viernes, 11 de enero de 2019

Frío y memoria

El invierno, fiel a su condición, nos obsequia con una muestra de su helado aliento que deja los campos cubiertos de escarcha y la piel tiritando bajo los abrigos y las mantas. Un aire polar recorre el continente para visitar lo que se esconde a resguardo de los Pirineos y mira de frente a África y sus costas cálidas, de las que, sin embargo, huyen quienes prefieren el frío a la miseria. Ese soplo gélido pero seco congela ríos y estanques, propiciando días de inmaculados cielos azules hacia los que asciende, como un garabato, la vaharada de la respiración. Nada es excepcional ni extraño, salvo los lamentos de los desmemoriados que olvidan que en invierno hace frío y que de la muerte y el hambre siempre se intenta escapar aunque se pague con la vida. Los inmigrantes y refugiados son los que en verdad sufren las consecuencias de este clima inhumano que nos azota, más terrible aún que el aire polar que hiela nuestros corazones.

jueves, 10 de enero de 2019

¿Qué les une?

 
Los tres personajes de este comentario tienen en común algo más de lo que la actualidad destaca. Son tres políticos predestinados a confluir en ese pacto que hará que el Partido Popular consiga, al fin, gobernar la Junta de Andalucía, tras 36 años de gobiernos socialistas ininterrumpidos. No es que procedan de formaciones distintas para, mediante una coalición mixta gobierno-parlamentaria, unir sus votos y desalojar al PSOE del poder en Andalucía. No. Es algo genético, que llevan en la masa ideológica de la sangre, y no meramente coyuntural. Les une, fundamentalmente, que los tres son frutos que brotan del Partido Popular, donde iniciaron sus carreras políticas como criaturas de una derecha que hoy los reúne para conquistar un feudo que se le resistía. Indudablemente, no es que tengan notables diferencias entre ellos, sino temperamentos diferentes como hermanos que comparten, cada cual a su modo, una mentalidad que les lleva a unir sus fuerzas para combatir y abatir al viejo enemigo de la familia: el socialismo y sus políticas de igualdad. Y están a punto de conseguirlo. Después de escenificar diferencias y desacuerdos de no más de 24 horas, juntos se presentan como el “cambio” en Andalucía, plagiando aquel lema que sirvió a Felipe González para llevar el socialismo al Gobierno de España, por primera vez en democracia, en el año 1982. Y, ¡vueltas de la vida!, les sirve hoy, precisamente, para que la derecha reconquiste el timón de un territorio que siempre le había dado la espalda. Les une, pues, algo más que un pacto: son ramas del mismo árbol de la derecha sempiterna de España, que consigue enraizar y dar frutos en Andalucía. Enhorabuena, familia.

Juan A. Marín Lozano: gaditano, empresario y político que inició su carrera en la cosa pública en Alianza Popular, la marca fundada por Fraga de la que deriva el Partido Popular, para, tras los bandazos que dictan las circunstancias, acabar como representante de Ciudadanos en Andalucía y ganar, como premio, la vicepresidencia de la Junta de Andalucía.
Juan M. Moreno Bonilla: catalán de padres malagueños, se afilió adolescente en el Partido Popular, en el que ha escalado todos los peldaños, desde las Nuevas Generaciones, pasando por concejal de Málaga, Secretario de Estado, diputado autónomo, hasta presidente del partido en Andalucía, para finalmente auparse como póximo presidente del Gobierno de Andalucía, justamente cuando menos se lo esperaban en su partido y menos votos había cosechado para lograrlo. ¡Cosas de la aritmética parlamentaria!
Francisco Serrano y Santiago Abascal
Santiago Abascal Conde: bilbaíno e hijo de un miembro histórico de Alianza Popular. También en su adolescencia se inscribió en el Partido Popular, en el que llegó a presidir las Nuevas Generaciones del País Vasco, ser concejal del Ayuntamiento de Llodio (Álava) y diputado de repuesto en el Parlamento de aquella comunidad autónoma. Funda Vox para recuperar las esencias que el Partido Popular, según dice, ha ido perdiendo y que lo obligan abandonar las siglas en las que militaba su padre.
Francisco Serrano: madrileño, juez inhabilitado por prevaricador y al que no dejan volver a la carrera judicial. Como “delegado comercial” de Vox en Sevilla, por sus profundas convicciones contra la igualdad de género (“hembrismo” y “yihadismo de género”), la Memoria Histórica (“Memoria histérica”), partidario del PP y de Provida (contra el aborto), es quien, como buen mandado, firma el pacto en el Parlamento andaluz entre las tres ramas de la derecha (Partido Popular, Ciudadanos y Vox) para sentar en el Palacio de San Telmo al candidato preferido de la familia, al presidente andaluz del Partido Popular.  ¡Alea iacta est!

