lunes, 6 de marzo de 2017

Las varas de la Justicia

La percepción ciudadana de la Justicia es subjetiva y, por consiguiente, parcial y hasta ignorante de su verdadera realidad. No por ello es una sensación errada por cuanto el criterio de la opinión pública determina la trascendencia y gravedad de las actuaciones de los poderes que encarnan un sistema democrático, en el que la justicia asume con independencia formal uno de ellos, el Poder Judicial. Subjetividad reforzada por cuanto toda sentencia de un juez, aun ajustándose a las leyes y la jurisprudencia establecida, no deja de ser una interpretación personal -fundada y basada en las leyes- de quien resuelve cada caso. Por tal razón, un mismo asunto puede resultar favorable o contrario al demandante dependiendo del juez que lo sentencie, aunque existan instancias más elevadas a las que recurrir en caso de disconformidad por cualquiera de las partes. Es decir, aún aplicando toda la objetividad procesal posible, la Justicia es sumamente cuestionable por carecer de criterio unívoco en sus veredictos. A veces condena con extremo rigor, otras con excesiva benevolencia, pero siempre en función de las personas implicadas más que por el hecho delictivo enjuiciado. De ahí que, a ojos de cualquier profano, la Justicia parezca que disponga de distintas varas de medir a la hora de juzgar cualquier caso, como podemos comprobar en la actualidad.

En los últimos tiempos hemos visto meter en la cárcel a titiriteros por presunta exaltación del terrorismo o pedir la misma pena de privación de libertad a una activista feminista por manifestarse en sujetador contra la existencia de una capilla religiosa en recinto universitario, mientras otros inculpados de rancio abolengo, condenados por corrupción y otros delitos fiscales, quedan en libertad y sin fianza hasta que resuelva otra instancia superior, por expreso deseo del Ministerio Fiscal, no de los abogados defensores, y a pesar de las penas condenatorias con años de cárcel. Los primeros no pertenecían a ninguna familia socialmente relevante, los segundos alardean de apellidos ilustres como políticos o aristócratas. Son ejemplos que trasladan a la ciudadanía la existencia de distintas varas de medir por parte de la Justicia, aunque en todos los casos se aplique la ley y se resuelva según jurisprudencia. Incluso es posible que para un entendido en tribunales existan razones legales y jurídicas para dictaminar con tales diferencias, pero la ciudadanía percibe una Justicia que se amolda a la relevancia política y social del  encausado en vez de actuar con la imparcialidad que se presume de la máxima de que, ante la ley, todos somos iguales. Más bien parece que unos son más iguales que otros, dependiendo del apellido y del bufete de abogados que intervenga.

Por mucha menos cantidad sustraída y defraudada, la tonadillera Isabel Pantoja tuvo que aguantar que su imagen pública coincidiera con la de una presidiaria que paga con sus huesos en la cárcel, mientras que un exvicepresidente del Gobierno y exministro de Economía, junto a un yerno del Rey, quedan en libertad y sin medidas cautelares hasta que el Tribunal Supremo ratifique o no sus condenas por defraudar millones de euros, tráfico de influencias, prevaricación, malversación, etc. Incluso que la socia empresarial en el entramado del aristócrata, una infanta de España aunque apartada temporalmente de la Familia Real, consiga salir indemne del juicio en el que quedó probada su responsabilidad, al menos, a título lucrativo.

Siempre se ha dicho que la verdad judicial es distinta de la científica o de la percibida por la sociedad. La primera se basa en pruebas, la segunda en leyes físicas y la tercera en impresiones que calan en la opinión pública. Siempre han existido esas distintas verdades de los hechos, pero nunca han sido tan opuestas o contradictorias como en los últimos tiempos. Y esa divergencia entre la verdad percibida por los ciudadanos y la verdad judicial que se desprende de las sentencias hace creer en la existencia de distintos raseros a la hora de aplicar Justicia. Una Justicia que no sólo ha de ser imparcial, sino parecerlo y demostrarlo, sin importar la persona enjuiciada. Pero mientras se condene a un año de cárcel a quien roba una gallina, como sucedió en 2009  con un joven de Madrid, y se absuelva a quienes participan del beneficio de la comisión de delitos millonarios (Ana Mato, infanta Cristina, etc.), el convencimiento de que hay distintas varas de medir en la Justicia será imposible de rebatir, por mucho que nos aseguren que disfrutamos de un Estado de Derecho con separación de poderes y una Justicia independiente, pero, al parecer, no ciega.    

sábado, 4 de marzo de 2017

Aguas de marzo


Marzo arranca lluvioso, como si quisiera regar el terreno para una primavera exuberante. Las lluvias barren toda la península y dejan ríos y pantanos desbordantes de un agua que saciará nuestra sed en verano y permitirá buenas cosechas en los cultivos. Limpia la atmósfera de la calima que nos cubrió de polvo y ensució con barro las primeras precipitaciones. Marzo se inicia con el agua bendita que, sin embargo, no adecenta las costras de nuestra política y nuestra moral. Por mucho que llueva, los corruptos se libran de la cárcel y no devuelven lo sustraído. Tampoco ablanda el alma de quienes creen que el color de piel es señal de delito y, por tanto, causa de fronteras y castigo. No quita la venda que vuelve ciegos a los permiten el abuso y la desigualdad con los indefensos condenados de por vida a la precariedad y la pobreza. Ni aclara el entendimiento a los confiados y crédulos que eligen lobos al cuidado de las ovejas, a sinvergüenzas que nos gobiernen y nos roben. Las aguas de marzo sólo sirven para el riego de la tierra, no para la purificación de las personas ni la floración de la bondad y la honestidad. Pero llueve.

