viernes, 8 de marzo de 2013

Orfandad política y simulacro de democracia

La política española está actualmente huérfana de políticos de talla que entusiasmen con su liderazgo a los ciudadanos. Carece de personajes cuya visión de futuro despierte la adhesión de la gente y genere esa ilusión colectiva por participar en las transformaciones que moldean la convivencia en sociedad. Pocos son los que dudan de la necesidad de la política, pero son renuentes de los políticos. De alguna manera, la situación se asemeja al comportamiento de algunos visitantes de ciertas capitales emblemáticas que no soportan a sus habitantes: “¡Que bonita Sevilla sin los sevillanos!” suelen exclamar para exteriorizar ese sentimiento que repele el chauvinismo más ramplón.

Existen, empero, motivaciones que explican esa alergia a la política, aparte del rechazo que despiertan los que la ejercen sin altura de miras. Y es que la política ha descendido a niveles próximos al barrizal en que se dirime la lid partidista, más preocupada de sus miserias internas y la conservación de cuotas de poder que del interés general de los españoles. Ahí entroncan los escándalos que sacuden a la opinión pública sobre los innumerables casos de corrupción, corruptelas e irregulares de todo tipo que los partidos con oportunidad de gobierno, a cualquier escala de la Administración, no tardan en acumular. Los instrumentos de participación ciudadana acaban convirtiéndose en organizaciones que se afanan en perseguir el interés particular antes que el bienestar general y no dudan, si fuera necesario, en desacreditar las instituciones sobre las que se asienta la democracia con tal de afianzar posiciones de dominio e influencia sectaria. Se muestran imposibilitadas al menor sacrificio, aunque de ello dependiese el futuro de todos, si les resta poder, capacidad y fortaleza. Por esta razón es inconcebible en España una política que reconozca los méritos del adversario o que esté dispuesta con sinceridad al consenso y la colaboración leal. Hasta los asuntos más delicados y complejos, que deberían constituir cuestiones de Estado libres de la confrontación política -como el terrorismo, la defensa o las negociaciones con el exterior- son a menudo utilizados para debilitar al contrincante nacional y menoscabar su labor. No es extraño, por tanto, que como consecuencia de esta falta de apoyo se pierda peso en las instancias continentales o internacionales donde España debiera estar representada con mayor nivel y responsabilidad.

La polaridad en que se resume la política nacional deja patente esa pobreza de ideas y de canales para la expresión pública. Aún contando con la espontánea proliferación de movimientos sociales que desahogan el inconformismo, no existen instrumentos apropiados, sin rigideces orgánicas, que generen la confianza de los ciudadanos para el debate político.

De hecho, es triste comprobar que la derecha española está sobrada de soberbia y tics autoritarios, cuando no de herencias dictatoriales, pero le falta ser homologable a sus homónimas continentales y norteamericanas, mucho más transparentes y democráticas, en las que sería inconcebible fenómenos tan bochornosos y grotescos como el caciquismo adaptado a los nuevos tiempos (Baltar, Fabra y compañía), actitudes revanchistas en la gestión gubernamental (revisión de políticas educativas, sanitarias, sociales, etc.) y, por supuesto, la tolerancia en sus estructuras de verdaderos mafiosos que se lucran como sanguijuelas de la administración pública. 

Pero es que la izquierda adolece también de debilidades que la alejan de ser alternativa real de Gobierno, más por la esquizofrenia que refleja su comportamiento que por el supuesto extremismo de su programa. La socialdemocracia nunca ha dejado de actuar como una derecha moderada que prefiere abandonar sus políticas sociales a hacer peligrar la integridad del sistema capitalista del que no reniega. Y la proveniente del comunismo se fracciona en dogmatismos irredentos que sólo son abrazados por minorías enfrentadas, incluida la ahora en alza Izquierda Unida, un subsistema en sí mismo capaz de formar coalición o sostener ejecutivos conservadores (Extremadura) o progresistas (Andalucía) en función del territorio y el interés partidista de acariciar poder.

