lunes, 31 de octubre de 2011

Partidos, elecciones y democracia

Comienza –es un decir- la campaña electoral para elegir a nuestros representantes a las Cortes Generales de España y, en Andalucía, los del Parlamento andaluz. Nuestro voto servirá para que un número determinado de personas (350 al Congreso de los Diputados, 208 de los 264 del Senado y 109 al Parlamento andaluz), que se nos ofrecen en las listas de cada partido, puedan acceder a esos escaños. 667 personas, en total, encarnarán la encumbrada Soberanía nacional; es decir, serán los representantes del pueblo y en su nombre llevarán las riendas del País. De entre ellos se escogerá al Presidente del Gobierno y sus ministros, así como al presidente de la Comunidad y los consejeros andaluces. El peso de más de 47 millones de españoles descansará sobre los hombros de menos de mil personas que podremos seleccionar el próximo día 11 de noviembre mediante un simple trozo de papel. Un rito al que acudimos cada cuatro años sin dedicarle demasiada atención y al que se presta cada vez menos gente, para que poco más de la mitad de la población elija en nombre de todos.

En nuestro sistema electoral, elegimos listas cerradas: la papeleta que nos presenta cada partido, sin poder alterar el orden de los candidatos ni combinarlos con los de otro partido. Votamos al partido que más nos agrada –o el que menos desagrada- sin conocer, en la mayoría de los casos, a las personas que configuran cada candidatura, salvo los líderes que más salen en los medios y alguna que otra figura destacada. Nos fiamos que en la confección de las listas hayan escogido a los más idóneos, entre los mejor preparados y con mayores conocimientos de los problemas de la circunscripción por la que se presentan.

Los partidos, herramientas que posibilitan la participación de los ciudadanos en la cosa pública, son tremendas estructuras cuya función básica es seleccionar a sus candidatos y organizar campañas electorales para conquistar el Poder. Como cualquier asociación, disponen de unos Estatutos que regulan su funcionamiento, siendo la Asamblea General (Congreso) el órgano donde se deciden la Junta Directiva y las principales directrices que lo conducirán durante un período determinado. Esa mecánica interna está muy controlada por el “aparato” del Partido, de tal manera que los escogidos serán siempre los afines al mismo. Si a ello añadimos que la afiliación política en nuestro país es realmente ridícula, habrá de convenirse que sólo una minoría privilegiada es la que realmente participa para competir por un lugar en nuestros parlamentos nacionales y autonómicos, y representarnos donde se gobierna el conjunto de la Nación.

Sin embargo, así es una democracia, en la que dejamos en manos de unos pocos elegidos (la mayoría, desconocidos) los asuntos que nos conciernen a todos, con la despreocupación de depositar un voto en la urna. Ni siquiera nos molestamos en leer el Programa electoral que los partidos han de presentarnos como compromiso y garantía de su gestión. Declarar una guerra, reducir o elevar salarios, diseñar la estrategia de nuestras relaciones internacionales o elaborar las leyes que regularán nuestra convivencia son algunas de las tareas que corresponden a esos representantes que actúan en nuestro nombre. Sería deseable que, de la misma manera que exigimos responsabilidad a nuestros políticos, nos la exijamos a nosotros mismos. Las consecuencias de lo que hacemos (se vote o no) afectan a todos los ciudadanos. Votar es algo muy serio para tomárselo a la ligera o dejarlo en manos de unos pocos. La democracia no es la solución de los problemas, sino la vía para abordarlos con la aquiescencia de la mayoría. No es un procedimiento perfecto, pero se ha demostrado el más justo y estable. No ha sido un regalo, sino una conquista larga y cruel. Muchas personas han entregado sus vidas para que podamos disfrutar en la actualidad de un sistema que nos permite elegir a nuestros gobernantes periódicamente. La democracia no sólo nos concede derechos, sino también obligaciones. Nos exige actuar con responsabilidad y criterio ¿O acaso piensa que su participación no es importante?