martes, 8 de enero de 2019

Miedo a la libertad

La libertad y el progreso causan temor por lo desconocido que deparan y las pérdidas que podrían ocasionarnos. La incertidumbre de todo avance nos hace buscar refugio en las certezas de lo conocido, de lo establecido. El progreso, como la inteligencia, es fuente de vacilación porque remite a posibilidades ignotas y a replantear esquemas, establecer nuevas relaciones con nosotros mismos y con nuestro entorno, incluso a desprendernos de las creencias que considerábamos sólidas e inmutables. Existe miedo a avanzar como da miedo saber más de cualquier cosa, una enfermedad por ejemplo, puesto que nos vuelve inseguros y vulnerables frente a todo lo que ignoramos y no comprendemos. Cuanto más progresamos y aprendemos, más evidente se hace la inmensidad de lo que desconocemos o la lejanía de lo que buscamos. Llega un momento en que nos comportamos, haciendo alusión a Erich Fromm*, exteriorizando un indisimulado miedo a la libertad y, por tal motivo, buscamos protección en el burladero de lo convenido aunque sea retrógrado, echamos anclas que inmovilizan el presente en lo manido, lo tradicional. Por eso dudamos y damos pasos atrás, tanto como comunidad como individuos.

La construcción de una Europa unida y la cesión de soberanía a un ente supranacional despiertan recelos en algunos Estados temerosos de perder identidad y autonomía, debido a que muchas decisiones se adoptarán en instancias continentales. Y, a pesar de las bondades de formar parte de una unidad de mayor peso, desde cualquier punto de vista (político, comercial, económico, militar, industrial, agrícola, educativo, monetario, cultural, social, etc.), emerge ese miedo que los hace desconfiar del proyecto común europeo y temer que la identidad nacional se disuelva, los intereses específicos se desatiendan y la soberanía nacional quede condicionada a directrices comunitarias. Entonces surgen los nacionalismos radicales que intentan la vuelta atrás, el retorno al estado-nación en constante enfrentamiento con su entorno, donde busca extender su idiosincrasia y, también, imponer sus exclusivos intereses. Ultras que no quieren Europa si no es una réplica exacta de su país, que no aceptan deberes para obtener derechos compartidos y que prefieren la insolidaridad antes que estar sujetos a normas y procedimientos comunitarios.
Es el caso del Reino Unido y su brexit (salida de la Unión Europea) insensato y desastroso, pero también de Italia, de Hungría, de Polonia y, tal vez, de España cuando la ultraderecha consiga condicionar el Gobierno. Estos países muestran miedo de avanzar hacia una unión más firme y profunda que haga de Europa un interlocutor internacional con una sola voz y una fortaleza continental incuestionables. Y utilizan cualquier excusa para propalar sus mensajes de odio y supuestos agravios, como la presión migratoria, el control del déficit presupuestario, los acuerdos comerciales que perjudican a determinados sectores, la libre circulación de personas en toda la unión, etc. Subrayan los inconvenientes y obvian las ventajas a la hora de elaborar discursos de rechazo a Europa y defensa maniquea de lo nacional, de un nacionalismo trasnochado y desintegrador, impropio de los tiempos que corren. Frente al miedo al progreso colectivo en una Europa unida, proponen el retorno al viejo nacionalismo intransigente, excluyente, aislacionista y retrógrado del que Vox, Le Pen, Salvini, Urban y tantos otros obtienen réditos electorales y triunfos políticos. No es nada nuevo, sino caer en los mismos errores que, como recordara, en 1941, Stefan Sweig en su libro El mundo de ayer. Memorias de un europeo (Acantilado, 2017), desmembraron Europa entre dos guerras mundiales a causa de “la peor de las pestes: el nacionalismo, que envenena la flor de nuestra cultura europea” (p.13). Entonces, como hoy, “las fuerzas que empujaban hacia el odio eran, por su misma naturaleza vil, más vehementes y agresivas que las conciliadoras” (p. 262). De ahí su éxito y efectividad.
