mundial de la Humanidad por UNESCO), y de una lengua (la segunda más hablada el mundo) que ha dado lugar a obras de una literatura y hasta de una filosofía que son valoradas históricamente, también en la actualidad, como activos imprescindibles del conocimiento humano. Sin caer en el patriotismo de los demagogos, hay que reconocer que el acervo cultural español ha sido factor determinante en la cohesión y la identidad de muchos pueblos y naciones, sobre todo en América, dada la dimensión global de su compleja y variada riqueza.

Por apreciar tan inmenso tesoro cultural y artístico, me duele la ceguera e indiferencia con que se trata la transmisión a nuestros hijos de lo que en verdad nos constituye y caracteriza: esa cultura española que nos identifica con una visión particular del mundo y del lugar que ocupamos en él. Tenemos el deber de preservar esa herencia y la responsabilidad de transmitirla a las generaciones venideras porque gracias a ella somos lo que somos, como determinaba Max Weber. El arte, la arquitectura, la literatura, la música o el pensamiento español, entre otras manifestaciones, son expresiones de una cultura que trasciende nuestras fronteras y atesora figuras como Cervantes, Velázquez, Bécquer, Borges, El Greco, Falla, Ortega y Gasset, Murillo, Zambrano, Unamuno, Tápies, maestro Rodrigo, Machado, Delibes, García Márquez, Ramón Jiménez, Chillida, Sábato, Casals y un largo etcétera. También nos ofrece unos elementos monumentales, de diverso estilo arquitectónico, que nos relatan en piedra y cristal la historia a la que pertenecemos y revelan las preocupaciones de cada época, como la Mezquita de Córdoba, la Alhambra de Granada, la Catedral de Santiago, el Escorial, el Acueducto de Segovia, la Giralda de Sevilla y todo el semillero patrimonial colonial español en América, formado por fortificaciones, iglesias, misiones, catedrales, incluidos antiguos barrios coloniales en Puerto Rico, Guatemala, Nicaragua, etc. Todo ello hace de la cultura española uno de los más fabulosos activos internacionales.

La verdadera Marca España, la que prevalece en el tiempo y nos identifica, es esa cultura, esta lengua y una historia que nos ha ido modelando hasta ser como somos, y no esos productos comerciales que se promocionan con el nombre de “España” para rentabilizar el espectáculo o el entretenimiento en beneficio de empresas privadas e intereses particulares. Justo lo contrario de lo que se hace ahora, que es relegarla al capítulo testimonial en los presupuestos estatales, debería acaparar la mayor de nuestras preocupaciones e inversiones. Además de acudir a encuentros deportivos y celebrar públicamente campeonatos futbolísticos, el presidente del Gobierno debería volcarse en apoyar la cultura española, en la que comete el error de recortar recursos y limitar ayudas. Se trata de un error porque la cultura no puede estar sometida a la hegemonía del mercado, puesto que es memoria del pasado y no mercancía, es la sustancia de nuestro pensamiento y el soporte de la actividad humana en el presente y el futuro. No existe ninguna razón para poner precio a la cultura y justificar de esa manera medidas que la limitan o la niegan a través de una asfixia presupuestaria de la inversión en educación, museos, ciencia e investigación, teatro, industria del libro, la música y el cine, etc.

No es asumible que, en nombre de la sostenibilidad y la rentabilidad, la cultura se vea fuertemente perjudicada por “ajustes” y “reformas” que la denigran y cercenan su desarrollo. Entre otras razones, porque, como inquiere  Nuccio Ordine en un librito reciente, “¿acaso las deudas contraídas con los bancos y las finanzas pueden tener fuerza suficiente para cancelar de un solo plumazo las más importantes deudas que, en el curso de los siglos, hemos contraído con quienes nos han hecho el regalo de un extraordinario patrimonio artístico y literario, musical y filosófico, científico y arquitectónico?”

Pero lo más grave de esta situación es que, probablemente, no sean motivos financieros ni de rentabilidad económica los que determinen la sistemática obsesión por impedir el conocimiento y el desarrollo de una cultura tan representativa y significante a nivel mundial. Lo grave y peligroso es que esa actitud por impedir el progreso cultural provenga en realidad del temor que despierta la misma cultura, en la certeza de que su conocimiento y extensión, como todo el saber, constituye en sí mismo un obstáculo a la prevalencia del dinero y el mercado, al posibilitar un pensamiento crítico que podría cuestionar los valores actuales dominantes. Lo grave es que, impidiendo el acceso a la cultura, se está fomentando la alienación y la mansedumbre de los sometidos y castrados culturalmente. Lo inaceptable y denunciable es que, sin esa dimensión cultural, nos están despojando de nuestra identidad social e individual, nos arrebatan la memoria histórica y nos sustraen la potencialidad de forjar un futuro más esperanzador en las condiciones humanas.
 