sábado, 29 de octubre de 2011

Esclavos de la realidad

No imponemos nuestra voluntad, sino que son las condiciones las que determinan nuestro devenir, como ya dejara establecido el filósofo. Las circunstancias delimitan el campo en el que desarrollaremos nuestras capacidades en función de otros condicionantes genéticos, culturales y sociales. Apenas una brizna de albedrío nos permitirá intentar escapar del destino al que todo nos condena irremediablemente, salvo un afán de liberación que también habrá de venir de las condiciones que lo posibilitan. Somos libres dentro de una jaula que nos encarcela con hilos invisibles y que nos infunde la sensación de libertad. Pensamos lo que nos inducen a pensar, revelándonos sólo lo convenido. Actuamos en los márgenes permitidos por la autoridad y sentimos lo que nos han enseñado que sintamos. Somos gregarios para buscar refugio en lo común y aceptamos los dogmas como fuente de conocimiento. Reservamos lo herético para divertimento con lo prohibido y elucubrar en soledad, como fruto de la imaginación. Evitamos toda ruptura de la normalidad por temor a perder las referencias que nos definen, cuando deberíamos ser nosotros los que definamos cualquier referencia. Al final, ellas doblegan nuestra voluntad, haciéndonos vivir en un simulacro de libertad. Somos esclavos de la realidad

viernes, 28 de octubre de 2011

Veintiocho

Viernes veintiocho de octubre, una manera de contabilizar el tiempo para engañarnos de nuestra ignorancia sobre dónde estamos y qué hacemos, cuando en realidad nos sentimos más perdidos que una hoja flotando en medio del mar, a merced de las corrientes y los vientos. Pero nos consuela ese espejismo contable que pretende administrar un tiempo que no existe más que en relación con otras magnitudes físicas con las que intentamos racionalizar la existencia, aprehender la realidad, dirigir nuestras vidas. Este veintiocho cuantifica el pasado pero es incapaz de indicar cuánto futuro disponemos, lo que nos apremia a aprovechar el presente. Cada viernes, como cada vida, es un proyecto lleno de esperanza hacia lo ignoto, hacia los planes que elaboramos con la incertidumbre de lo que nos aguarda, de lo que nos depara el tiempo. Sólo sabemos que es veintiocho en medio del océano en el que navegamos cual náufragos sin rumbo. Al menos, podemos celebrar la consciencia que nos atormenta con la trascendencia del ser humano. Filosofía de bar. ¡Buen fin de semana!

martes, 25 de octubre de 2011

Desprecio del dolor

Lo que nunca pude imaginar era que se despreciara el dolor que sienten los enemigos de ETA (si es que existen diferencias entre los que repudian la violencia), pero las reacciones de algunos “elementos” inmorales de la derecha mediática, ante las lágrimas que el recuerdo de las víctimas hace brotar incluso en actos públicos, es deleznable. Una vez más, la bajeza y la insensibilidad más cruel embota la inteligencia de quienes, con tal de no reconocer ningún valor en el adversario, tratan de menospreciar la amargura que desarma hasta el llanto a rostros duros y acostumbrados a aparentar firmeza.

ABC publicaba el domingo un pie de foto en el que, comentando las imágenes lacrimosas del mitin en la Kursal de San Sebastián, intentaba resaltar que el dolor más intenso es aquel que ya no puede llorar, el que no se manifiesta en los ojos enrojecidos de los que no pueden disimularlo, para que la indiferencia de los que están a punto de acceder al Poder no resulte tan hiriente como la utilización que hicieron del terrorismo como objeto manoseado de la diatriba política. Estamos en precampaña electoral y era esperable la justificación de las posturas entre los contendientes, aunque no cabía hundirse más en el fango de la estulticia, pero...

Pero sí cabía más desvergüenza, porque el paroxismo del deshonor ha sido la mofa radiada a través de su programa por Carlos Herrera para ridiculizar las lágrimas de Patxi López y Eduardo Madina. Enroscado en su gracejo faltón, hace méritos este periodista para encumbrarse en la orquesta de trompeteros apocalípticos que no consienten que la realidad desbarate sus prejuicios ni el argumentario para sus descalificaciones. Que la diana de sus chanzas sean socialistas vascos que asumen el compromiso por su tierra y no huyen a paraísos sabáticos, seguramente no sea la causa de un rencor tan insano. Lo más probable es que tenga un componente personal y hasta psiquiátrico. Pero es triste que este locutor disponga de una radio para vomitar su rencor enfermizo y se permita unas burlas contra quienes incluso han sido víctimas de los fanáticos. Su inteligencia queda nublada con tales manifestaciones y, encima, enarbolar la bandera de la defensa de unas víctimas a las que minusvalora y desprecia si no comulgan con su pensamiento mezquino e inmoral.

Nunca creí que el fin del terrorismo, en vez de esperanza y alegría, pudiera despertar tanto desprecio por un dolor que afortunadamente dejará de ser una pesadilla para convertirse en el recuerdo de un oprobio vencido. Como si la Paz fuera un obstáculo para sus ambiciones.