miércoles, 31 de octubre de 2012

Octubre sucumbe entre recortes

Octubre es un mes bisagra, de tránsito entre los secos calores del verano y el frío húmedo del invierno, entre la luz deslumbrante de los días de la canícula y las penumbras de los cielos encapotados que adelantan la noche en los días menguantes del otoño. Se agota octubre entre la desesperanza de sus horas y el desasosiego de un año empeñado en entristecer a la gente, despojándola del consuelo de la salud y el trabajo con los que se sujetan la felicidad de las familias y las promesas de futuro de los hijos. Octubre muere hoy con anuncios de nuevos recortes que sentencian a la intemperie a quienes prefirieron la estabilidad del empleo frente a las retribuciones acordes a la formación exigida. Octubre sucumbe derrotado por el mayor número de parados en la historia reciente de este país, condenado por los avariciosos de la economía y gobernado por sus lacayos de la política, miserables que especulan con los sueños de los desposeídos y confiados, con los ingenuos que vuelven a andar caminos de estrecheces e incertidumbres que creían superadas. Hoy finaliza octubre, pero sus negros augurios continúan tiznando de penas el ánimo de los que arrancan apesumbrados la hoja del calendario.

lunes, 29 de octubre de 2012

Relaciones consentidas con menores

Un loco ha puesto de actualidad, mediante el asesinato y el suicidio, la hipocresía social de las relaciones sexuales consentidas con menores de edad. Y todo el mundo, dados los fatales resultados de la historia, se ha llevado las manos a la cabeza y exige la modificación de las leyes que permiten esas relaciones, pero no las consecuencias que puedan derivarse de ellas, como el abortar. El mismo Código Penal que declara que una menor de 13 años está capacitada para mantener relaciones con un adulto, no permite que tome la decisión de abortar con idéntica libertad. Tampoco puede votar en unas elecciones porque, según la ley, carece de criterios para elegir a representantes políticos, pero sí a la pareja de una coyunda pasional. Ni siquiera podrá sacarse el carnet de conducir, seguramente porque sus pies no alcanzan los pedales, pero sí quedarse embarazada si se le antoja. Para la sociedad, la mayoría de edad se consigue a los 18 años, salvo para los escarceos amorosos, para los cuales se considera plenamente desarrollada.

Parece que, en este sentido, la ley está redactada por adultos que menosprecian las relaciones con menores de edad para todo, menos para joder. Al parecer, sólo los órganos genitales de una niña están plenamente desarrollados para cumplir con su función biológica, aunque el cerebro y el resto de su organismo no dispongan de la misma autonomía plena y tolerada. Y sólo el rechazo social lleva al disimulo en este tipo de situaciones que, en otras épocas, eran utilizadas para emparejar reinos, familias y fortunas mediante el casamiento acordado con menores en edad de merecer... ser mercancía.

Lo grave del suceso que comentamos no son las contradicciones que pone al descubierto de una sociedad hipócrita, sino el fatal desenlace en una menor que ha pagado con su vida la confusión obsesiva y patológica que esas contradicciones generan en quienes, con edad mental aún más reducida, se les consiente entablar relaciones con menores de edad. Luego culpan al loco de la locura, no al manicomio que engendra dementes de cualquier edad.

domingo, 28 de octubre de 2012

El alma de un riñón o la controversia entre creencias y ciencia

La donación de órganos y tejidos es un acto racional de solidaridad (y subrayo racional para destacar la acción voluntaria y altruista fruto de una elección crítica) que la mayor parte de la población todavía rechaza por motivos culturales, religiosos, miedos o simple ignorancia. Persisten en la sociedad algunas reservas para admitir determinados avances de la ciencia y la medicina que, aunque propicien la superación de enfermedades antes intratables –incluidas las de peor pronóstico-, afloran en cuanto se abordan estos temas sin el debido rigor. Es verdad que la muerte siempre nos alcanza, pero gracias a la ciencia logramos sobrevivir más tiempo y en mejores condiciones de vida que nunca antes en la historia de la Humanidad. Todo el saber acumulado posibilita el progreso científico, cultural y social, aunque a veces colisione con prejuicios y creencias fuertemente enraizados en el seno de la sociedad.

Un ejemplo de ello son los procedimientos de donación y trasplante de órganos en la práctica médico-quirúrgica en la actualidad, que desatan controversias entre amplias capas de la población, no necesariamente entre las menos formadas e informadas. Del mismo modo que la cremación de cadáveres tuvo que sortear la resistencia de quienes consideraban que de las cenizas no podía resucitar ningún difunto, como prometía su religión, también la donación de órganos genera aún discusiones sobre la posibilidad de transmitir la personalidad del donante al receptor de la víscera. Son opiniones que han de respetarse siempre y cuando se limiten al ámbito individual de quien las pronuncia y las asume, como ser Testigo de Jehová y no permitir la transfusión de sangre.

