Hasta no hace muchos años, la justicia en España estaba al servicio del régimen surgido de una guerra civil. Con sus leyes perseguía a las libertades para apuntalar una dictadura férrea que no dudaba en fusilar a cuántos discutieran, con hechos o con las ideas, su autoridad y cuestionaran su legitimidad. La democracia, partiendo de una reforma que no tuvo el valor de la ruptura, ha pretendido modificar las instituciones y los comportamientos sociales de aquel régimen. Muchas cosas se han modernizado hacia hábitos democráticos. Empero, existen nostálgicos del franquismo instalados en todos los estamentos del Estado que añoran aquel "ordeno y mando" que bajo pena de cárcel, exilio o muerte fomentaba serviles adhesiones inquebrantables. Incluso hay partidos políticos en la actualidad que son herederos directos de aquella ideología autoritaria, mal avenidos a la crítica, la trasparencia y el control democráticos.
La judicatura no iba a ser una excepción. Los intentos por apartar al juez Garzón de la instrucción de un sumario que afecta al principal partido de la oposición es prueba de ello. De acuerdo que es un juez que genera tantos admiradores como detractores, pero el afán por desprestigiarle, encontrar errores en sus resoluciones y presentarlo como un juez parcial no van en la dirección de perfeccionar la justicia, sino de controlarla en función de intereses partidistas, ideológicos o espúreos. Un juez que desde la Audiencia Nacional se ha destacado por perseguir el narcotráfico, a ETA y su entorno de filiales del terrorismo callejero y financiero, a dictadores como Pinochet, a tramas de corrupción de signo diverso, no puede, al parecer, abordar presuntos delitos si su esclarecimiento perjudica a determinados sectores sociales y políticos, evidentemente muy poderosos pero completamente turbios. Una persona acostumbrada a la cautela y a las presiones del cargo, ve necesario denunciar la "cruel campaña" que sufre desde esos sectores para expulsarle de la carrera judicial y del acoso a que se ve sometido por personalidades y medios afines políticamente a los encausados por el caso Gürtel.
Si eso era bochornoso en épocas pasadas, ahora causa vergüenza, porque antes se ajusticiaba a la libertad. Ahora, además, se pretende ajusticiar a la justicia.
sábado, 6 de marzo de 2010
viernes, 5 de marzo de 2010
Y treinta y dos
A la semana siguiente, con un año de diferencia, una niña inquieta, delicada y llorosa vino a aumentar nuestras preocupaciones. Con sólo un año de diferencia, ambos hijos nos obligaron a llevar a la práctica el ejercicio de ser padres de forma acelerada. Una escuela de oficios en la que a diario tenías que superar la prueba. Si todavía estábamos embobados con el primero, la segunda vino a deslumbrarnos y, entre ambos, a someternos a una carrera de resistencia que aún perdura. Porque nunca dejas de sentirte padre y madre de tus hijos, independientemente de la edad que tengan.
Dicen que las hijas "hacen" con las madres, y los niños con los padres. Lo contrario también es cierto. Y la mezcla de ambas cosas, aunque parezca extraño, es realmente posible. A pesar de los roles sexistan en que los hacemos crecer, en sus genes atesoran características de sus progenitores que afloran enriqueciendo de matices su personalidad. Admiras la belleza de ese fruto cuando la semilla se ha convertido en un árbol que ya te hace sombra y apenas requiere de tus cuidados. Entonces olvidas los carritos y aquellos agobios para alegrarte de su compañía y de conversaciones con las que relatan vivencias percibidas con la curiosidad de unos ojitos cándidos.
Mi hija es una mujer que va de compras con su madre y mantiene aficiones de su padre. Pero, sobre todo, nos llena de orgullo verla conquistarle a la vida el sitio en el que quiere estar. Marzo es un mes lleno de gozo. Por partida doble.
Fecilidades, mi niña.
Dicen que las hijas "hacen" con las madres, y los niños con los padres. Lo contrario también es cierto. Y la mezcla de ambas cosas, aunque parezca extraño, es realmente posible. A pesar de los roles sexistan en que los hacemos crecer, en sus genes atesoran características de sus progenitores que afloran enriqueciendo de matices su personalidad. Admiras la belleza de ese fruto cuando la semilla se ha convertido en un árbol que ya te hace sombra y apenas requiere de tus cuidados. Entonces olvidas los carritos y aquellos agobios para alegrarte de su compañía y de conversaciones con las que relatan vivencias percibidas con la curiosidad de unos ojitos cándidos.
