viernes, 11 de enero de 2019
Frío y memoria
El invierno, fiel a su condición, nos obsequia con una
muestra de su helado aliento que deja los campos cubiertos de escarcha y la
piel tiritando bajo los abrigos y las mantas. Un aire polar recorre el
continente para visitar lo que se esconde a resguardo de los Pirineos y
mira de frente a África y sus costas cálidas, de las que, sin embargo, huyen
quienes prefieren el frío a la miseria. Ese soplo gélido pero seco congela ríos
y estanques, propiciando días de inmaculados cielos azules hacia los que asciende,
como un garabato, la vaharada de la respiración. Nada es excepcional ni
extraño, salvo los lamentos de los desmemoriados que olvidan que en invierno
hace frío y que de la muerte y el hambre siempre se intenta escapar aunque se
pague con la vida. Los inmigrantes y refugiados son los que en verdad sufren
las consecuencias de este clima inhumano que nos azota, más terrible aún que
el aire polar que hiela nuestros corazones.
jueves, 10 de enero de 2019
¿Qué les une?
Juan A. Marín Lozano:
gaditano, empresario y político que inició su carrera en la cosa pública en
Alianza Popular, la marca fundada por Fraga de la que deriva el Partido Popular,
para, tras los bandazos que dictan las circunstancias, acabar como
representante de Ciudadanos en Andalucía
y ganar, como premio, la vicepresidencia de la Junta de Andalucía.
Juan M. Moreno
Bonilla: catalán de padres malagueños, se afilió adolescente en el Partido Popular, en el que ha escalado todos
los peldaños, desde las Nuevas Generaciones, pasando por concejal de Málaga,
Secretario de Estado, diputado autónomo, hasta presidente del partido en
Andalucía, para finalmente auparse como póximo presidente del Gobierno de
Andalucía, justamente cuando menos se lo esperaban en su partido y menos votos
había cosechado para lograrlo. ¡Cosas de la aritmética parlamentaria!
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| Francisco Serrano y Santiago Abascal |
Santiago Abascal
Conde: bilbaíno e hijo de un miembro histórico de Alianza Popular. También
en su adolescencia se inscribió en el Partido Popular, en el que llegó a
presidir las Nuevas Generaciones del País Vasco, ser concejal del Ayuntamiento
de Llodio (Álava) y diputado de repuesto en el Parlamento de aquella comunidad
autónoma. Funda Vox para recuperar
las esencias que el Partido Popular, según dice, ha ido perdiendo y que lo
obligan abandonar las siglas en las que militaba su padre.
Francisco Serrano:
madrileño, juez inhabilitado por prevaricador y al que no dejan volver a la
carrera judicial. Como “delegado comercial” de Vox en Sevilla, por sus
profundas convicciones contra la igualdad de género (“hembrismo” y “yihadismo
de género”), la Memoria Histórica (“Memoria histérica”), partidario del PP y de
Provida (contra el aborto), es quien, como buen mandado, firma el pacto en el
Parlamento andaluz entre las tres ramas de la derecha (Partido Popular,
Ciudadanos y Vox) para sentar en el Palacio de San Telmo al candidato preferido
de la familia, al presidente andaluz del Partido Popular. ¡Alea iacta
est!
martes, 8 de enero de 2019
Miedo a la libertad
La libertad y el progreso causan temor por lo desconocido
que deparan y las pérdidas que podrían ocasionarnos. La incertidumbre de todo
avance nos hace buscar refugio en las certezas de lo conocido, de lo
establecido. El progreso, como la inteligencia, es fuente de vacilación porque remite
a posibilidades ignotas y a replantear esquemas, establecer nuevas relaciones
con nosotros mismos y con nuestro entorno, incluso a desprendernos de las
creencias que considerábamos sólidas e inmutables. Existe miedo a avanzar como da
miedo saber más de cualquier cosa, una enfermedad por ejemplo, puesto que nos vuelve
inseguros y vulnerables frente a todo lo que ignoramos y no comprendemos. Cuanto
más progresamos y aprendemos, más evidente se hace la inmensidad de lo que
desconocemos o la lejanía de lo que buscamos. Llega un momento en que nos
comportamos, haciendo alusión a Erich Fromm*, exteriorizando un indisimulado miedo a la libertad y, por tal motivo, buscamos
protección en el burladero de lo convenido aunque sea retrógrado, echamos
anclas que inmovilizan el presente en lo manido, lo tradicional. Por eso
dudamos y damos pasos atrás, tanto como comunidad como individuos.
*El miedo a la libertad, Erich Fromm. Editorial Paidós, Buenos Aires, Argentina, 1975.
La construcción de una Europa unida y la cesión de soberanía
a un ente supranacional despiertan recelos en algunos Estados temerosos de
perder identidad y autonomía, debido a que muchas decisiones se adoptarán en
instancias continentales. Y, a pesar de las bondades de formar parte de una
unidad de mayor peso, desde cualquier punto de vista (político, comercial,
económico, militar, industrial, agrícola, educativo, monetario, cultural,
social, etc.), emerge ese miedo que los hace desconfiar del proyecto común
europeo y temer que la identidad nacional se disuelva, los intereses
específicos se desatiendan y la soberanía nacional quede condicionada a
directrices comunitarias. Entonces surgen los nacionalismos radicales que
intentan la vuelta atrás, el retorno al estado-nación en constante
enfrentamiento con su entorno, donde busca extender su idiosincrasia y, también,
imponer sus exclusivos intereses. Ultras que no quieren Europa si no es una
réplica exacta de su país, que no aceptan deberes para obtener derechos
compartidos y que prefieren la insolidaridad antes que estar sujetos a normas y
procedimientos comunitarios.