Pero también como individuos tenemos miedo a la libertad, a la igualdad, a la responsabilidad. Y escogemos una seguridad, supuestamente amenazada por multitud de peligros, en detrimento de libertades y derechos que tanto costaron conquistar. Por eso entregamos nuestra confianza a la derecha del capital y la iglesia cuando se tambalean el trabajo y la economía de los que depende nuestra subsistencia. Cuando, como trabajadores oprimidos por la precariedad, fiamos nuestro porvenir en quienes representan el liberalismo económico que nos empobrece, limita derechos laborales y recorta prestaciones públicas. Cuando, en poblaciones que basan su economía en una industria agropecuaria que demanda inmigrantes, porque no halla mano de obra suficiente entre los nativos, votamos partidos racistas y xenófobos. Cuando, comportándonos como hombres acomplejados y mujeres incoherentes, despreciamos las políticas de género y de protección contra la violencia machista por considerarlas una ideología que atenta contra el patriarcado y una concepción subordinada de la mujer en las relaciones de pareja. O cuando, en tanto particulares bombardeados de información superficial, consideramos un ultraje a nuestro patriotismo de balcón que otros territorios anhelen un mayor reconocimiento a su singularidad o particularidad identitaria.  Incluso cuando, olvidando la ubicación periférica de nuestro país, deploramos la presión migratoria que sufre la frontera y exigimos su impermeabilización y la expulsión del migrante pobre o del refugiado que huye.
Manifestamos como individuos, en todos los casos, miedo a la diversidad, a la igualdad y a la fraternidad cada vez que exteriorizamos actitudes egoístas, intransigentes, supremacistas, excluyentes y acopiadora de privilegios. Tenemos miedo a avanzar en derechos y libertades que reconozcan, a todos, ser libres e iguales, sin importar lugar de nacimiento, color de piel, sexo, religión o lengua. Es decir, cuando alcanzamos una libertad que nos exige responsabilidad y que cuestiona nuestro anquilosado sistema de valores, desconfiamos de ella y tomamos decisiones influenciadas por las convenciones o la presión social. Y, aunque ninguna de las amenazas que nos hacen creer que penden sobre nuestra sociedad, sobre ese “nosotros” tan diferenciado de “los otros”, sean siquiera reales, las asumimos como percepciones propias para participar de lo que supone debemos desear: menos libertad a cambio de un simulacro de seguridad que nos hace retroceder en derechos.
De esa sensación de vulnerabilidad y las frustraciones que genera se valen los populismos para manipularnos y hacernos creer que somos dueños de una libertad amenaza por los “otros” y, por consiguiente, necesitada de defensa. Y ellos, claro está, están prestos a defenderla mediante el odio, el sectarismo y el egoísmo más irracionales que emanan, precisamente, de nuestro miedo a la libertad.
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*El miedo a la libertad, Erich Fromm. Editorial Paidós, Buenos Aires, Argentina, 1975.

domingo, 6 de enero de 2019

Nada que celebrar

Acaba de iniciarse un año nuevo que ya envejece y, dentro de doce meses, finalizará sin aportar más novedad que seguir todo igual. Los pobres, luchando por escapar de la pobreza y los ricos, acumulando riquezas. Manteniendo sus mentiras los cínicos, mientras los ingenuos siguen creyéndoselas. Prometiendo paraísos las religiones, las guerras haciendo del infierno la Tierra y la política asegurándose de que siga así. Los niños engañados con los Reyes Magos, y sus padres engañados en los trabajos, y todos confiando en que no se rompa la ilusión. La libertad regulada por leyes, y la dignidad, sumisa al mercado. La igualdad y la fraternidad, banderas al viento, y el Medio Ambiente, impuestos para seguir destruyéndolo. La vida, una voluntad contra la realidad de la muerte, que los poderosos disfrutan y los desfavorecidos padecen. Y esa es toda la novedad, viejo amigo.