martes, 11 de diciembre de 2012
Imagina sueños
Arrebato esta delicia capturada en la boca del lobo para degustarla tranquilamente con los babilonios que siguen mi rastro, imaginándome que tenemos derecho a soñar un mundo mejor, sin barreras, sin pobreza, sin guerras.
lunes, 10 de diciembre de 2012
La obsesión de los días
Los seres humanos somos conscientes de la temporalidad de nuestra existencia, sabemos que la vida es limitada y tiene fin, acaba indefectiblemente en la muerte. Conforme acumulamos años, más en cuenta tenemos esa inevitable conclusión de todo proyecto vital y más nos preocupa, de alguna manera, tanto la fecha de caducidad como el aprovechamiento que hayamos dado al tiempo en que nos ha tocado transitar este mundo. Una obsesión que se acrecienta en días como éstos, tan propicios a balances y enmiendas del período que termina. Una manía cíclica que se agrava con la edad.
Pero no es vano el empeño. Esa angustia por la trascendencia ha dado frutos como la filosofía o las religiones, en órdenes especulativos de la humanidad, y a actitudes de nobleza y bondad en los comportamientos individuales. Es cierto que ello no nos ha ahorrado los horrores que ensombrecen la historia del hombre, pero al menos los ha compensado con las catedrales y las sinfonías más elevadas que aspiran a representar la espiritualidad humana o la solidaridad que nos vuelca en los otros, en los demás.
La obsesión de los días es consecuencia de nuestra constitución humana, de nuestra pertenencia al único animal que, por obra y gracia de su facultad racional, toma consciencia de su existencia y de la proyección futura de la vida, hasta el extremo de plantearla en términos de significación. No la concibe sin sentido y siempre está buscándole una finalidad. Ningún otro ser de la naturaleza, que se sepa, hace planes para el día de mañana, sólo atiende a sus necesidades presentes y se comporta en función de los instintos biológicos que las satisfacen.
Sin embargo, el hombre exige una trascendencia que le obsesiona. Le parece inconcebible una vida fruto del azar. Siente orfandad en una existencia a la que es indiferente cada individuo y su capacidad para discernir atributos como lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, que se demuestran extraños a la ontología. De ahí que elabore construcciones abstractas sobre cosmovisiones que le sitúen en el centro u objetivo de cualquier explicación o finalidad existencial, que no pueda evitar, con mayor o menor hondura, caer en reflexiones que aporten alguna razón -a su raciocinio- al hecho de ser partícipe de una vida que se piensa.
Aparte de la frustración que pueda causar o de las cumbres filosóficas a que conduzca, la angustia de los días es señal inequívoca de nuestra condición reflexiva, de la facultad de la mente humana que se interroga a sí misma e interroga al mundo. Hallar o no sentido a la existencia es quizá lo de menos, lo importante es que esa angustia nos hace sentir tremendamente vivos, tan vivos que nos preocupa no sólo el presente, sino también esa entelequia que llamamos futuro, y del rastro que dejamos sobre “esta fina piel de la tierra que llamamos vida*”, impregnándola de una “calidad” humana infinitamente más satisfactoria que cualquier “cantidad” que, por dilatada que sea, pueda acarrear. Tanto es así que mis días son más intensos cuando la angustia los cabalga, que aquellos que transcurren planos de preocupaciones. Unos alimentan la memoria y sazonan la vida, mientras los otros se disuelven en el olvido. La obsesión de los días es producto del vivir, consciente de ello.
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* En imagen de Haro Tecglen en "Ser de izquierdas", pág. 145. Ed. Temas de Hoy. Madrid, 2001.
Pero no es vano el empeño. Esa angustia por la trascendencia ha dado frutos como la filosofía o las religiones, en órdenes especulativos de la humanidad, y a actitudes de nobleza y bondad en los comportamientos individuales. Es cierto que ello no nos ha ahorrado los horrores que ensombrecen la historia del hombre, pero al menos los ha compensado con las catedrales y las sinfonías más elevadas que aspiran a representar la espiritualidad humana o la solidaridad que nos vuelca en los otros, en los demás.