La verdadera Marca España la constituye esa cultura que ha servido para el progreso y expansión del conocimiento, no sólo de los españoles, sino de toda la Humanidad, de cuyo acervo cultural es parte integrante. Una cultura española que ha servido para conocernos, darnos a conocer y conocer al otro, en un enriquecimiento mutuo, emancipador y pacífico. Por eso me siento orgulloso de la cultura española y enamorado de su lengua

miércoles, 29 de octubre de 2014

Demagogia con la basura


Cuando el diablo se aburre mata moscas con el rabo, y cuando la política carece de iniciativas hace uso de la demagogia. Poco importa que lo que propongan no sirva para nada si consigue algún titular en los medios y tranquiliza a ciertos sectores que demandan alguna acción, aunque sea inútil. Este tipo de iniciativas estériles no es privativo de ninguna ideología determinada, pues partidos de todos los colores, de derechas o izquierdas, suelen mantener actitudes demagógicas cuando no disponen nada que ofrecer y han agotado las ideas.

Ejemplo de ello lo constituye la medida adoptada por el Ayuntamiento de Sevilla, esta misma semana, de multar a los que rebusquen entre la basura. No es algo nuevo. Otro dirigente conservador, el que gobierna la Alcaldía de Málaga, propuso en su día castigar a quienes se excedieran en la ducha. Decía que con dos cubos de agua sería suficiente. Por lo visto, no había otros problemas en los que volcar toda la atención en estas ciudades andaluzas, salvo el consumo de agua doméstica en Málaga y las basuras en Sevilla. La delincuencia, el paro, la circulación, los desahucios, la pobreza, la falta de guarderías, los colegios, las residencias de ancianos, las ayudas a la dependencia, las zonas verdes, los albergues, etc., eran todos asuntos resueltos. Quedaban pendientes las duchas y el gravísimo tema de los mendigos recolectores de desperdicios.

No es algo baladí. La demagogia tiene sus intenciones y a veces consigue sus objetivos. Encarecer el agua doméstica, como se pretendió en Málaga, aparte de satisfacer un afán recaudatorio de la manera más fácil aunque injusta, libraba a los grandes derrochadores de tener que pagar lo que gastan. Las piscinas y la industria, en manos de sectores de población privilegiados, afines al liberalismo económico, se verían beneficiados con la medida.

De igual manera, incrementar las sanciones en las ordenanzas municipales de Sevilla, en un 150 por ciento, para multar a los que rebuscan en las basuras es enviar un mensaje de tranquilidad a aquella clase social, acomodada y afín a la derecha que gobierna el Ayuntamiento hispalense, de erradicar de las calles esa imagen insoportable de la pobreza. No les agrada a los sensibles ojos de los pudientes contemplar gente buscando comida u otros objetos en los contenedores de basura de los barrios elegantes. Fue algo que el insufrible Gil y Gil, corrupto alcalde de Marbella, ya había acometido de manera más drástica: expulsar a los mendigos de la ciudad. En Benidorm aplicaron idéntica ordenanza, prohibiendo la mendicidad.

Esas pretensiones se descubren en la demagógica iniciativa municipal sevillana, ya que  será tarea imposible confiar en disuadir a los mendigos de que dejen de procurarse el sustento con las sobras de la basura para que lo obtengan del aire. Tampoco servirá para recaudar ingresos adicionales vía multas económicas a personas insolventes a las que, como único patrimonio, sólo podrán requisarle el carrito “tuneado” de algún supermercado. Ya se apañarán otro.
 
El Alcalde de Sevilla, cercanas las próximas elecciones municipales, está intentando contentar a su electorado más fiel con acciones tan demagógicas que me temo no surtirán sus frutos. La derecha, incluso la sevillana, es egoísta e insolidaria pero no es tonta. Sin nada que ofrecer en este mandato estéril, más que las lucecitas de Navidad en las calles y plazas del centro de la ciudad, el munícipe sevillano recurre a la demagogia. Una característica común en los políticos sin programas ni proyectos. Por cierto, se llama Juan Ignacio Zoido y pertenece al Partido Popular, para que lo tengan en cuenta

lunes, 27 de octubre de 2014

Tiempos confusos


Vivimos el fin de las certidumbres, de las ideas rotundas que daban explicación a todas las dudas, de las posiciones firmes frente a los retos y obstáculos de la existencia. Se derrumban las convicciones al mismo tiempo que caen los mitos del pedestal intocable al que los habíamos subido. Apenas quedan valores que no se justifiquen por su utilitarismo práctico antes que por inculcar un deber ético en las conductas. Ni siquiera las formaciones que acogían los empeños colectivos por mejorar representan más que su mera supervivencia orgánica, han mutado de instrumentos a fines en si mismos, renunciando a la búsqueda de horizontes de emancipación para los que fueron creados. La anomia emergió temprano como síntoma en una sociedad huérfana de utopías para luego evolucionar en frustración, repudio y desafección ciudadana de la política, los políticos y hasta de la propia democracia. Alcanzamos tal punto de confusión que ya no sabemos cómo recuperar las viejas ilusiones ni para qué adherirse a proyectos que procuren el progreso y el bienestar de todos. Estamos hartos. Y cansados.