Es el caso del Reino Unido y su brexit (salida de la Unión Europea) insensato y desastroso, pero
también de Italia, de Hungría, de Polonia y, tal vez, de España cuando la
ultraderecha consiga condicionar el Gobierno. Estos países muestran miedo de
avanzar hacia una unión más firme y profunda que haga de Europa un interlocutor
internacional con una sola voz y una fortaleza continental incuestionables. Y
utilizan cualquier excusa para propalar sus mensajes de odio y supuestos
agravios, como la presión migratoria, el control del déficit presupuestario,
los acuerdos comerciales que perjudican a determinados sectores, la libre
circulación de personas en toda la unión, etc. Subrayan los inconvenientes y
obvian las ventajas a la hora de elaborar discursos de rechazo a Europa y
defensa maniquea de lo nacional, de un nacionalismo trasnochado y
desintegrador, impropio de los tiempos que corren. Frente al miedo al progreso
colectivo en una Europa unida, proponen el retorno al viejo nacionalismo
intransigente, excluyente, aislacionista y retrógrado del que Vox, Le Pen,
Salvini, Urban y tantos otros obtienen réditos electorales y triunfos
políticos. No es nada nuevo, sino caer en los mismos errores que, como recordara,
en 1941, Stefan Sweig en su libro El
mundo de ayer. Memorias de un europeo (Acantilado, 2017), desmembraron
Europa entre dos guerras mundiales a causa de “la peor de las pestes: el
nacionalismo, que envenena la flor de nuestra cultura europea” (p.13).
Entonces, como hoy, “las fuerzas que empujaban hacia el odio eran, por su misma
naturaleza vil, más vehementes y agresivas que las conciliadoras” (p. 262). De
ahí su éxito y efectividad.
Pero también como individuos tenemos miedo a la libertad, a
la igualdad, a la responsabilidad. Y escogemos una seguridad, supuestamente
amenazada por multitud de peligros, en detrimento de libertades y derechos que
tanto costaron conquistar. Por eso entregamos nuestra confianza a la derecha
del capital y la iglesia cuando se tambalean el trabajo y la economía de los
que depende nuestra subsistencia. Cuando, como trabajadores oprimidos por la
precariedad, fiamos nuestro porvenir en quienes representan el liberalismo
económico que nos empobrece, limita derechos laborales y recorta prestaciones
públicas. Cuando, en poblaciones que basan su economía en una industria
agropecuaria que demanda inmigrantes, porque no halla mano de obra suficiente
entre los nativos, votamos partidos racistas y xenófobos. Cuando,
comportándonos como hombres acomplejados y mujeres incoherentes, despreciamos
las políticas de género y de protección contra la violencia machista por
considerarlas una ideología que atenta contra el patriarcado y una concepción
subordinada de la mujer en las relaciones de pareja. O cuando, en tanto particulares
bombardeados de información superficial, consideramos un ultraje a nuestro patriotismo
de balcón que otros territorios anhelen un mayor reconocimiento a su
singularidad o particularidad identitaria. Incluso cuando, olvidando la ubicación periférica
de nuestro país, deploramos la presión migratoria que sufre la frontera y exigimos
su impermeabilización y la expulsión del migrante pobre o del refugiado que
huye.
Manifestamos como individuos, en todos los casos, miedo a la
diversidad, a la igualdad y a la fraternidad cada vez que exteriorizamos actitudes
egoístas, intransigentes, supremacistas, excluyentes y acopiadora de
privilegios. Tenemos miedo a avanzar en derechos y libertades que reconozcan, a
todos, ser libres e iguales, sin importar lugar de nacimiento, color de piel,
sexo, religión o lengua. Es decir, cuando alcanzamos una libertad que nos exige
responsabilidad y que cuestiona nuestro anquilosado sistema de valores,
desconfiamos de ella y tomamos decisiones influenciadas por las convenciones o
la presión social. Y, aunque ninguna de las amenazas que nos hacen creer que
penden sobre nuestra sociedad, sobre ese “nosotros” tan diferenciado de “los
otros”, sean siquiera reales, las asumimos como percepciones propias para
participar de lo que supone debemos desear: menos libertad a cambio de un simulacro
de seguridad que nos hace retroceder en derechos.
De esa sensación de vulnerabilidad y las frustraciones que
genera se valen los populismos para manipularnos y hacernos creer que somos
dueños de una libertad amenaza por los “otros” y, por consiguiente, necesitada
de defensa. Y ellos, claro está, están prestos a defenderla mediante el odio,
el sectarismo y el egoísmo más irracionales que emanan, precisamente, de
nuestro miedo a la libertad.
______*El miedo a la libertad, Erich Fromm. Editorial Paidós, Buenos Aires, Argentina, 1975.
domingo, 6 de enero de 2019
Nada que celebrar
Acaba de iniciarse un año nuevo que ya envejece y, dentro de
doce meses, finalizará sin aportar más novedad que seguir todo igual. Los
pobres, luchando por escapar de la pobreza y los ricos, acumulando riquezas.
Manteniendo sus mentiras los cínicos, mientras los ingenuos siguen creyéndoselas.
Prometiendo paraísos las religiones, las guerras haciendo del infierno la
Tierra y la política asegurándose de que siga así. Los niños engañados con los
Reyes Magos, y sus padres engañados en los trabajos, y todos confiando en que
no se rompa la ilusión. La libertad regulada por leyes, y la dignidad, sumisa
al mercado. La igualdad y la fraternidad, banderas al viento, y el Medio Ambiente,
impuestos para seguir destruyéndolo. La vida, una voluntad contra la realidad
de la muerte, que los poderosos disfrutan y los desfavorecidos padecen. Y esa es
toda la novedad, viejo amigo.
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