La obsesión de los días es consecuencia de nuestra constitución humana, de nuestra pertenencia al único animal que, por obra y gracia de su facultad racional, toma consciencia de su existencia y de la proyección futura de la vida, hasta el extremo de plantearla en términos de significación. No la concibe sin sentido y siempre está buscándole una finalidad. Ningún otro ser de la naturaleza, que se sepa, hace planes para el día de mañana, sólo atiende a sus necesidades presentes y se comporta en función de los instintos biológicos que las satisfacen.
Aparte de la frustración que pueda causar o de las cumbres filosóficas a que conduzca, la angustia de los días es señal inequívoca de nuestra condición reflexiva, de la facultad de la mente humana que se interroga a sí misma e interroga al mundo. Hallar o no sentido a la existencia es quizá lo de menos, lo importante es que esa angustia nos hace sentir tremendamente vivos, tan vivos que nos preocupa no sólo el presente, sino también esa entelequia que llamamos futuro, y del rastro que dejamos sobre “esta fina piel de la tierra que llamamos vida*”, impregnándola de una “calidad” humana infinitamente más satisfactoria que cualquier “cantidad” que, por dilatada que sea, pueda acarrear. Tanto es así que mis días son más intensos cuando la angustia los cabalga, que aquellos que transcurren planos de preocupaciones. Unos alimentan la memoria y sazonan la vida, mientras los otros se disuelven en el olvido. La obsesión de los días es producto del vivir, consciente de ello.
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* En imagen de Haro Tecglen en "Ser de izquierdas", pág. 145. Ed. Temas de Hoy. Madrid, 2001.
sábado, 8 de diciembre de 2012
¡Gerardo, Gerardo!
¡Qué pronto te entra la ansiedad en la cárcel! ¡Y qué gallardo eras cuando lanzabas proclamas contra los trabajadores! Ahora necesitas tilas y tranxiliums, pero antes te permitías pregonar a todo pulmón que “había que trabajar más y ganar menos”. Claro que te referías a los ganaban, como mucho, mil euros al mes, no 300.000, bajo cuerda, como tú, y encima te salía a devolver la declaración de Hacienda. Entre rejas no comprendes cómo pueden acusarte de culpabilidad alguna, cuando eras tú el que afirmaba arrogante que “los empresarios no somos culpables de la crisis, hemos creado riqueza”, guardándote el secreto de que la riqueza a la que aludías era la que ibas vaciando de cuantas empresas caían en tus manos, para quedártela para ti y ese socio tuyo experto en ocultar bienes patrimoniales. Es duro ser un reo despojado de ese poder lumínico que te llevaba a asegurar que “sobran funcionarios en España”. Gracias a frases tan lapidarias te encumbraba un Gobierno que ahora exige que purgues responsabilidades, dejándote en la sombra, mientras simula no haber compartido contigo el mismo pensamiento. Un pensamiento tan exacto que llevó a hacer una reforma laboral que impone ganar menos y trabajar más, buscar fórmulas para ayudar a los empresarios y financiar la banca y diseñar una remodelación de las administraciones públicas para “ajustar” la plantilla de funcionarios. Si no es lo que tú decías, se le parece una barbaridad. La única diferencia es que a ti te meten en chirona y el otro nos empobrece impunemente a todos, tildándonos de haber vivido por encima de nuestras posibilidades. Es decir, el Gobierno y los empresarios no son culpables de la crisis, sino los trabajadores.
Mientras llega el juicio y se dicta sentencia pasarán muchos años. El indulto tardará en llegar. La élite no olvida a los suyos aunque a veces utilice a los que tropiezan para aparentar justicia. Aprieta, pero no ahoga, como Dios. Mira a Mario Conde y Alfredo Sanz, cada uno a su estilo, pero en la calle disfrutando de las rentas y hasta impartiendo lecciones de moralidad. Tendrás tiempo, incluso, de escribir un libro con tu experiencia, que es mucha.