Mi hija es una mujer que va de compras con su madre y mantiene aficiones de su padre. Pero, sobre todo, nos llena de orgullo verla conquistarle a la vida el sitio en el que quiere estar. Marzo es un mes lleno de gozo. Por partida doble.
Fecilidades, mi niña.
Treinta y tres
Hoy celebro una efemérides personal que delata la vorágine del tiempo. Mi hijo primogénito cumple treinta y tres años ante el asombro persistente de verlo crecer cuando aún recordamos el miedo a una paternidad para la que no nos considerábamos preparados. Ser primogénito no significa privilegio alguno, ni para él ni para los padres. El desconocimiento de éstos lo sufre aquel al inaugurarlo todo. Incertidumbres que se combaten con unas rigideces que los hermanos padecen amortiguadas por el entrenamiento y también, a qué negarlo, el cansancio. Hoy es una persona adulta que, con cada cumpleaños, nos sitúa en la marginalidad de un tiempo que se nos escapa vertiginosamente, obligándonos a aceptar nuevas etapas vitales. Pronto serán los nietos los que nos interroguen y nos hagan sucumbir al hechizo de su inocencia.
El hombre de hoy era el niño al que ayer enseñábamos lo que nosotros no pudimos ser, transmitiéndole unos ideales tamizados por nuestro propio comportamiento. Los criamos con nuestros patrones. Consiguen ser distintos, pero no pueden evitar algunos rasgos que asimilaron con cada biberón, con cada abrazo, con cada temor. Y cuando alcanzan esa edad en la que te sobrepasan, un pellizco agudo te humedece la mirada con la que adviertes que, a pesar de todo, no te has equivocado mucho.
Ahora que la vida les pertenece, aprovechamos los cumpleaños para celebrar el futuro que ellos hacen posible y agradecerles las satisfacciones que nos han dado al acunarlos en los brazos.
Felicidades, hijo.
El hombre de hoy era el niño al que ayer enseñábamos lo que nosotros no pudimos ser, transmitiéndole unos ideales tamizados por nuestro propio comportamiento. Los criamos con nuestros patrones. Consiguen ser distintos, pero no pueden evitar algunos rasgos que asimilaron con cada biberón, con cada abrazo, con cada temor. Y cuando alcanzan esa edad en la que te sobrepasan, un pellizco agudo te humedece la mirada con la que adviertes que, a pesar de todo, no te has equivocado mucho.
Ahora que la vida les pertenece, aprovechamos los cumpleaños para celebrar el futuro que ellos hacen posible y agradecerles las satisfacciones que nos han dado al acunarlos en los brazos.
Felicidades, hijo.
martes, 2 de marzo de 2010
Volver a Córdoba
El río grande de Andalucía ruge vigoroso, con la violencia ocre de sus aguas inquietas, bajo los arcos milenarios del puente romano que fustiga su furia. La Mezquita apunta al cielo donde los dioses desoyen las plegarias que judíos, musulmanes y cristianos han susurrado para amansar una naturaleza que de vez en cuando se resiste a ser domeñada por el hombre. Al otro extremo, testigo de esa lid, la Torre de la Calahorra se yergue estoica como un faro luminoso que alumbra las oquedades del temor y la ignorancia. Córdoba, cuna de culturas y convivencias, surge eterna ante los ojos que retornan al asombro de su historia, donde las piedras protegen las voces de Maimónides, Averroes, Séneca, Góngora, filósofos y demás poetas que durante siglos la han glorificado. Es también la ciudad en la que anida mi memoria, la de aquel trocito de mi vida que quedó por siempre unida a unas calles, plazas, flores y olores que jalonaron mi primer trabajo y los primeros pasos de unos hijos que me enseñaron a ser padre.