Y si así es la política a grandes rasgos, peor es la imagen de sus representantes. El convencimiento de que, en el interior de esas formaciones, la política española está trufada de políticos mediocres que han accedido a ella no por convicciones ideológicas sino por mejora de empleo, es algo extendido en los comentarios de barra de cualquier bar. Y que esas personalidades de poco brillo han contagiado a sus formaciones de la estrechez de sus planteamientos y su limitada capacidad para señalar horizontes infinitos en los que refulja la ilusión, también es un lamento compartido. No es que el carisma sea premisa para el liderazgo y la buena gobernanza, pero sin rostros que transmitan proyectos y promesas y conduzcan a los convencidos e interesados, poca utilidad adquieren unas estructuras caducas que se visualizan como cuevas opacas para el trapicheo antes que foros de participación y discusión política.

En estos tiempos tan “livianos” ya no existen degaulles ni kennedys, pero sus estaturas se agigantan frente a los aznar y zapateros que afortunadamente no han tenido que enfrentarse a los gravísimos problemas que resolvieron aquellos: hubieran sido barridos por las circunstancias y ninguneados por los auténticos actores de la realidad, como de hecho experimentaron estos últimos frente a Bush y Merkel, respectivamente, mandatarios carentes de ningún rasgo sobresaliente pero con un enorme poder, y sin guerras mundiales ni pánicos atómicos de por medio. Hoy proliferan grises funcionarios que administran entidades sufragadas con dinero público, que cooptan a sus dirigentes en función de afinidades y fidelidades personales, lo que les posibilita una permanencia “profesional” en lo que debería ser una dedicación vocacional y puntual en la política. Así es cómo los rostros de Rajoy y Rubalcaba aparecen en todas las fotografías que ilustran el periodo democrático de España, sin que puedan aportar ninguna novedad a una juventud a la que aburren y espantan. Y si, por causas desconocidas, una voz nueva se deja oír, como la de Cantó, lo que expresa es una ignorancia que ofende y humilla a quien la escucha, sobre todo a las mujeres que sufren maltrato y pagan con su vida una violencia machista asesina.

Es posible que los ciudadanos estemos incapacitados para entusiasmarnos con utopías a estas alturas de la postmodernidad, y los grandes problemas nos resulten extraños e incomprensibles. Acostumbrados a las comodidades, sólo nos atraen las últimas novedades tecnológicas de la industria del entretenimiento que apenas satisfacen necesidad básica alguna, pero garantizan nuestra pertenencia al mundo actual, tan sofisticado. Pero si nadie nos abre los ojos ni despierta nuestra conciencia, difícilmente podremos sentir interés por una política que está en manos de dinosaurios prehistóricos que se afanan en satisfacer sus propios intereses. Nuestra indolencia es cómplice de la mendacidad que caracteriza el ejercicio de la política y a unos políticos que ya no representan a los ciudadanos, sino a sí mismos y al tejemaneje que gestionan en su provecho. Pretenden hurtarnos el control de la res pública para manipularla a su antojo. Y lo están consiguiendo, provocando esa desafección de la política que registran los sondeos sociológicos. Nos instalan en un simulacro de democracia en el que votamos cada cuatro años sin ninguna convicción de cambiar nada. Sin embargo, en nuestras manos está construir el futuro. ¿Nos daremos cuenta alguna vez? 

jueves, 7 de marzo de 2013

Lágrimas sobre Sevilla


Lleva una semana lloviendo sin descanso sobre Sevilla, como si el cielo estuviera llorando desconsoladamente alguna pena inmensa que no se calma ni con la belleza de la ciudad. Devota de la Virgen bajo todas las advocaciones, alguien pudiera colegir que Sevilla sirve de paño de lágrimas a una Señora dolida por la renuncia del representante de su Hijo en la Tierra, puesto que la maldad del hombre jamás había provocado semejante tristeza. Habituados a interminables días de celeste luminosidad cegadora, el agua deprime y cansa a los sevillanos, que ni con plegarias ni procesiones son capaces de expiar el castigo líquido que se derrama sobre ellos sin piedad. Hasta los pantanos se ven desbordados de un agua que deben dejar escapar hasta el mar sin que el Ayuntamiento pueda facturarla a unos consumidores que aún abonan un canon por sequía. Bendito lugar en el que confluye lo natural y sobrenatural, y donde la gente sublima con estoicismo los empellones de ambas amenazas. Amén.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Una reforma letal

