Vuelven los sábados no monopolizados por la política, sino por tu propia agenda personal, por tus querencias individuales, ya sean de ocio, lecturas, estudios, familia, amigos o soledad. Sábados, en fin, propicios para variar rutinas, recuperar lo que aguardaba un instante de tranquilidad, desempolvar lo aplazado hasta encontrar ese hueco de prestarle atención. En los sábados la vida se calma, enlentece el ritmo frenético que no nos deja ni soñar. Por eso, al pararnos de tanto ajetreo, el sosiego nos trae a la memoria aquellas melodías de cuando los días eran larguísimos y los años eternos, y la tristeza era sólo una canción bonita. ¡Que os traiga buenos recuerdos!
sábado, 28 de mayo de 2011
viernes, 27 de mayo de 2011
Delirio
Corría por el pasillo detrás de unas enfermeras que, asustadas y con la cara pálida, pedían ayuda a gritos. Las perseguía con el torso desnudo y el tubo de tórax pinzado, colgando de un costado. Se había desatado de la cama y había comenzado a huir arrancándose los sueros y desconectado el tubo del aspirador que permitía que su pulmón se expandiese. Más que agresividad, el paciente se comportaba sumido en una completa alucinación. Al interponerme entre ellos, se detuvo mascullando frases sin sentido y bañado en un sudor profuso. Pareció no agradarle que la escena me provocara cierta hilaridad porque, como si lo espoleara una rabia impotente, terminó por arrancarse de un tirón el tubo. Inmediatamente nos abalanzamos sobre él para intentar taponar una entrada de aire que podía complicar su neumotórax, mientras blandía al aire aquel trozo de goma cual trofeo. Tuvo suerte, aquello no le afectó pero, al atarlo nuevamente al correaje de la cama, no dejó de mirarme con ojos desquiciados mientras yo abría un distraneurine a chorro. Se resistía inútilmente a que el sedante lo durmiera y lo librara de la crisis de delirium tremens. Al día siguiente no se acordaba de nada, pero se alegró de que al fin le hubieran quitado aquel tubo del pecho.
miércoles, 25 de mayo de 2011
Formas de perder
En los momentos cruciales, sean por un triunfo o un fracaso, es cuando se descubre la verdadera naturaleza de las personas, la faz más sincera de su comportamiento. Las reacciones que en tales situaciones emergen imposibilitan a la mayoría de la gente cualquier control y la despojan de la máscara con la que pretenden ocultarse frente a los demás. Es significativo observar a los personajes en la hora del triunfo o del batacazo: permite conocerlos realmente.
Mostrar una generosidad espléndida, salvo los aquejados de tacañería recalcitrante, es propio de quienes saborean las mieles de la gloria, ya sea por una lotería millonaria o la conquista del poder. En tales éxtasis indescriptibles, las migajas que se brindan a los orillados de la suerte sirven para hacer más placentero el disfrute del éxito y permite no sólo medio satisfacer las expectativas de los suplicantes, sino engrandecer la figura del agraciado, alimentar su autoestima e hinchar su ego. Tan falso es este desprendimiento súbito del triunfador como difícil es disimular ante el fracaso. En un caso porque nos mostramos como nos gustaría ser y no somos y, en otro, porque nos retratamos tal como evitamos ser y en realidad somos.
La mejor ocasión para constatar estas reacciones es cuando se pierde sin esperarlo. En esos trances cuesta trabajo no sucumbir a las pulsiones e instintos más primarios, los que caracterizan nuestra verdadera identidad. Es algo que llevo percibiendo en las variadas derrotas electorales que, a causa de mi edad, he tenido la fortuna de asistir. Y me ha llamado poderosamente la atención dos formas contrapuestas de perder, indistintamente de las ideologías de los que encarnan las derrotas.
La primera de ellas fue la que protagonizó Javier Arenas en el año 1993, durante el recuento de unas elecciones en las que, como cabeza electoral del PP por Sevilla, declaró ante las cámaras de televisión que “las impresiones que tenemos son que ha ganado las elecciones el PP”, insinuando manipulaciones en el cómputo de votos. Llevábamos entonces 14 años de una democracia en nuestro país que había posibilitado la alternancia pacífica en el Gobierno. Desconfiar entonces de los mecanismos electorales cuando no coinciden con los propios deseos y expectativas era cuanto menos sintomático de… mal perder. Como la rabieta infantil de Urdaci.
Distinta ha sido la respuesta de Elena Valenciano a los pocos minutos de cerrarse la jornada electoral del pasado 22 de mayo. Sus propios correligionarios –y no pocos periodistas- consideraron aquellas declaraciones demasiado descarnadas y pesimistas para el PSOE. Antes de negar la realidad, la portavoz del comité electoral socialista apareció también en televisión para reconocer que, en una primera valoración de los resultados, éstos suponían la “expresión de un malestar colectivo legítimo y comprensible". Y añadía seguidamente: “Creemos que apunta a una noche difícil para nosotros y a un malestar clarísimo por parte de la sociedad española que nosotros comprendemos perfectamente".
Como puede apreciarse, son formas distintas de perder que denotan tendencias que confiamos no supongan formas distintas de gestionar el triunfo, de ganar atendiendo a pulsiones reprimidas.
martes, 24 de mayo de 2011
Monotonía en azul
El país se tiñó ayer noche de azul, azul de banderas agitadas en la calle, azul de mapas conquistados y coloreados, azul de cielos de gaviotas blancas, azul de venas de princesas pálidas, azul de tintas en los periódicos, azul de voces en los comentarios, azul de ojos contentos y azul de silencio en los daltónicos, azul de canción triste y azul de pena contenida. Un mar infinito de azul cubría donde quieras que posaras la vista hasta confundirse en el horizonte con una bóveda también azul.
Una extenuación monocrómica que incluso impregnó el vuelo acompasado de una falda al andar, las delicadas formas de una figura que abanica el aire con el compás de sus pasos y la subyugante sensación de que hasta el placer expelía un aroma azul, quizás el único resquicio donde este color podía tolerarse sin pensar en la aniquilación del arcoiris que embellecía el paisaje.
Una extenuación monocrómica que incluso impregnó el vuelo acompasado de una falda al andar, las delicadas formas de una figura que abanica el aire con el compás de sus pasos y la subyugante sensación de que hasta el placer expelía un aroma azul, quizás el único resquicio donde este color podía tolerarse sin pensar en la aniquilación del arcoiris que embellecía el paisaje.
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