Pero cuando una persona con la formación universitaria de Mariló Montero expresa sus creencias particulares a través de un medio de comunicación de tanta difusión como Televisión Española, capaz de influir en una audiencia inmensa que puede no tener acceso a una información más completa, veraz y exacta que la que recibe por la pantalla, está comportándose contrariamente a lo deseado en un profesional del periodismo y está desvirtuando una realidad de la que no se ha documentado en absoluto. Hablar, como hizo ella en el programa que conduce en “Las mañanas de TVE”, acerca de la idoneidad de un trasplante en función del donante, refiriéndose a la posibilidad de que la familia del asesino de Albacete autorice la donación de sus órganos, es cuando menos una irresponsabilidad que la osadía ignorante de la presentadora no alcanza discernir. ¿Creerá acaso que los órganos y vísceras del asesino convertirán homicida a quien los reciba?

Parece mentira que, a esta altura de la historia, la ciencia tenga aún que batallar, para extender sus beneficios, contra los prejuicios que abundan en el seno de colectividades cuya preparación intelectual les presuponía libres de ellos. Son personas que quedan ancladas a tradiciones y estrecheces mentales que ninguna sabiduría es capaz de contrarrestar. Siguen aferradas a concepciones del mundo y de la vida ampliamente esclarecidas por la ciencia. Prefieren el alma inmaterial, indestructible e inmortal de Platón antes que reconocer que un “yo” neurológico origina la consciencia en el ser humano y rehúsan situarla en el cerebro, donde “nacen las reacciones bioquímicas que dan sentido a la consciencia”, en palabras de Francis Crick, premio Nobel de Medicina, en 1962, para ubicarla en trascendencias sobrenaturales mucho más hermosas literariamente, pero nada ciertas ni comprobadas científicamente.  La tozudez de las creencias es infinitamente mayor que la complejidad empírica de la ciencia, pero, siguiendo al investigador citado, “llegará el día en que la Humanidad aceptará el concepto de que el alma y la promesa de vida eterna no existen, así como hace siglos debió aceptar que la Tierra era redonda”.

Reconozco que decir todo esto en televisión, sobre todo en un programa de entretenimiento banal, resulta imposible, pero ello no faculta para deformar la realidad sobre el programa de trasplantes y donación de órganos de nuestro Sistema Nacional de Salud, ni mucho menos para sembrar dudas “filosóficas” nacidas de los tabúes y las creencias de una presentadora que no supo prepararse el tema con más enjundia.

Puestos a dejarse llevar por los prejuicios, la periodista podía incluso mostrar las conjeturas que persiguen a la transfusión sanguínea como vía de transmisión del carácter del donante al enfermo, tal como se creía al principio, a mediados del siglo diecisiete, cuando Jean-Baptiste Denis inyectó sangre de cordero a un hombre que sufría arrebatos de cólera con la intención de que la mansedumbre y ternura del animal calmara al enfermo. Incluso podía remontarse a tres siglos antes de Cristo para, con Hipócrates, mostrase seguidora de la Teoría de unos Humores (sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra) que constituían, en una proporción indeterminada, todos los fluidos del organismo, cuyo exceso o carencia provocaba la aparición de las enfermedades, y en relación con los cuatro elementos de la Naturaleza (fuego, aire, agua y tierra) permitían diagnosticar enfermedades, definir el carácter del enfermo y hasta la estación del año.

Todas las elucubraciones que ha construido el hombre han servido para dar explicación a lo desconocido hasta que la ciencia ha descubierto sus causas. La vertiente psíquica del ser humano es también objeto de la ciencia a través de la psicología, la psiquiatría y las neurociencias, que cada día ofrecen respuesta a los interrogantes que plantea. Ese yo consciente sobre el que especulaban los filósofos no anida más que en la complejidad neuronal del cerebro, siendo difícil que preexista al hombre, como aseguraba Platón, o que provenga de un principio divino, como creían Aristóteles y muchas religiones.

Es comprensible que a los seguidores de estas doctrinas morales, no científicas, no les sea agradable aceptar hechos que refutan sus creencias. Pero no se puede tolerar que hagan divulgación de las mismas a través de un medio público de comunicación cuando han sido sobradamente arrinconadas como supersticiones por el conocimiento científico y la verdad objetiva, demostrable y comprobable. No se puede tolerar porque la capacidad de manipulación de estos charlatanes es pavorosa y no existe vacuna alguna que pueda amortiguarla, ni siquiera las protestas minúsculas como ésta que intentan paliarla.

miércoles, 24 de octubre de 2012

Días de derrotas y tristezas

De la perplejidad e indignación de la gente ha devenido una profunda sensación de  tristeza que parece tan plomiza y aciaga como este día gris que derrama sus penas sobre Sevilla. Es el estado de ánimo de los que no sólo sufren una crisis insoportable, sino que además son acusados de causarla por vivir por encima de sus posibilidades, sin que la inmensa mayoría de las personas sea capaz de recordar cuándo cometió tal dispendio. El resultado es una amargura que acongoja el alma y el pesimismo con que se percibe el porvenir. Una desolación tan devastadora como la que reina tras cualquier derrota. Nos sentimos derrotados y tristes.