La fuerza del Trabajo (la que forman los asalariados) soporta la mayor parte del peso de las medidas implementadas para combatir la crisis económica en España y otros países periféricos de Europa. No sólo ha sido forzada a asumir los mayores sacrificios, sino que además está siendo injustamente tratada por el Gobierno como si fuera la causante de los problemas  (entre ellos, la crisis) que aquejan a la economía española. Una situación aún más hiriente si se compara con los “esfuerzos” que presuntamente ha compartido con la fuerza del Capital (compuesta por empresarios y sector financiero), la cual sale incomparablemente más beneficiada, aun siendo la banca parte activa entre los verdaderos culpables de una crisis que, a la postre, golpea a todos, aunque no por igual.

La ineficaz Reforma Laboral impuesta por el Ejecutivo de Mariano Rajoy ha supuesto que los salarios reciban la mayoría de los “ajustes” acometidos en el mercado laboral. Y lo que parecía una posibilidad remota e impensable -cual es la reducción de salarios-, ahora es la norma a la que se acogen las empresas para reducir costes laborales. De esta manera, los empresarios tienen a su disposición formidables fórmulas legales, auspiciadas por el Gobierno, para obligar a trabajar más horas y cobrar lo mismo (en el mejor de los casos), lo que se traduce, en la práctica, en un recorte de las retribuciones salariales y un empobrecimiento de las rentas familiares. No siendo obligatorio el ámbito de negociación del convenio colectivo, los trabajadores se ven sometidos a una presión patronal que tiene por objetivo declarado el “ajuste” (incremento) de la competitividad, basado exclusivamente en el abaratamiento de los costes laborales. Ello da lugar a claros abusos por parte de la empresa, ya que no todas sufren las consecuencias de la crisis económica sino simples descensos en los márgenes de beneficio (que no pérdidas), ni los trabajadores representan la causa de sus problemas estructurales o de mala gestión que puedan impedir la actividad.

Ejemplo de lo que decimos es el acuerdo alcanzado por las grandes superficies de distribución, como El Corte Inglés, Carrefour, Ikea, Cortefiel, C&A, Alcampo, Leroy Merlyn y Eroski, quienes han doblegado a sus plantillas para que acepten no sólo la congelación salarial hasta 2016, sino además el aumento del horario laboral en 26 horas adicionales al año, lo que en realidad supone una bajada de sueldo del 1,4 por ciento. Evidentemente, tal pacto sólo es posible mediante el chantaje, al que sin escrúpulos recurre la empresa durante la fase de negociación cuando advierte de que, en caso de no conseguir sus propósitos, trasladaría su producción a otros países. La empresa automovilística Nissan utilizó la misma estrategia en el reciente acuerdo “pactado” en Barcelona.

Esa “contención de los salarios” es, precisamente, una de las metas de la Reforma Laboral del Gobierno, convencido de que estos “gastos” lastran la recuperación de la actividad económica en España. Ello, unido a la pérdida del poder adquisitivo de los empleados públicos -cercano al 30 por ciento-, hace que el conjunto de las remuneraciones salariales haya emprendido un declive histórico en nuestro país, hasta el extremo de que las rentas empresariales superan a las salariales en el reparto de la riqueza en relación con el Producto Interior Bruto.

¿Ha servido tal sacrificio para crear empleo?  A pesar de ser ese el objetivo aducido de la reforma, las consecuencias han sido las contrarias: aumento del paro y empobrecimiento de la población. Según los últimos datos de la Encuesta de PoblaciónActiva (EPA), el número de desempleados en España ronda ya los seis millones de personas, lo que eleva la tasa de paro, en 2012, al nivel más alto de la serie histórica comparable, por encima del 26 por ciento, algo inédito en la economía española. Pero la consecuencia más grave es que el empobrecimiento al que se expone a la población trabajadora, en virtud de tales medidas, adquiere magnitudes irreversibles, no sólo coyunturales como alega el Gobierno, debido a la caída de las rentas del trabajo, las políticas de austeridad y una Reforma Laboral fuertemente lesiva con el trabajador. Así lo pone de manifiesto una ponencia presentada al XI Congreso de Sociología, que se celebrará en la Universidad Complutense de Madrid en junio próximo, en la que sus autores analizan los procesos de empobrecimiento y los factores y condiciones sociolaborales que influyen en la aparición de las situaciones de riesgo de pobreza a las que se enfrentan los trabajadores.