Los partidos convencionales se están pudriendo en su propia corrupción y los padres de la patria, los que antaño prometieron libertad y democracia, nos ofrecen hoy el espectáculo indigno de estar infectados de avaricia y mezquindad. Utilizaron las instituciones en beneficio partidista o, lo que es peor, en su lucro personal, sin importarles traicionar la confianza de quienes creyeron sus promesas y refrendaron aquellos programas que prometían cambio, honradez y progreso. Todo fue una gran mentira. Se burlaron del pueblo.

Y enseguida se instalaron en las estructuras del Estado, las transformaron en una intrincada red clientelar, cual tela de araña, que atrapa toda buena intención, todo afán de servicio y toda noble propuesta para que no perjudique intereses creados, vicios y corruptelas. Todo lo pudrieron. Desde la base hasta la cúspide del Estado, todo está corroído por el mal incurable, impune, de los saqueadores del erario público y los detentadores vampíricos de privilegios y prebendas. No hay iniciativa oficial, en todos los niveles de cualquier administración, que no venga contaminada por el virus del amiguismo, del provecho partidista y de la oportunidad de enriquecimiento espurio para alguien o muchos. Ni un paso de peatones se pinta en este país si no genera réditos a sus impulsores, ya sea en la intermediación en la adquisición de la pintura o en la compra de votos de los vecinos que resultarán beneficiados por la medida. Nada se hace por simple obligación de atender una necesidad, resolver un problema, sino por cálculos ajenos a las cuestiones abordadas y las preocupaciones ciudadanas. La opacidad y la desfachatez brillan en los usos y manejos de ayuntamientos, comunidades o gobiernos que, tras el teatro deplorable de unas elecciones, se emplean a lo suyo, exclusivamente a lo suyo, no a lo de todos, relegando compromisos y contratos programáticos con los electores. Van a lo que van, a relacionarse con esa élite social, económica y política .-tres etiquetas para los mismos rostros- que impone sus posiciones de dominio, sus normas y sus chanchullos, con los que se garantizan el control y el poder sempiterno, gobierne quien gobierne. Para ellos, para los pertenecientes a esa élite, no existe la  transparencia ni la regeneración, palabras manoseadas por ilusionistas expertos en el maquiavélico arte de cambiarlo todo para que nada cambie. Nos vuelven a engañar con falsas promesas y nuevos eslóganes electorales.

El desinterés y los desengaños favorecen los populismos de toda condición, de todo signo: de derechas e izquierdas. Surgen oportunamente, como setas en otoño, los salvadores melifluos que barrerán la podredumbre, limpiarán las estructuras, abrirán puertas y ventanas para que todo se airee y desaparezca el olor hediondo de la corrupción y los abusos de una “casta” parasitaria que provoca anemia en lo público y hastío en los ciudadanos. Mientras unos se justifican por las dependencias de la globalización y las herencias recibidas, otros aseguran un nuevo orden, una nueva economía y otras políticas, reproduciendo viejos modos a la hora de conformar la musculatura que necesitarán para tan titánico esfuerzo, para formar los núcleos que dirigirán los nuevos proyectos y determinar quiénes compondrán la foto. Nacen del descontento de la gente, afloran de las muestras de desprecio colectivo hacia los tiranos que consiguieron el voto y se aprovechan del hambre de los que sueñan con justicia, igualdad, prosperidad y libertad. Cabalgan a lomos de los descreídos a través de las nuevas tecnologías y de las técnicas asamblearias, más manipulables que los escrutinios con cartulina a la vieja usanza. Se lo hemos puesto fácil entre unos y otros: unos, por su desfachatez; y otros, por su dejadez.

Con recelos a las ideologías, desconfianzas en las instituciones y los políticos y temores a un porvenir incierto que sólo anuncia regresión, empobrecimiento y abandono de cada cual a su suerte, el color de estos tiempos se vuelve gris, gris de suciedad y confusión, y el que surge de la mezcla del negro del pesimismo más absoluto con el blanco del optimismo más buenintencionado. Y es que ni la economía, subordinada al mercado y no a los ciudadanos, ni la política, secuestrada por profesionales partidistas de la avaricia, ni siquiera la religión, consoladora de los oprimidos que no hallan razón, pueden aportar motivos para la esperanza de una población explotada, desfavorecida y utilizada por todos. Es el tiempo gris de la orfandad de cualquier utopía y de la confusión por la pérdida de las certidumbres.