De ser el representante máximo de los empresarios de este país has pasado a ser el vivo ejemplo de lo que muchos de ellos piensan que es ser patrón en España: especulador, charlatán, tramposo y ratero. Podrás explicar que así es fácil acumular una fortuna, con usura, explotando a los empleados, opaca al fisco y engañando hasta a quien duerme contigo en la cama. Describirás que muchos defraudadores creen que ese comportamiento denota una inteligencia excepcional para los negocios, cuando en realidad lo que evidencia es una inmoralidad y deshonestidad mayúsculas. En un arranque de franqueza, insinuarías que una mayoría no sigue tu ejemplo, no por ser más torpes que tú, sino por tener más dignidad y vergüenza. Pero inmediatamente la compensarías admitiendo que así son los negocios y que el mercado exige tiburones dispuestos a comerse el mundo. Y que hay dos bandos: los que tienen el dinero y los otros, una chusma de la que hay que defenderse a cualquier precio, y que por eso estás en la cárcel. Que tuviste mala suerte, eso es todo. Al final, puedes hacer como el rey y salir en la tele con cara de compungido: “me he equivocado, pido perdón”. ¡Quién sabe si volverás a construir un imperio! Ruiz-Mateos volvió a las andadas y parecía un marqués fantoche.
No te desanimes y ten paciencia, Gerardo. Es un trance pasajero. La cárcel para los ricos es como un hotel, te acomodarán en la más confortable y cerquita de tu casa. Entre la enfermería y los abogados, ya pronto disfrutarás de permisos que te permitirán seguir administrando lo que tengas por ahí, que ni el juez duda de que exista aunque carezca de pruebas. Más graves han sido otros delitos, como los de la Gürtel o Roldán, y ninguno ha devuelto un duro. Como mucho le han embargado un piso, ese que no dio tiempo de reescriturar a nombre de un testaferro. Lo importante es la salud: calma tu soberbia y cultiva la humildad. Evitarás las crisis de ansiedad. Verás cómo, antes de que te dés cuenta, estarás ajustando cuentas. Y no es una redundancia.
Mientras llega el juicio y se dicta sentencia pasarán muchos años. El indulto tardará en llegar. La élite no olvida a los suyos aunque a veces utilice a los que tropiezan para aparentar justicia. Aprieta, pero no ahoga, como Dios. Mira a Mario Conde y Alfredo Sanz, cada uno a su estilo, pero en la calle disfrutando de las rentas y hasta impartiendo lecciones de moralidad. Tendrás tiempo, incluso, de escribir un libro con tu experiencia, que es mucha.
De ser el representante máximo de los empresarios de este país has pasado a ser el vivo ejemplo de lo que muchos de ellos piensan que es ser patrón en España: especulador, charlatán, tramposo y ratero. Podrás explicar que así es fácil acumular una fortuna, con usura, explotando a los empleados, opaca al fisco y engañando hasta a quien duerme contigo en la cama. Describirás que muchos defraudadores creen que ese comportamiento denota una inteligencia excepcional para los negocios, cuando en realidad lo que evidencia es una inmoralidad y deshonestidad mayúsculas. En un arranque de franqueza, insinuarías que una mayoría no sigue tu ejemplo, no por ser más torpes que tú, sino por tener más dignidad y vergüenza. Pero inmediatamente la compensarías admitiendo que así son los negocios y que el mercado exige tiburones dispuestos a comerse el mundo. Y que hay dos bandos: los que tienen el dinero y los otros, una chusma de la que hay que defenderse a cualquier precio, y que por eso estás en la cárcel. Que tuviste mala suerte, eso es todo. Al final, puedes hacer como el rey y salir en la tele con cara de compungido: “me he equivocado, pido perdón”. ¡Quién sabe si volverás a construir un imperio! Ruiz-Mateos volvió a las andadas y parecía un marqués fantoche.
No te desanimes y ten paciencia, Gerardo. Es un trance pasajero. La cárcel para los ricos es como un hotel, te acomodarán en la más confortable y cerquita de tu casa. Entre la enfermería y los abogados, ya pronto disfrutarás de permisos que te permitirán seguir administrando lo que tengas por ahí, que ni el juez duda de que exista aunque carezca de pruebas. Más graves han sido otros delitos, como los de la Gürtel o Roldán, y ninguno ha devuelto un duro. Como mucho le han embargado un piso, ese que no dio tiempo de reescriturar a nombre de un testaferro. Lo importante es la salud: calma tu soberbia y cultiva la humildad. Evitarás las crisis de ansiedad. Verás cómo, antes de que te dés cuenta, estarás ajustando cuentas. Y no es una redundancia.
viernes, 7 de diciembre de 2012
Símbolos huecos
Hoy es un día encajonado entre dos festividades vacías de
contenido que los ciudadanos aprecian en tanto en cuanto posibilitan que un día
laboral se convierta en ocioso gracias al “puente” que forman entre ellas. Lo
más valorado de estas dos fiestas es esa facultad de enlazar una sucesión de
fechas inhábiles laboralmente o, al menos, de servicios mínimos en empresas que
no pueden cesar su actividad. Lo que de ellas se conmemora hace ya tiempo que
se ha ido diluyendo en la insustancialidad al perder todo sentido para los
ciudadanos e, incluso, para los poderes que debían significarlas y
potenciarlas.