jueves, 2 de marzo de 2017

El examen


Toda su vida había deseado aprobar aquel examen, pero cuando lo suspendieron la primera vez nunca más se presentó a ninguna nueva convocatoria. Le había cogido miedo y no quería sufrir otra derrota. Esa actitud no le impidió, no obstante, aspirar a otros retos que también exigían pruebas que tendría que superar y que afrontó con resultados satisfactorios, aún siendo muchas de ellas más exigentes y difíciles que aquel primer examen. No lo olvidaría y quedaría grabado en su memoria como lo que era: un trauma que tarde o temprano tendría que vencer y superar. Por eso, alcanzada la edad de permitirse cumplir todos sus caprichos y hacer lo que le gustase, lo primero que hizo fue matricularse en un curso que le ayudase a volver enfrentarse a la prueba que nunca había superado. Aprobó sin dificultad la parte teórica, pero la práctica volvió a resistírsele. Era lo esperado aunque en un rincón remoto de su cerebro albergaba la posibilidad de conseguir, a la primera, salir victorioso del trance. Ahora debía repetir ese ejercicio práctico que hacía sin dificultad en los preparativos del curso. Sus nervios lo traicionaban cuando se enfrentaba a sí mismo. Eso era lo que tenía que vencer ya que él mismo era su mayor obstáculo. Pero estaba decidido a no cejar, esta vez, en el empeño. Como si el significado de toda su vida dependiera de una prueba de aptitud para conducir motocicletas.

miércoles, 1 de marzo de 2017

Solidaridad y donación


Ha muerto en Málaga Pablo Ráez, el joven de 20 años que había revolucionado con sus mensajes en las redes sociales la donación de médula ósea. Su juventud y su optimismo por superar una grave enfermedad conmovieron a miles de seguidores hasta el punto de que las donaciones aumentaron hasta un 1.300 por ciento en su ciudad, lo que no deja de ser una excelente noticia para tantos enfermos de leucemia que precisan un trasplante de médula como el que recibió el joven Pablo. Desgraciadamente, tantas muestras de solidaridad y hasta un segundo trasplante no pudieron evitar el fatal desenlace de una enfermedad que todavía, a pesar de los adelantos de la ciencia médica, no es posible curar en el cien por cien de los casos. La vitalidad y el activismo en las redes del paciente malagueño consiguieron hacer llegar a la sociedad la existencia de esta enfermedad, la leucemia, que como muchas otras requiere de la contribución de las personas sanas para que faciliten, mediante la donación altruista y voluntaria, aquellos productos biológicos (médula ósea, sangre, plasma, plaquetas y órganos) que son imprescindibles para el tratamiento y la probable curación de los pacientes afectados. Y no todos ellos tienen la habilidad ni la posibilidad de hacer uso de las redes sociales para despertar esa imprescindible solidaridad ciudadana.

Ahora que, desgraciadamente, ha fallecido quien había despertado semejantes muestras de solidaridad en la gente, habría que mantener ese compromiso como el mejor homenaje que podría rendirse a su memoria. Y ello, además, por una razón que sobrepasa el vínculo emocional y se inserta en los hábitos adquiridos de manera racional. Porque es imperativo que la conducta solidaria se afiance entre nuestros hábitos para poder garantizar la atención de los muchos enfermos que precisan, como el joven Pablo, productos procedentes de la donación que hasta la fecha no se pueden fabricar de manera artificial. Quien necesita, en cualquier hospital de España, una transfusión de hematíes, plaquetas o plasma o algún trasplante de médula ósea u otro tejido y órgano depende vitalmente de los donantes, personas que facilitan esos productos sin esperar a campañas mediáticas ni a la compasión de un rostro concreto y simpático.

Porque es, precisamente, esa masiva respuesta dirigida hacia una persona en particular  lo cuestionable de la campaña que el paciente malagueño extendió por las redes sociales, con su imagen e icónico gesto del brazo doblado en posición de fuerza, ya que extinguida la causa que la motiva, la respuesta suele decaer o extinguirse. Conmovidos por la situación de una persona en particular, nos olvidamos de esas otras desconocidas que aguardan diariamente en los hospitales de España a esas transfusiones y unos trasplantes con los que tratar la enfermedad que los queja y, en la mayoría de los casos, salvarles la vida. Son millares los enfermos anónimos, comprendidos desde niños de pocos meses hasta adultos que peinan canas, que dependen de la generosidad y la solidaridad de unos donantes que, de manera altruista y continuada, se prestan y acuden a ofrecer lo que sólo ellos pueden dar en beneficio de cualquier paciente que requiera tales productos de imposible elaboración artificial.

Por ello, en estos momentos de abatimiento por el fallecimiento de Pablo, a quien el Ayuntamiento de Marbella había concedido la Medalla de la Ciudad, confiamos en que su lucha no quede en flor de un día y la solidaridad que despertó en todo el país no sea pasajera. Su ejemplo ha de permitir que llegue el día en que sean innecesarias campañas mediáticas para conseguir donantes, que esté cercano ese futuro en que campañas como la del propio Pablo Ráez no hagan falta porque todas las necesidades de transfusión y trasplantes estarán cubiertas en los hospitales españoles por donantes suficientes que, sin aguardar a ninguna convocatoria, están dispuestos a “regalar” lo que sólo ellos tienen posibilidad de hacer: “regalar” vida a los enfermos que dependen de la solidaridad de la donación. Cuando eso suceda, todos los Pablo Ráez que no tienen rostro mediático en los hospitales podrán ser atendidos, sin la angustia de un llamamiento público urgente, simplemente por la generosidad anónima y desinteresada de personas cuya solidaridad permanente no precisa de estímulos en los medios para ser ejercida. Esos donantes solidarios son los que merecen todo nuestro reconocimiento y gratitud.