En 2010, la festividad del Día de Andalucía nos conduce de nuevo a Córdoba con la tertulia de Cuadernos de Roldán. No he podido evitar retornar a mis recuerdos, en los que se funden risas, familia, niños, palomas, japutas, salmorejos y besos, días de lecturas impacientes que súbitamente reaparecen como fantasmas rebeldes, toques de trompeta y cañonazos que despiertan el alba y el susto tras los cristales, libros que tiemblan de emoción en las manos que abren sus páginas y romerías por Gondomar hasta Tendillas para recibir, como una bocanada de aire puro, el espíritu subversivo de Triunfo y Cuadernos para el Diálogo ocultos en un apartado de correos tan provisional como mi estancia en la ciudad. Paseo litúrgico que continuaba, con el carrito de los niños y las revistas custodiadas como un tesoro, por Cruz Conde y Generalísimo antes de regresar por Gran Capitán hacia la alameda de la Victoria y la avenida de Medina Azahara en busca de nuestro refugio cordobés.
Hoy continúan las mismas inquietudes, que se engrandecen con el conocimiento y con los amigos que comparten idénticas emociones. Sin ser poeta, me uno al grupo con la esperanza de quien dejó escrito en un verso: "...y no soy poeta: ¡mas nunca desespero! Viviré locamente los poemas que nunca escribiré". Sigo sintiendo aquella curiosidad de quien transita asombrado por la vida, estremecido por la suave belleza de un pétalo, el vuelo de un pájaro o la fugacidad de una caricia.
Ha sido un viaje del que he regresado con un sueño renovado: el del Garaudy* de mi adolescencia, del que me regalan en La Calahorra la vieja utopía del diálogo entre civilizaciones contenida en el libro del legado filosófico de quien contribuyó a crear mi sedimento formativo y crítico. Vuelve a materializarse, así, a través de unas páginas impresas, la evanescencia de los ideales pretéritos con la realidad insobornable de los acontecimientos. Vuelve Córdoba a afianzar sus raíces entre las fibras más profundas y sensibles de mi ser. Una relación que vuelve a renacer, décadas después, con el Guadalquivir enfebrecido de alegría.
*El testamento filosófico de Roger Garaudy, editorial CantArabia. Madrid, 1987.
En 2010, la festividad del Día de Andalucía nos conduce de nuevo a Córdoba con la tertulia de Cuadernos de Roldán. No he podido evitar retornar a mis recuerdos, en los que se funden risas, familia, niños, palomas, japutas, salmorejos y besos, días de lecturas impacientes que súbitamente reaparecen como fantasmas rebeldes, toques de trompeta y cañonazos que despiertan el alba y el susto tras los cristales, libros que tiemblan de emoción en las manos que abren sus páginas y romerías por Gondomar hasta Tendillas para recibir, como una bocanada de aire puro, el espíritu subversivo de Triunfo y Cuadernos para el Diálogo ocultos en un apartado de correos tan provisional como mi estancia en la ciudad. Paseo litúrgico que continuaba, con el carrito de los niños y las revistas custodiadas como un tesoro, por Cruz Conde y Generalísimo antes de regresar por Gran Capitán hacia la alameda de la Victoria y la avenida de Medina Azahara en busca de nuestro refugio cordobés.
Hoy continúan las mismas inquietudes, que se engrandecen con el conocimiento y con los amigos que comparten idénticas emociones. Sin ser poeta, me uno al grupo con la esperanza de quien dejó escrito en un verso: "...y no soy poeta: ¡mas nunca desespero! Viviré locamente los poemas que nunca escribiré". Sigo sintiendo aquella curiosidad de quien transita asombrado por la vida, estremecido por la suave belleza de un pétalo, el vuelo de un pájaro o la fugacidad de una caricia.
Ha sido un viaje del que he regresado con un sueño renovado: el del Garaudy* de mi adolescencia, del que me regalan en La Calahorra la vieja utopía del diálogo entre civilizaciones contenida en el libro del legado filosófico de quien contribuyó a crear mi sedimento formativo y crítico. Vuelve a materializarse, así, a través de unas páginas impresas, la evanescencia de los ideales pretéritos con la realidad insobornable de los acontecimientos. Vuelve Córdoba a afianzar sus raíces entre las fibras más profundas y sensibles de mi ser. Una relación que vuelve a renacer, décadas después, con el Guadalquivir enfebrecido de alegría.
*El testamento filosófico de Roger Garaudy, editorial CantArabia. Madrid, 1987.
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