La celebración del Día de la Constitución sólo
sirve para la representación teatral de una clase política que en este día le
rinde un culto hipócrita, tras mantenerla arrinconada el resto del año con el
incumpliendo de sus preceptos y valores. El Estado que define la Constitución de 1978,
en su Título preliminar, como Social y Democrático de Derecho es continuamente,
máxime en la actualidad, negado en la realidad al limitarse o eliminarse desde
el Gobierno el contenido social de unos derechos reconocidos a los nacionales
en relación al trabajo, la vivienda, la salud, la educación y la justicia,
entre otros, imprescindibles para garantizar la igualdad y la libertad de los
españoles.
Las “reformas” de todo tipo, en nombre de la sacrosanta
economía, han venido a “reducir” estos derechos por parte de los mismos que,
serios y circunspectos, declaran inmutable y llena de vitalidad una
Constitución a la que desprecian con sus decisiones e iniciativas. Las
prestaciones públicas que son la base de un Estado social son cuestionadas como
gasto por esos políticos, “constitucionalistas” de boquilla, al objeto de liquidarlas
por insostenibles, según parámetros mercantilistas. Es al mercado y no a los
ciudadanos, en última instancia, lo que la Constitución protege y
lo que mueve a emprender la única actualización del texto legal en los últimos
años, al introducir la prioridad de atender la deuda del Estado antes que
cualquier derecho garantizado por ella.
Si la
Carta Magna de un país se convierte en un listado de buenos
propósitos que no obligan a los poderes públicos más que cuando afectan a los
intereses del Capital, no es de extrañar que lo único que aprecian de ella los
ciudadanos sea la posibilidad de descansar y enlazar días de asueto. Su
contenido se ha vaciado de significaciones que comprometan ni al Gobiernos ni,
por extensión, a la población. Se ha convertido en un símbolo hueco.
Tan hueco como el Día de la Inmaculada Concepción
de María, otro dogma que la religión se empeña en mantener en su obsesión
por considerar pecado todo lo relativo a las relaciones sexuales, aunque se vea
obligada a modificar otras “creencias” antes indiscutidas, como la estrella que
“guió” a los reyes magos, la improbabilidad de la burra y el buey en el portal
de Belén y hasta la existencia del purgatorio en el imaginario sobreenatural.
Ni a los más beatos de los feligreses les importa, a estas alturas, que una mujer
pariera un dios conservando su virginidad divina, sino la posibilidad de librar
otro día de descanso en el calendario laboral. Ya la Iglesia y sus
representantes terrenales habían demostrado la falta de todo contenido
esperanzador en la simbología trascendental con esa preocupación enfermiza sobre
las cuestiones reproductivas humanas (virginidad, aborto, bodas, etc.) antes
que a los problemas reales (trabajo, vivienda, usura de los bancos, esclavitud,
etc.) que afectan a todos los ciudadanos, incluidos los católicos. Tanto es así
que las únicas manifestaciones que se vieron acompañadas de obispos en este
país fueron contra el aborto como derecho de la mujer, sin sometimiento a tutelas
religiosas o médicas. ¿Cómo pueden todavía los “príncipes” de la Iglesia lamentarse desde el
púlpito que la gente se dedique a sus pasiones antes que a los cultos dogmáticos
en honor a una supuesta virgen? No es la castidad lo que santifica al ser
humano, sino la dignidad, la justicia y la libertad, junto al respeto y la
tolerancia, valores de los que rehúye la Iglesia cuando amenazan su dominante posición “política”
en los asuntos materiales, como es su “reino” en este mundo.
Por ello, los ciudadanos disfrutan de estas fiestas porque representan
días de descanso, sin cuestionarse ni por un segundo la oquedad de unos
cascarones tan presuntuosos. El aire que contienen deja, al menos, momentos de respiro ante tantas tribulaciones
e incertidumbres con que nos castigan estos tiempos de crisis y relativismo.
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