Sin embargo, el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, sigue empeñado en alardear como éxitos de sus reformas la reducción del déficit al 6,7 por ciento en 2012 (10,20 por ciento si se incluyeran las ayudas a los bancos) y el haber evitado el rescate de la economía española por parte de los tecnócratas de Alemania (segundo rescate, si se incluyera el “adelanto” ya otorgado a la banca), auténtica “capital” de Europa desde donde teledirigen el ritmo de nuestras reformas e incluso determinan las subsiguientes medidas de “austeridad” que deberían abordarse.

Es así como, mientras al Trabajo se le exigen sacrificios, al Capital todo son facilidades. Las políticas neoliberales aplicadas son, no obstante, consecuentes con el criterio o la ideología que las anima, que sólo persiguen el fortalecimiento de un sistema económico basado en el Capital (Capitalismo) y en la extensión de su influjo hasta el ámbito de lo público, hasta ahora exento parcialmente de la voracidad del negocio. La verdadera intención de la Reforma Laboral no es, pues, el empleo ni por supuesto los trabajadores, sino la de dotar a la fuerza del Capital de medios aún más amplios y poderosos con los que reforzarse a costa de condenar a los asalariados a la miseria y al paro. Es una reforma letal a los intereses de los trabajadores. Y lo estamos sufriendo.

lunes, 4 de marzo de 2013

Días serenos

Hay ocasiones que, ni a propósito, resultan tan agradables. Confluyen en ellas circunstancias que las convierten en inolvidables. Visitar a un hijo que vive en una ciudad distante, apartado de sus seres queridos, que los días dispensen una tregua en medio del invierno y que seas acompañado por otros miembros de la familia para llenar de emociones unas jornadas tan intensas como breves, es algo que no se olvida nunca. Justo lo que sucedió.

Aprovechando el “puente” del Día de Andalucía acudimos el jueves a Villanueva de la Serena, donde trabaja un hijo. El viaje se inició en medio de una nevada que cubrió las estribaciones de Monesterio (Badajoz), dejando un paisaje más propio de una postal navideña que del sur de España. La nieve caía con suavidad y, salvo los carriles de la autopista, pintaba de blanco tejados, árboles y tierras de los alrededores. Fueron unos instantes maravillosos no exentos de temor por quedar atrapados o la posibilidad de algún patinazo. Sin embargo, al llegar a las llanuras de Zafra, el agua sustituyó a los copos de nieve, pero mantuvo el frío. Un frío que hacía desapacible ese primer día, pero que no pudo enfriar las sensaciones que nos esperaban en nuestro destino.

La alegría de un caluroso reencuentro contagió el ambiente. Así, el día siguiente amaneció espléndido y las horas del viernes se exprimieron en excursiones a la bella localidad de Guadalupe, donde se enclava un monasterio y se desparrama un pueblo de estrechas calles porticadas. Don Benito se reservaba para unas noches bendecidas con el agua bendita de El Coliseo y la profana adoración al milagro derretido de las Tortas de la Serena y la expiación de las parrilladas.

Trujillo, la ciudad medieval y cuna de conquistadores, nos acogió el sábado para que la nieta aprendiera a jugar entre piedras históricas mientras los mayores babeábamos de tanta inocencia rendida a los pies del héroe pizarreño de espada desenvainada. Sólo las cigüeñas y los ojos de la niña observaban las pétreas atalayas como elementos de un paisaje sin más significación que el de servir para nidos o juegos.

Y el domingo volvió a encapotarse para que el regreso estuviera bañado por la luz triste de las despedidas y la imposibilidad de abarcar todos los confines de Extremadura. Una tristeza relativa por la brevedad de unos días que se diluyeron entre abrazos, risas y diversiones y porque supone la posibilidad de nuevos encuentros. Estos son los días serenos de una familia que no deja de buscar ocasiones para estar unida. ¿Se puede pedir más?